La reconocida actriz Susan Sarandon, laureada con un Óscar y con una larga trayectoria en Hollywood, ha sido recientemente desvinculada de United Talent Agency (UTA). Esta decisión surge tras sus declaraciones en una manifestación en Nueva York el 17 de noviembre, donde Sarandon pidió un cese al fuego en la Franja de Gaza. «Hay muchas personas que tienen miedo, miedo de ser judías en este momento, y están empezando a probar lo que se siente al ser musulmán en este país, tan a menudo sujeto a la violencia», expresó la actriz.

CENSURA Y REPRESIÓN EN HOLLYWOOD

No es un caso aislado. Recientemente, la estrella mexicana Melissa Barrera fue retirada del elenco de la franquicia de terror «Scream» por Spyglass Media Group, tras publicar en Instagram su opinión sobre las acciones de Israel en Gaza. «Actualmente, Gaza está siendo tratada como un campo de concentración. Arrinconan a todos juntos, sin dónde ir, sin electricidad ni agua… La gente no ha aprendido nada de nuestras historias», declaró Barrera.

CRÍTICA A LA CULTURA DE SILENCIO

La situación de Susan Sarandon y Melissa Barrera es un reflejo contundente de la cultura de silencio imperante en Hollywood, especialmente en temas relacionados con el conflicto israelí-palestino. Esta cultura no es accidental ni espontánea; es el resultado de años de influencia y presión ejercida por lobbies pro-sionistas que operan en las sombras del espectáculo y la política. Estos grupos, armados con recursos y conexiones, han creado un ambiente donde cualquier voz crítica al Estado de Israel o simpatizante de la causa palestina es rápidamente etiquetada, marginada y, en muchos casos, censurada.

Las consecuencias de esta cultura de silencio son profundas y peligrosas. Perpetúa una narrativa unilateral, donde solo una versión de la historia es contada, y cualquier intento de presentar una perspectiva diferente es rechazado o ridiculizado. En este contexto, el activismo pro-palestino es sistemáticamente descalificado, y se fomenta una visión distorsionada del conflicto, ignorando los sufrimientos y luchas del pueblo palestino.

EL SILENCIO COMO CÓMPLICE

El silencio en Hollywood, y en muchos sectores de la sociedad occidental, no es solo una cuestión de falta de valentía o de desinterés; es una postura cómplice. Cuando las y los artistas eligen callar, o peor aún, cuando son forzados al silencio por temor a represalias, se convierten en partícipes involuntarios de una injusticia mayor. Este silencio perpetúa el status quo, mantiene intactas las estructuras de poder y opresión, y niega a las víctimas del conflicto una plataforma necesaria para que sus voces sean escuchadas.

Este fenómeno no se limita a Hollywood. En muchos ámbitos, desde el académico hasta el político, el sionismo y sus lobbies de presión han creado una atmósfera intimidante, donde la crítica al Estado de Israel es rápidamente etiquetada como antisemitismo, desviando así la atención de las legítimas preocupaciones sobre los derechos humanos y la justicia social. Esta táctica no solo es efectiva para silenciar a críticos, sino que también desvirtúa y debilita la lucha genuina contra el antisemitismo, un problema real y serio.

La situación de Sarandon y Barrera, y de muchas otras voces silenciadas, nos obliga a reflexionar sobre el poder de los lobbies y la urgencia de reivindicar el espacio para un diálogo abierto y honesto. La defensa de los derechos humanos y la justicia para el pueblo palestino no deben ser temas prohibidos o tabú, sino parte esencial de cualquier discusión honesta sobre paz y equidad en el mundo moderno.

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