(Este artículo fue escrito durante el confinamiento, el 6 de mayo de 2020).

Cada día, a las 20:00 horas suenan emocionantes aplausos en los balcones de toda España, que son ánimo en estado puro para quienes trabajan en primera línea de combate contra el Covid-19, pero que no son suficientes ni para agradecer ni para reconocer todo lo que este personal está luchando y sufriendo.

Muchas de las personas que aplauden no son conscientes de que casi el 80% del personal del sector de actividades sanitarias y Servicios Sociales son mujeres; y, no es de extrañar, cuando continuamente oímos hablar de los profesionales de servicios esenciales, los investigadores, los celadores, los farmacéuticos, los gerocultores, técnicos, héroes…; y de ese cansino y estereotipado “médicos y enfermeras” que se resiste a desaparecer, a pesar de que un 55% del personal médico son hoy mujeres y de que en poco tiempo va a ser mucho más, a juzgar por el gran porcentaje de mujeres que está estudiando hoy Medicina en las universidades.

Es un lenguaje que, además de no reflejar la realidad, invisibiliza en el peor momento a las mujeres y al colosal trabajo que están realizando. El lenguaje es poderoso y tiene que cambiar; como tiene que cambiar un sistema sanitario y sociosanitario donde ellas están subrepresentadas en los centros de toma de decisiones.

En estos meses de crisis, hay países que han destacado por dos cosas, por su eficacia en combatir la pandemia y por estar gobernados por mujeres: Nueva Zelanda, Bélgica, Finlandia, Dinamarca, Islandia y Alemania. Romper ese tozudo techo de cristal no es sólo una cuestión de justicia, sino también de eficiencia.

Desde la Federación de Sanidad y Sectores Sociosanitarios de CCOO (FSS-CCOO) queremos recordar que aplicar la perspectiva de género es imprescindible para hacer ciencia basada en la evidencia, también en estos momentos de Covid-19. Históricamente, se estudiaron las enfermedades en cuerpos de hombres, siendo sus conclusiones aplicadas también a mujeres, lo que dio lugar a grandes errores que se llevaron por delante la salud y la vida de un número incalculable de mujeres. Es el fenómeno del androcentrismo en la Medicina y la Investigación. Es muy importante que se estudien las posibles diferencias en cómo cursan la enfermedad hombres y mujeres, o cómo reaccionan a las vacunas y los nuevos medicamentos que se están desarrollando. En estos momentos de emergencia tememos que se esté olvidando todo ello una vez más, a juzgar por los pocos datos segregados sobre el Covid-19 de los que disponemos.

Trabajadoras de la residencia La Saleta del País Valencià.

Durante todos estos días angustiosos, la crisis ha dejado en evidencia que nuestro sistema sanitario público no es el mismo después de los recortes y las privatizaciones que sufrió durante los años de la crisis financiera. Todas las camas, las UCIS o las personas trabajadoras que se jubilaron y no se repusieron son las que han hecho falta durante estos días.
El sistema está aguantando la descomunal envestida a base de exprimir en cuerpo y alma a sus plantillas, que han trabajado en las peores condiciones. No sólo se les ha exigido que aparquen su vida y releguen el cuidado de su gente, sino que también releguen su propia seguridad, su salud y su vida, porque se les ha mandado a la guerra sin protección. No en vano, somos el país europeo donde ha habido más contagios de personal sanitario y sociosanitario, representando hasta un 15% del total de los contagios.

Hay que decir que el escaso y precioso material de protección se repartió de manera desigual, primero en los grandes hospitales, y mucho menos en la Atención Primaria. Como siempre, la Atención Primaria ha sido ninguneada en la crisis, pues aún siendo la clave de bóveda del sistema, donde se previene y promociona la salud y desde donde se ha visitado a las personas infectadas en sus domicilios, han contado con menos medios para hacerlo, presentando las mayores tasas de contagio y muertes entre su personal. Una Atención Primaria fuerte y dotada de medios es imprescindible para descongestionar los hospitales, y para detectar problemas sociales como la violencia doméstica y la violencia de género, las cuales han crecido exponencialmente en el confinamiento. Un enfoque excesivamente “hospitalocentrista” sólo favorece a quienes tienen interés en sacar grandes beneficios de la privatización del sistema.

Pero el personal que ha trabajado en las peores circunstancias y el peor de los escenarios durante este tiempo aciago ha sido sin duda el de los centros de mayores y dependientes, y del servicio de ayuda a domicilio. Más del 90% de este personal está compuesto por mujeres. Ellas han sido las últimas en recibir material de protección, quienes han tenido que dar una atención para la que no tenían ni medios ni preparación, en medio de un caos que ha sido mucho peor en instituciones privadas.

Aunque siempre lo hemos dicho, ahora más que nunca queremos decir alto y claro que de la economía de los cuidados, o cómo esté organizado este trabajo dentro de una sociedad, dependen la cohesión social y la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. Es necesario reforzar nuestro Sistema Público de Salud en su conjunto, fortaleciendo la Atención Primaria y siempre teniendo en cuenta que la calidad de la atención que se da está en proporción a la calidad del empleo que se genera.

Asimismo, queremos decir que urge un nuevo paradigma en el cuidado de nuestros mayores, porque después de lo que ha pasado, esta sociedad no puede mirar para otro lado y seguir por la misma senda.

Hay que seguir agradeciendo a todo este maravilloso personal del que formamos parte y al que tenemos el privilegio de representar, al que aplaudimos cada tarde, pero sobretodo con derechos laborales y mejoras económicas, porque es de justicia que cuidemos a quien tan bien nos está cuidando.

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