Juan Ignacio Codina
Subdirector y cofundador del Observatorio Justicia y Defensa Animal


Voy a empezar este artículo con una declaración: soy antitaurino y activista animalista. Lo soy desde hace años, desde que comprendí que uno de los sentidos de la vida debe pasar por tratar de luchar contra las injusticias y los despotismos. Y, en mi opinión, no existe abuso más execrable que el que se comete sobre otro ser aprovechándose de una mayor capacidad económica, intelectual o física. Y esto, precisamente, es lo que sucede con las barbaridades que hoy en día se cometen con los animales, y de las cuales la tauromaquia es tan solo una muestra.

Una vez aclarado esto, entro en los detalles: el pasado mes de mayo defendí en la Universidad de las Illes Balears mi tesis doctoral, titulada El pensamiento antitaurino en España, desde la Ilustración del XVIII hasta la actualidad. Hay pocas cosas en mi vida de las que me sienta más orgulloso que de haber realizado esta investigación. ¿Por qué? En primer lugar porque fue una experiencia increíble poder descubrir de primera mano a la inmensa cantidad de mujeres y de hombres, todos ellos muy relevantes, que a lo largo de la historia de nuestro país se enfrentaron a lo establecido y combatieron, cada uno en su tiempo, la tauromaquia. En segundo lugar porque, modestamente, con mi trabajo aspiraba a poder contribuir a la consolidación del actual antitaurinismo, una tarea a la que muchísimas personas llevan aportando esfuerzos y sacrificios durante muchos años. Todo lo que suponga contribuir a esta lucha resultará enormemente positivo. Al fin y al cabo, es una labor de todas y de todos: no podemos permitir que la barbarie tauromáquica siga embruteciéndonos, siga empañando de sangre nuestro nombre, siga haciendo tanto daño injustificable. Si queremos construir un país moderno, civilizado y de progreso, debemos hacer todo lo posible para que esta bolsa de crueldad desaparezca de una vez por todas de nuestras costumbres. En este sentido, yo me propuse llevar a cabo esta investigación, de la cual os hablo ahora.

Cuando comencé la tesis, ni yo mismo era consciente del potencial alcance del trabajo. Recuerdo que, en las primeras reuniones, le mostré a mi director una cierta preocupación a este respecto: no sabía si habría material suficiente como para hacer una tesis doctoral. Hasta ese punto resultaba desconocido para mí el antitaurinismo español, y eso que yo mismo era antitaurino. Sin embargo, y después de tres años de trabajo, finalmente la tesis ocupó casi mil doscientas páginas, contó con más de cinco mil notas al pie y con más de doscientos epígrafes. Si recurro a meros datos cuantitativos es, únicamente, para evidenciar la inmensa riqueza del pensamiento antitaurino español.

En todo caso, de aquella preocupación inicial ante la posibilidad de una escasez de material, no tardé en pasar a una nueva inquietud: el exceso de datos, de autores, de autoras, de libros, de referencias, de citas… En este sentido, también recuerdo que mi director de tesis, llegado un momento, me aseguró que su única preocupación consistía en si yo no acabaría cansándome, en si no acabaría dejando la investigación ante el gran volumen de trabajo. Mi contestación fue rápida y sincera. Cuando me sienta cansado, le dije, tendré muy presentes las razones por las que estoy haciendo esta tesis: mi compromiso con la causa animalista, con el antitaurinismo, con la defensa de los seres más vulnerables, con la lucha frente a las injusticias, con plantar cara a los abusos y a los abusadores. Porque, antes que nada, como ya he dicho, yo soy activista. Y esto, seguramente, ha sido una condición necesaria para no haber flaqueado ni un instante en los últimos tres años. Al fin y al cabo, el esfuerzo no lo hacía solamente por mí, lo hacía por algo superior, una conciencia, un movimiento, una corriente imparable y un sentimiento al que todos y todas estamos contribuyendo de un modo u otro. En definitiva, lo hacía por justicia, por humanidad y, sobre todo, por los millones de toros, novillos, vaquillas y becerros asesinados por mera diversión en estos espectáculos.

Por otra parte, cuando defendí la tesis, algunas personas —pocas, la verdad— pusieron en duda que un activista antitaurino pudiera realizar una investigación doctoral rigurosa, seria e imparcial sobre la historia del pensamiento antitaurino español. Otras personas, muy al contrario, concebían que afrontar un trabajo de este tipo requería de un suplemento extra, de una implicación, de una pasión que, en ocasiones, solo la conciencia de activista te puede aportar. Lo cierto es que, en mi experiencia personal, ser un activista antitaurino ha generado un efecto muy curioso en mi labor investigadora. Contrariamente a lo que se pueda pensar, esta condición me ha obligado a ser más pulcro y más inflexible conmigo mismo. Dicho de otro modo, para realizar la tesis me he auto exigido, si cabe, más rigor, más esfuerzo y más dedicación que si no hubiera sido antitaurino. La razón es muy sencilla: sabía que mi trabajo iba a ser atacado e iba a sufrir intentos de desautorización por parte de los taurinos en cuanto se supiera —no es ningún secreto, ahí están Google y el BOE para evidenciarlo— que en 2011 fui candidato de Pacma en elecciones generales y municipales, que desde 2012 soy el subdirector y cofundador del Observatorio Justicia y Defensa Animal, y que soy, qué demonios, un orgulloso activista animalista y antitaurino. Por ello, como digo, me exigí más. Por ello dediqué más tiempo, esfuerzo y sacrificio, puesto que el trabajo, y no la persona, es lo que debe ser juzgado. Y ahí está mi trabajo para que sea sometido a cualquier tipo de escrutinio. Por cierto, la editorial Plaza y Valdés, siempre valiente y comprometida con las causas más nobles y justas, y con la difusión del conocimiento, publicará dentro de unas semanas un libro titulado Pan y Toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español, en el que he tratado de recoger las conclusiones más importantes de mi investigación. No existe mejor manera de someter un trabajo al examen público que dándolo a conocer. Podrán decir muchas cosas, pero, humildemente, nadie podrá —me refiero a nadie medianamente serio— poner en duda la rigurosidad de mi labor.

La tesis, por cierto, comenzó —como deben empezar todas las investigaciones— con una pregunta: ¿es el antitaurinismo una moda? Personalmente estaba harto de leer en medios de comunicación que el actual movimiento antitaurino era una corriente pasajera, banal y ocasional. Algo así como las chaquetas de pana, los pantalones de campana o la canción del verano, una moda que, tarde o temprano, acabaría desapareciendo. Por supuesto, quienes decían esto eran los taurinos y, al insistir en esta cuestión, su única pretensión era mentir y manipular para minimizar el impacto del actual movimiento antitaurino. En este sentido, la gota que colmó el vaso fue tener que leer un titular en la prensa, a toda página. El artista mallorquín Miquel Barceló decía, literalmente: “Esta moda antitaurina es una estupidez” (El País, 19 de noviembre de 2015). Vamos, que ya no sólo se contentaban con sostener que el antitaurinismo era una moda sino que, encima, la tildaban de estúpida. Pues no señor. A ver si va a resultar que el estúpido es usted, que sabrá pintar y esculpir muy bien, y venderá sus obras por millones de euros, pero ignora que el antitaurinismo español, lejos de ser una moda, cuenta con una sólida tradición que se remonta a varios siglos atrás.

Así es, y esto se podrá comprobar en mi libro —ahora mismo me estoy recordando al periodista y escritor Francisco Umbral, «yo he venido aquí a hablar de mi libro». Por cierto, Umbral también fue otro grandísimo antitaurino—. Como digo, en mi libro se evidencia que el primer atisbo de antitaurinismo en nuestro país data nada menos que del siglo XIII. Desde entonces, centuria tras centuria, en cada época, ha existido el antitaurinismo. Vamos, que de moda nada. El antitaurinismo español es una corriente igual de antigua —e igual de tradicional— que la propia tauromaquia y, por supuesto, mucho más cultural, civilizada, digna y humana que las salvajes corridas de toros, que esas sí que son estúpidas.

Por otra parte, en estos años de investigación —y de activismo— me he dado cuenta  de que, en España, la tauromaquia se encuentra infiltrada, como un virus, en todos los niveles del Estado. De hecho, en caso de que en nuestro país existiera un Estado profundo —algunos lo llamarían cloacas— la tauromaquia estaría bien introducida en él. No es una exageración. A veces nos preocupa más lo que vemos: al Rey, a presidentes de Gobierno, ministras, presidentas autonómicas, alcaldes y alcaldesas, jueces, fiscales, periodistas, magnates de la comunicación y otros agentes que velan por el buen orden social sentados en los palcos de las plazas de toros. No obstante, lo que más nos debe preocupar es aquello que no vemos. Y el Estado profundo, por definición, no se suele ver hasta que ya es demasiado tarde. Bien, pues la tauromaquia lleva siglos instaurada en el Estado profundo español, entre los sectores más reaccionarios, entre los más conservadores, entre aquellos que no quieren que nada cambie porque, precisamente, son los que más tienen que perder en caso de que se rompa el statu quo. Esto debemos tenerlo muy presente para saber a qué fenómeno nos estamos enfrentando.

Otra pista que nos permite comprobar la gravedad de la situación la encontramos en 2010, cuando RTVE emitió una serie israelí de dibujos animados. Parecerá una banalidad, pero en mi opinión lo que voy a contar supone un ejemplo perfecto de lo que está sucediendo en este país. La serie narraba las aventuras de varios personajes que visitaban diversos países del mundo con el objeto de dar a conocer sus costumbres. Cuando estos personajes llegaron a España, claro está, se toparon de bruces con la “cultura” española: la vulgar, cruel y cutre tauromaquia. Resulta que, en aquel episodio dedicado a España, y como cabía esperar para cualquier observador objetivo, las corridas no salieron muy bien paradas. La serie estaba destinada a niños y niñas de 3 a 5 años y, de la manera más inocente, en este capítulo “antitaurino” se decían cosas como que el toro era un ser inocente al que obligaban a pelear defendiendo su vida, que este animal es un ser herbívoro y pacífico y que, en las corridas de toros, los personajes de la serie iban con el toro, y no con el torero. Estas inocentes aseveraciones —y objetivamente defendibles— fueron tomadas como una grave agresión a la tauromaquia. Así que, enseguida, los taurinos pusieron el grito en el cielo y exigieron públicamente la retirada de la serie. Pero, ¿esto qué va a ser?, ¿en qué queremos que se conviertan el día de mañana nuestros hijos e hijas?, ¿en unos seres humanos sensibles y respetuosos con los animales? No, hombre no, a la edad de 5 años, los españoles ya deben dejarse de dibujos animados y acudir a las plazas de toros, en nombre de la tradición y, sobre todo, de la barbarie…

Los taurinos, que saben muy bien lo que está en juego, presionaron hasta tal punto que RTVE tuvo que salir diciendo que, tanto en la televisión como en la radio públicas, ya se dedicaba mucho tiempo a programas taurinos, y que, por tanto, el ente público no era nada sospechoso de antitaurinismo. Pero ellos, los taurinos, querían más. No les bastaron las excusas. Querían, como siempre han querido, arrasar con todo lo que no sea comulgar con sus crueles y sangrientas diversiones. Y así nos luce el pelo. Por cierto, algo muy parecido ha pasado con el reciente estreno de la película Ferdinand, en la que un toro prefiere quedarse pastando en el campo antes que ser obligado a que le asesinen en una corrida. Cuando se estrenó esta película, los taurinos también se quejaron agriamente. Ellos, que llevan siglos taurinizando y adoctrinando a la infancia española desde las cloacas, no van a permitir ahora que unos israelíes o unos tipos de Hollywood vengan a reventarles la fiesta, dejando que las niñas y niños españoles desarrollen sentimientos que, como la empatía, la compasión o la humanidad, resultan incompatibles con los espectáculos taurinos. Pero la taurinización de la infancia no es únicamente un fenómeno actual: se lleva haciendo desde hace siglos, y por ello en el libro Pan y Toros a esta forma de vergonzoso adoctrinamiento le dedico un capítulo entero.

Por otra parte, pero sin irnos muy lejos, uno de los aspectos más mezquinos de la miseria taurina surge cuando, desde sectores tauromáquicos, se denuncia que la culpa de todo esto la tiene Walt Disney, quien, supuestamente, nos enseñó a apreciar a los animales con sus películas de dibujos animados. Nuevamente puede parecer una tontería, pero merece la pena decir algunas cosas al respecto. Lógicamente, por ignorante que uno sea, hemos de saber que Walt Disney no tiene nada que ver con esta situación. Como ya he dicho, el antitaurinismo español es tan antiguo que sus primeros vestigios se remontan al siglo XIII. Y, además, uno de los principales pilares del antitaurinismo, ya desde los siglos XV y XVI, consiste en denunciar que una diversión jamás puede fundamentarse en maltratar, atacar y matar a un toro. Por tanto, en España ya hay autores animalistas, sensibles al sufrimiento animal, desde hace quinientos años. Así pues, lo de culpar a Disney es, simplemente, una manipulación taurina más: al pretender denunciar que unos dibujos animados son el fundamento del antitaurinismo —o del animalismo—, lo que están intentando hacer, como resulta obvio, es tratar de trivializar los sólidos cimientos de un movimiento social, cultural y político que, en mi opinión, se asienta en los más antiguos conceptos de progreso, compasión, humanidad, regeneración, civilización y empatía, y no en unos simples dibujos animados. Pero, claro, los taurinos, que llevan siglos manipulando, son expertos en realizar este tipo de turbias operaciones.

Mientras tanto, no podemos dar la espalda a una histórica corriente de pensamiento y de acción que, como españoles, nos ha de enorgullecer. El antitaurinismo español no es una moda, ni tiene nada que ver con Walt Disney o con Bambi. El antitaurinismo español es una doctrina muy antigua que sigue estando viva en nuestros días. Más vale que se vayan acostumbrando a oírme, porque lo pienso decir muy alto y muy claro en cuanto tenga la más mínima ocasión. Nadie me va a callar. Ya basta de manipulación, ya basta de pretender enterrar en el olvido nuestra rica historia antitaurina, un patrimonio en el que han participado algunas de las mujeres y hombres más relevantes de nuestra historia política, cultural, artística, filosófica, periodística y social. Ya basta. Reivindiquemos con orgullo nuestro pasado antitaurino. Quevedo, Goya, Juan de Mariana, Gabriel Alonso de Herrera, Jovellanos, José María Blanco White, José Cadalso, Unamuno, Larra, Mesonero Romanos, Emilia Pardo Bazán, Carolina Coronado, Vicente Blasco Ibáñez, Pío Baroja, Santiago Ramón y Cajal, Juan Ramón Jiménez, Francesc Pi i Margall, Modesto Lafuente, Joaquín Costa, Clarín, Azorín, Antonio Machado, Fernán Caballero, Emilio Castelar o Francisco Silvela, entre muchas y muchos otros, escribieron en algún momento de su vida contra la tauromaquia. ¿Es esto una moda? No me hagan reír.

Además, el antitaurinismo español no ha sido, históricamente, un fenómeno exclusivamente atribuible a una élite de pensadores, políticos o literatos, sino que la propia ciudadanía española, organizada horizontalmente —sobre todo a finales del siglo XIX y principios del XX—, también evidenció, a través de manifestaciones, mítines, encuentros y protestas ante las plazas de toros, su oposición a este tipo de bárbaros espectáculos.

Llegados a este punto, la cuestión que debemos plantearnos es por qué el antitaurinismo  español ha sido enterrado en el olvido de la historia. Es una pregunta retórica cuya respuesta es evidente: ha sido deliberadamente silenciado desde los sectores más reaccionarios, conservadores y taurinos. Los mismos que se oponen a la modernidad, al progreso y al cambio. Pero, como digo, ya basta. Nuestra responsabilidad es la de recoger el testigo de todas y todos estos grandes personajes y cargarnos de fuerza y de razón para seguir luchando por la justicia y por la humanidad, y contra la tauromaquia. En este sentido espero, humildemente, que mi libro pueda aportar ideas, argumentos y evidencias que nos permitan continuar con nuestra cruzada antitaurina. El esfuerzo va a merecer la pena. A ver si, entre todos, conseguimos que finalmente la tauromaquia desaparezca en los sumideros de las cloacas, no las del Estado, sino las de la historia, de donde nunca debía haber salido.

 

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Juan Ignacio Codina es licenciado en Ciencias de la Información, en la rama de Periodismo, por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Historia Contemporánea por la Universitat de les Illes Balears. Desde 2012, es portavoz y subdirector del Observatorio Justicia y Defensa Animal, organización de la cual también es cofundador.

3 Comentarios

  1. Leeré su libro con gran interés, y con la vergüenza, pena e impotencia, que arrastramos los que no terminamos de ver el final de esta pesadilla: el maltrato y la tortura de animales por diversión. Por cierto, y ya la comenté con la presidenta de PACMA, el lenguaje ha ayudado a perpetuar esta barbarie. Ya lo hizo con el machismo. El número de expresiones del mundo taurino en nuestro vocabulario es tan abrumador como desolador: dar la puntilla, salir por la puerta grande, torear un problema, ver el toro desde la barrera, afrontar algo por los cuernos, echar un capote a alguien… El lenguaje cala en el pensamiento, y genera lastres mentales que jamas se terminan de soltar. El más terrible, el de la insensibilidad. Enhorabuena por afrontar este reto. Se une al club de valientes defensores de la compasión, del profesor Mosterín, que en paz descanse.

  2. También Galdós era antitaurino, mucho. Se lo dice un taurófilo admirador de muchos de esos escritores. Me gustan los toros y la gran literatura. Si quiere, hacemos otra lista de grandes autores a quienes apasionaba la tauromaquia. Leeré su libro con mucho interés de verdad.

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