Elena Blasco Martín, secretaria confederal de Mujeres e Igualdad de Comisiones Obreras.

Limpiadoras, cuidadoras, médicas, auxiliares sanitarias, policías, cajeras de supermercado… Las mujeres trabajadoras, muchas de ellas empleadas en sectores definidos como esenciales, han desempeñado durante todos estos meses su labor con compromiso y solidaridad y, a menudo, sin las medidas de seguridad adecuadas y con escaso reconocimiento. También en muchos casos se han visto obligadas a hacer malabares para compaginar un improvisado régimen de teletrabajo con las labores de cuidado. Y, al mismo tiempo, los datos que ya conocemos apuntan a que, en términos laborales y económicos, están siendo las más damnificadas por esta pandemia.

Desde la Secretaría Confederal de Mujeres e Igualdad de CCOO hemos señalado desde el primer momento la importancia de afrontar esta crisis primero sanitaria y luego económica y social desde una perspectiva de género. Para ello, entre otras medidas, como el análisis de datos en miradas ‘violetas’ o el planteamiento de propuestas sindicales para la protección de los grupos más vulnerables o en materia de conciliación, hemos puesto en marcha una serie de artículos desde las diferentes federaciones estatales y territorios de nuestra organización sindical (la primera en España) para aproximarnos a la realidad de las trabajadoras en todos los sectores y lugares. El objetivo es hacer un seguimiento detallado de todas las denuncias y propuestas para que el coronavirus no implique retrocesos en igualdad. 

Fotografía de Txefe Betancort.

Los datos macroeconómicos que nos llegan no dejan lugar a dudas de que la factura de la crisis ya está siendo mucho más elevada para las mujeres: supusieron el 70% del incremento del paro registrado en agosto y la última EPA correspondiente al segundo trimestre de 2020 apuntaba a que cerca de 600.000 mujeres trabajadoras habían abandonado el mercado laboral. Hay 1,6 millones menos de mujeres activas que de hombres, lo que indica barreras estructurales en el acceso al empleo que ahora se ven agravadas y que, como bien sabemos, inciden en la feminización de la pobreza. 

Tras los grandes números se encuentra la realidad concreta de las educadoras, administrativas o monitoras de comedor que se enfrentan estas semanas a un curso escolar caótico, de las sanitarias que en los peores momentos de la pandemia sufrieron la escasez de recursos tras años de recortes en la sanidad pública o la delicada situación de las trabajadoras transfronterizas en Ceuta. Y en el otro lado de la balanza, la acción sindical y las medidas negociadas y acordadas en el Diálogo Social territorial en lugares como País Valencià, Castilla La Mancha, Murcia, Cantabria, Navarra o La Rioja, que demuestran nuestra voluntad de hacer un sindicalismo útil, especialmente en este escenario en el que nos encontramos. 

Gracias a la aproximación de estos artículos, se hace aún más evidente la necesidad de una perspectiva de género que examine el impacto de esta crisis en las brechas estructurales que ya existían y, sobre todo, se pone de manifiesto que la reconstrucción económica ha de tener la igualdad como uno de sus ejes: hace falta ampliar las coberturas de los sectores que sufren mayor precariedad y facilitar recursos para atender las necesidades de cuidado con una mayor corresponsabilidad de hombres, mujeres, Estado y sociedad. 

Y es que, si en tiempos de normalidad hemos llamado la atención reiteradamente sobre las dificultades añadidas de las mujeres en cuanto a su participación laboral, que impiden el acceso al empleo de calidad y condicionan su mayor riesgo y exposición a la pobreza, esta alerta se hace aún más necesaria en estos tiempos de Covid. Urge dar una respuesta económica y social que tenga en cuenta y aporte soluciones a todas las mujeres.