Monumento al Toro de la Vega, en Tordesillas (Valladolid). Shutterstock / diegorayaces

Cualquier institución social existe mientras se considere deseable, adecuada o conveniente. O sea, legítima. Pero la legitimidad es frágil: los distintos grupos sociales tienen visiones diferentes de lo que es deseable o adecuado y luchan porque su visión sea la que se imponga. Estas guerras son, fundamentalmente, discursivas. Con el discurso negociamos los significados que se asocian a una práctica: así, lo que se considera imprescindible en una época puede ser inaceptable en otra.

El diésel es un buen ejemplo de esto: de ser la opción smart de combustible hace diez años, su significado ha ido cambiando y ahora es el combustible “sucio” por antonomasia.

Pero en otras peleas sociales, como en el Toro de la Vega, no se ataca la práctica, sino a quienes la realizan.

La tauromaquia, en general, es una de las prácticas sociales que más debate generan hoy, pero el caso del Toro de la Vega fue especialmente enconado. Por eso lo elegimos en nuestro trabajo para estudiar la confrontación entre partidarios y detractores en los medios cocreados, es decir, los que hacemos entre todos comentando en la prensa, escribiendo blogs y respondiendo a blogs.

Después de analizar casi 8.000 comentarios y 4.000 noticias, vimos que los detractores dinamitaron la legitimidad del Toro de la Vega estigmatizando a sus partidarios.

En este caso, el estigma se construyó sobre las emociones que se atribuyeron a los partidarios y, por extensión, a los tordesillanos.

Un momento de el Toro de la Vega celebrado en Tordesillas (Valladolid) el 14 de septiembre de 2010. Wikimedia Commons / TheAnimalDay.org, CC BY-SA

“Asesinos! Cobardes! Palurdos!”

Los detractores estereotiparon a los partidarios como psicópatas sin emociones, como sádicos cobardes que ahogan su complejo de inferioridad siendo crueles contra el más débil, o animales salvajes que no saben controlar sus bajos instintos. O como se leía en un post: “Asesinos! Cobardes! Palurdos!”.

Estos tres estereotipos son incompatibles entre sí: o no tienes emociones o no sabes controlarlas, pero las dos cosas no pueden ser a la vez. Y, sin embargo, los detractores lograron que esta triple estereotipación emocional fuera creíble, en un uso hábil de la retórica que les dio una posición ventajosa a los detractores mediante metáforas o inversiones de significado. En los post, los partidarios son comparados con categorías sociales ya creadas y establecidas como moralmente repugnantes, como nazis, maltratadores, asesinos o genocidas.

Cuando los partidarios defendían el torneo como tradición medieval, los partidarios atacaban revirtiendo la palabra “medieval” a su significado de oscuro, atrasado, subdesarrollado. Si la defendían como expresión de la cultura de un pueblo, revertían el significado “cultura” y lo comparaban a otras tradiciones que no pueden considerarse “culturales”, como las matanzas de cristianos en los circos romanos o el derecho de pernada de los señores feudales.

Apoyo de personajes famosos

No solo los comentaristas en los medios contribuyeron a la creación de este estigma. La estereotipación de los partidarios del Toro de la Vega fue apoyada por figuras públicas con alto poder, como el entonces candidato a la presidencia del Gobierno, Pedro Sánchez, además de músicos, actrices, escritores, gente del mundo del deporte y el espectáculo, e incluso jueces y diputados.

Este apoyo explícito contribuyó a cimentar el estigma, porque estas figuras reproducían, en todo o en parte, algunos de los significados ya vertidos por los comentaristas y blogueros. Y no solo ellos: en la discusión parlamentaria que siguió al Decreto de prohibición, algunos diputados usaban los mismos recursos retóricos que habíamos observado entre los comentaristas.

En el estudio, en el que, además de la Universidad Pontificia Comillas, participaron Javier Lloveras (Metropolitan Manchester University) y Eleni Papaoikonomou (Universitat Rovira i Virgili), también notamos que la construcción que estaban haciendo los detractores se presentaba como si fuera mayoritaria.

En realidad, las encuestas muestran más polarización que consenso en contra de la tauromaquia, pero los titulares o el interior de las noticias hacía sugerir otra cosa. El caso más claro este titular de Deutsche Welle (14/12/2016): “España ratifica la prohibición del Toro de la Vega”. En verdad la noticia recoge la decisión del Constitucional en contra del recurso del ayuntamiento de Tordesillas, pero el titular crea la impresión de que toda España se muestra de acuerdo en prohibir el festejo.

Cuando el estigma emocional es reproducido por estas figuras con gran ascendencia social, el estigma se valida, esto es, aparece como mayoritario, como si hubiera un consenso social de que apoyar o participar en el Toro de la Vega es cosa de psicópatas, sádicos o salvajes. Y así lo reconocían los de Tordesillas en las redes, cuando decían que les habían “avergonzado”, “denigrado” o, incluso, que les habían privado de “su condición humana”.

Manifestación para pedir al PP y PSOE la prohibición del Toro de la Vega de Tordesillas en la Plaza de Colón de Madrid, el 14 de septiembre de 2013. Wikimedia Commons / pacmafotos, CC BY-SA

Legitimidad erosionada

Con este proceso, la legitimidad moral y relacional se erosiona: la práctica se construye como algo inmoral, incompatible con los estándares éticos del siglo XXI, de tal modo que decir que alguien es partidario del Toro de la Vega es igual que admitir que es un psicópata, un sádico o un salvaje.

Cuando ambas legitimidades se erosionan, la prohibición casi viene sola. Es llamativo que el Decreto lo propuso y lo firmó el PP, el mismo partido que unos años antes había defendido la protección de la tauromaquia como patrimonio inmaterial. Y, sin embargo, en el texto del decreto se reconoce la necesidad de alinearse con la que identifica como voluntad mayoritaria de la sociedad española y la visión ética que defiende.

Estudiar el caso del Toro de la Vega nos ha permitido identificar los procesos por los que se crean estereotipos emocionales, empleados luego para deslegitimar prácticas sociales. El caso vuelve a poner de manifiesto cómo la palabra crea realidad: en este caso, el discurso contra el Toro de la Vega creó un estigma.

Pero también este caso nos ha enseñado que el derecho y la necesidad de expresar nuestra visión moral necesita de espacios más serenos para realizarse, espacios donde haya más cabida a la reflexión y el análisis. Y que debemos ser reflexivos todos cuando comentamos las noticias: porque nuestra palabra, incluso sin quererlo, puede estar contribuyendo a polarizar la vida social, a amplificar el odio y la frustración, y a crear o perpetuar prejuicios.

The Conversation

Carmen Valor Martínez no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.

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