Hace algo más de un mes que los movimientos feministas volvimos a tomar las calles para reivindicar el 8M convencidas de que si las mujeres paramos, se para el mundo, debido al peso y a la fuerza de trabajo -remunerado o no, formal o informal que tenemos.

La crisis sociosanitaria de la COVID-19 ha revelado la centralidad de los trabajos de cuidado, impactando en toda la sociedad y, más intensamente, en las mujeres: en el ámbito de los hogares, tenemos que hacer frente a más carga de trabajo doméstico y reproductivo; y en el ámbito profesional, nos enfrentamos a una mayor riesgo de contagio al ocupar los trabajos de los sectores esenciales durante esta pandemia, como es el de cajeras de supermercados, limpiadoras, sanitarias, empleadas de hogar, farmacéuticas, etc.

La realidad estadística de La Rioja no difiere mucho del panorama nacional: la tasa de actividad de las riojanas es del 55% frente al 63% de los riojanos, de la cual soportamos una parcialidad del 26,6% frente al 7% de los hombres; una brecha salarial del 22% (EPA del 4º trimestre 2019) y dedicamos 4 horas diarias a las tareas domésticas y de cuidados frente a las dos que dedican que nuestros compañeros (Encuesta de Empleo del Tiempo 2009-2010). Según el último informe del Mercado de Trabajo de La Rioja. Datos 2018 (2019), somos mayoritarias en los sectores sanitarios (94% del personal de enfermería y el 91% del auxiliar de enfermería); en el de la limpieza (81%); en el del comercio (92% cajeras supermercados); y somos el 97% de las empleadas domésticas.

Hemos afrontado el cambio de una enseñanza presencial a otra telemática y la necesidad urgente de ponerse en contacto con el alumnado y sus familias, transmitiendo apoyo y tranquilidad.

Hacer frente a esta situación ha supuesto tener que reinventarse y aprender nuevas formas de transmitir conocimientos, a la vez que se compagina con el papel de madres, hijas, tías, amigas, en función de la casuística de cada una, con lo que también aumenta la carga emocional.

Silvia Toledo, trabajadora en piso de protección
Silvia Toledo, trabajadora en piso de protección

En residencias y hospitales tras superar el caos de los primeros días todo está más tranquilo y organizado, gracias a la profesionalidad y al compromiso de las compañeras. También atienden y suplen las necesidades más humanas, facilitando la comunicación con la familia.

Hemos acompañado a esas personas solas que sienten que se están apagando, son momento duros que dan muestra de la gran carga emocional y sicológica a la que se están enfrentando estos días.

La vuelta al hogar de estas trabajadoras es dura por el miedo a tener el virus o ser asintomáticas lo que es un riesgo para los suyos. Aún así, entre ellas se ayudan tanto emocional como psicológicamente, cambiando turnos, compartiendo información, cuidando de aquellas que no tienen experiencia y aprendiendo unas de otras.

Esta crisis, pone de manifiesto, en muchos casos, la falta de capacitación de algunos equipos directivos, a veces con el conocimiento de la Administración correspondiente.

En el entorno rural hay trabajadoras que se sienten orgullosas, ya que en sus plantas se han diseñado, producido y transportado camas ultraligeras y biombos que han sido donados a hospitales, centros sanitarios y residencias y otras como en el pueblo de Badarán, uno de los pocos pueblos sin contagios gracias a las iniciativas solidarias que han armado: mientras un grupo de mujeres cose tapabocas con las mantelerías que han donado los dos restaurantes del pueblo, otro las ha ido distribuyendo entre la gente del pueblo y hospitales (llevan ya dos mil quinientas, ¡son incansables!); dos voluntarios desinfectan el pueblo todos los sábados, usando sus tractores y sus atomizadores con el agua y cloro que les facilita el ayuntamiento; y la tienda del pueblo ha ampliado sus productos y se encarga de abastecer a todas las vecinas y vecinos, evitando los desplazamientos a las grandes superficies de las ciudades cercanas. Además, la ordenada y disciplinada cola que se forma en su puerta es ahora el punto de encuentro donde se pregunta por el bienestar del resto.

Otra realidad que parece pasar inadvertida en el relato apresurado de lo que está siendo esta pandemia: la de estos hogares que son a la vez centros de trabajo en los que se cuida, se acompaña, se educa y se da un entorno seguro a niños, niñas y adolescentes por motivos diversos.

El personal de este recurso, mayoritariamente femenino, ha visto aumentada su carga de trabajo por el cierre de los centros escolares, la suspensión de los permisos con las familias y las salidas de ocio. Estas circunstancias han hecho que las horas de convivencia, las horas de seguimiento escolar y de ocio “casero” aumenten y, en consecuencia, también la carga emocional. Esto no sólo dificulta el día a día del piso y la labor del personal -que no ha sido reforzado para hacer frente a esta circunstancia excepcional-, sino que también ha impactado en las necesidades de apoyo que el grupo de menores necesita al verse, doblemente confinados: social y familiarmente.

Estos son algunos ejemplos de la multitud de situaciones y estrategias de afrontamiento que se están dando estos días. Todos ellos tienen el elemento común, no sólo se ofrece una atención profesional sino también una atención comprensiva, empática, atenta y cuidadosa, cualidades que ningún complemento salarial recompensa ni se ponen en valor a la hora de elaborar las categorías profesionales de los sectores y las ocupaciones que mayoritariamente desempeñamos las mujeres. Tengámoslo presente no solo en los aplausos de cada tarde, sino cuando nos sentemos en las mesas de negociación.

El COVID-19 ha hecho más visible el lema feminista “si nosotras paramos, se para el mundo”.

Marian Alcalde Ibañez, Área de Acción y Comunicación de CCOO de La Rioja.