Por María Ortega Gómez

L

a creciente necesidad económica unida a la cada vez más frecuente explotación laboral en el sector agrícola son el cóctel perfecto para jornadas interminables, no poder fichar las horas de entrada y salida y no haber firmado contratos ni despidos. En un almacén frutícola en el que el trabajo es extenuante se sobrepasan los límites de la capacidad física y mental.

El texto que presentamos hoy trata sobre una entrevista realizada a una trabajadora de un almacén frutícola de Almería en la que denuncia una situación de abusos patronales. Hay veces que para sufrir experiencias de abusos patronales no es necesario permanecer un largo periodo de tiempo en el puesto de trabajo. En ocasiones, con solo unos pocos días es suficiente para experimentarlo. Los sucesos que nos cuenta la entrevistada suceden en unos días que, aunque parezcan pocos, bastan para que decida denunciar la situación.

Ella es auxiliar de geriatría y no había trabajado nunca en un almacén. Al llevar un año en paro, a través de una asociación de búsqueda activa de empleo, le dieron el contacto de un almacén frutícola que se encuentra en la Mojonera, Almería.

Empieza entonces a trabajar, sin haber firmado contrato, el día 23 de febrero con una jornada de unas seis horas. Los problemas llegan al segundo día, cuando la jornada se extiende hasta 14 horas. Al tercer día fueron 16 horas y media, y ya el quinto día tuvo que volverse a casa porque su cuerpo no podía más. Trabajó entre 16 y 18 horas con dos pausas de 15 minutos para comer algo rápido.

Es consciente de que allí hay muchas personas trabajando incluso hasta 18 y 20 horas diarias. Comenta que hay compañeras que dicen llevar varios días sin ver a sus familiares. El hecho de trabajar hasta 18 horas sumado al trayecto del trabajo a casa y viceversa solo les permite dormir unas pocas horas y volver al trabajo, por lo que no pueden dedicar tiempo a su vida personal.

Como detalle que cabe tener en cuenta, nos dice que ella y la encargada del almacén eran las únicas españolas que estaban allí trabajando. El resto de las trabajadoras eran guineanas, marroquís y rumanas, y era consciente de que la empresa se aprovecha de sus necesidades económicas para explotarlas laboralmente.

“Cómo puede haber gente tan cabrona que por el mero hecho de que tú tengas necesidad de comer y pagar unas facturas abusen de ti de esta manera y se vayan de rositas”.

12 horas es suficiente

Cuenta que, al cabo de 12 horas de jornada, es absurdo seguir trabajando y que la gente está tan cansada que no rinde lo suficiente. Se desecha una gran cantidad de productos, alimentos y plásticos cuando, debido al cansancio, los trabajadores se equivocan y la verdura o la fruta se empaqueta mal. A causa de ello, se tiene que tirar el empaquetado entero y volver a empezar con una nueva tanda. Lo que se tarda en hacer un palé entero, que suele ser unos 15 minutos aproximadamente, a partir de las 12 de la noche puede llevarles hasta 50 minutos.

Asegura que hay compañeros que han trabajado hasta 20 horas seguidas. En un almacén de fruta en el que se cargan cajas de 10 kilos continuamente y, después, deben ponerse en palés de hasta 2 metros de alto. Todo el mundo presentaba lesiones, llevaba muñequeras y aguantaba a base de analgésicos, antiinflamatorios y calmantes, lo que se sumaba al hecho de tener que trabajar con maquinarias pesadas y cintas mecánicas que podían provocar lesiones graves.

“Todo el mundo lesionado, todo el mundo con problemas, con muñequeras, todo el mundo a base de analgésicos y calmantes trabajando con maquinarias pesadas”

Al preguntarle si podría denunciar la situación o, al menos, quejarse, cuenta que los primeros días, al cabo de las 8 horas, no veía que nadie tuviera voluntad de irse y terminar de trabajar. Cuando preguntaba, le contestaban con sorpresa “Esto sigue” y seguían trabajando por inercia.

“Nadie se quejaba, todo el mundo trabajaba”

Sin embargo, a las 10 horas, ya comenzaba a preguntarse cuánto tiempo más iban a estar en el almacén, y sus compañeros le aseguraban que de allí se salía cuando les avisaran, después de preparar y entregar todos los pedidos, o bien cuando se quedaban sin productos o material para envasar. Al terminar la jornada, se ordenaba recoger y limpiar el almacén en unos 15-20 minutos.

Asegura que en la empresa no tienen un registro legal de entrada y salida de los trabajadores: la máquina de fichar está tapada con un papel post-it pegado y les hacen firmar unas hojas en blanco en las que la empresa añade después las horas que se supone que han hecho.

Uno de los días, decidió irse a casa tras 15 horas y media de trabajo y un tirón en la espalda. Le pidieron que firmara su hoja de registro y le dijeron que ya le llamarían, si es que volvían a hacerlo. Al día siguiente le dieron la baja voluntaria, como si fuera ella quien hubiera dejado el trabajo. En el mismo día solicitó la baja médica en la Seguridad Social, con un diagnóstico de lesión cervical por “movimientos repetitivos en el trabajo”. Decidió tramitar la baja, pero desde la empresa insistieron en que firmara una baja voluntaria.

Al cabo de dos semanas, al recibir el alta de la Seguridad Social y haber tramitado los dos partes de baja, le pidieron de nuevo que fuera a firmar los papeles. Pensaba que le habían despedido, ya que es lícito despedir a un empleado mientras está de baja y ella se encontraba, además, en la quincena de prueba.

A la hora de firmar, le entregaron los papeles plegados, dejando a la vista solamente el apartado donde tendría que firmar; sin embargo, exigió ver el papel para poder leerlo entero y se percató de que querían que firmara una nómina de 200 € que supuestamente habían ingresado en su cuenta, pero no era así. Unos 200 € que no llegaban ni a 22 horas trabajadas, cuando ella asegura haber hecho más de 50. Se negó a firmar una nómina que no se correspondía con sus horas trabajadas y que, además, ni siquiera le habían ingresado. Ante sus negativas, le respondieron con amenazas. Asimismo, asegura que la empresa pagaba 5,50 € la hora, pero en el convenio figuraba que la hora debía pagarse a unos 6 € y las horas extra, a unos 8 € aproximadamente.

“Tengo que cobrar 300 €, que me los he sacado trabajando 14 y 16 horas y media, aunque me los tenga que gastar en un abogado, te juro por mi madre que lo pienso hacer”

Sin alternativa desde la empresa

Desde la empresa no responden ni dan alternativa. Le amenazan con que el asunto está en manos de sus abogados y son estos los que se pondrán en contacto con ella, pero no le preocupa lo más mínimo porque ha actuado siempre de manera legal y juega a su favor. Está dispuesta a seguir denunciando su situación y acudir a algún sindicato y buscar abogados para tratar de enviar una inspección laboral.

A fecha de la entrevista, aún no había firmado ni el contrato ni el despido. Aun teniendo los partes de baja y de alta de la Seguridad Social y, a pesar de haberlos enviado a la empresa, insistían en que firmara unas nóminas sin haberlas cobrado y una baja voluntaria. Era consciente de que había sido despedida porque le llegó la notificación de la Seguridad Social, pero la baja laboral aparece con la fecha en que le dieron a ella la baja médica. Lo único que tiene son los mensajes de la Seguridad Social y, en su vida laboral, figura el paso por la empresa, pero no ha firmado ni contrato, ni despido, ni nómina.

Pero a día de hoy se ha demostrado la importancia que tiene denunciar estas situaciones, pues después de ponerse en contacto con un abogado laboralista pudo interponer una denuncia para inspección laboral y finalmente le llamaron para pagarle lo que le debían y que firmara el contrato y el despido. No sabe a ciencia cierta que se realizara una inspección, pero sus compañeras le agradecieron que denunciara lo ocurrido y está segura de que tomó una buena decisión.

“Creo que si exiges tus derechos acabas por conseguir buenos resultados. Lo que no hay que hacer es acomodarse con la excusa de no poder conseguir nada. Hay que levantar la voz y denunciar. El «no» ya lo tenemos, solo puede mejorar.”

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