María Merello Arvilla
Candidata al Senado por Más País Cádiz – EQUO

Para mí, es una obligación moral indagar sobre cómo contribuir a transformar nuestra sociedad en una situación de crisis climática y desigualdad que sin embargo, no ha reflejado su gravedad en las acciones políticas hasta ahora. Por múltiples razones se ha escondido a las personas comunes esta triste verdad, ¿Cómo transmitir la mala noticia de que los recursos son limitados?, ¿Cómo abordar el cambio cultural necesario que supone en definitiva, que podemos vivir bien con menos para que las personas de hoy y del mañana, tengan una vida digna, necesariamente ajustada a los límites del planeta?

En el siglo XIX asistimos a una discusión entre dos científicos naturalistas, Prior Kropotkin y Darwin. El primero, defiende que la sociedad se sustenta en la cooperación; el apoyo mutuo es lo que ha servido a las sociedades para evolucionar y sobrevivir. En contraposición con Darwin que estima que la evolución se basa en la lucha por sobrevivir, dando como resultado la supervivencia de los más fuertes.

La matriz cultural que nos envuelve y se ha ido desarrollando desde la modernidad con los mitos que la sostienen que son la fe en el progreso y el individualismo no son realidades materiales, físicas, sino creencias que justifican el desarrollismo, con una fe ciega en un futuro que será siempre mejor, más abundante, más próspero materialmente.

Las personas que somos conscientes de que ese mundo no es posible y vemos la urgencia de un cambio de paradigma nos parece a menudo una lucha entre David y Goliat, nos preocupa pensar que es muy difícil un cambio cultural, que es un proceso lento hasta que una mayoría social no lo constate y quiera ver que la realidad biofísica de la que depende la vida que conocemos es muy frágil, y que la hemos deteriorado mucho los seres humanos desde la primera revolución industrial con el uso masivo de los combustibles fósiles.

Cuando esta masa crítica de personas conscientes llegue para alcanzar el cambio cultural es muy probable que ocurra porque el deterioro sea tan evidente que la imprescindible transición cuente con muchos menos recursos de todo tipo.

Gracias a la juventud ahora, se está abriendo una ventana de oportunidad. Los movimientos sociales de jóvenes, de niñas y niños que ya son conscientes y denuncian que no hay planeta B a donde emigrar que su futuro será muy negro si no actuamos ya contra la emergencia climática, junto con otros colectivos de denuncia pacífica que exigen a los gobiernos que digan la verdad, que prioricen urgentemente ir a emisiones cero de gases de efecto invernadero que paren el calentamiento global para mitigar los desastres naturales.

Entiendo que hay que estar con una pierna puesta en las instituciones y la otra creando ya modos de vivir ajustados a los límites del planeta, y nuestros brazos, en los movimientos sociales y culturales alternativos, sitios donde la cooperación, la ayuda mutua, la fraternidad, la sororidad, solidaridad, el pacifismo, valores todos ellos sin los que los seres humanos no habríamos podido sobrevivir a lo largo de nuestra historia. La buena noticia es que esos valores satisfacen nuestra humanidad cosa que ahora aporta a duras penas el consumismo.

Y, ¿Por qué las instituciones?

La ecología política ha de ser un altavoz que ponga sobre la mesa los problemas a los que nos enfrentamos la humanidad. Puede hacer pensar, reflexionar a personas que nunca se lo habían planteado. Además, intentar contener, denunciándolo, el despilfarro en recursos, oponiéndonos a  la destrucción. También, dando alternativas posibles de reducción de gases de efecto invernadero, de transición a un modo de vida acorde a las posibilidades biofísicas de la tierra ajustando nuestra huella ecológica a los límites del planeta, con equidad.

Habitualmente los políticos van por detrás de la ciudadanía, hacen lo que la ciudadanía demanda. Por eso, también, ha de haber personas en política, honestas, y decididas a llevar estos cambios a la práctica en un escenario complicado y breve para la implementación de medidas suficientes.

Sacar a la palestra pública desde los ayuntamientos hasta las instituciones de la Unión Europea, la crisis sistémica en la que estamos inmersos es útil, pero por si sola tampoco funcionará mientras el imaginario social siga entretenido en lo inmediato. Conocer, pensar, reflexionar, es aquí y ahora imprescindible para situarnos mejor ante esta verdad incómoda, pero  no son actos que se prodiguen en nuestro modelo de sociedad, más bien al contrario, de ahí, la urgencia de utilizar nuestro cerebro, de hacer caso a nuestras emociones y sentimientos. Muchas personas intuyen ya desde hace tiempo que no podemos seguir viviendo así en un planeta finito, esa angustia suele mover a la acción pero también a la desesperación, a la depresión. Para ello hay que dar alternativas.

Un movimiento político tiene la ventaja de articular a multitud de activistas que crean una masa crítica importante, que muestran a la sociedad otra forma de pensar, un pensamiento alternativo imprescindible para el cambio, siempre necesitamos imaginar antes de actuar.

Pero no soy inocente, ya he experimentado que las instituciones tienen el peligro de que te  introduzcan en sus propias dinámicas, suelen dirigir el pensamiento hacia lo urgente que no es necesariamente  lo importante, suponen si no cambiamos su dinámica, un despilfarro de potencialidades.

Yo misma me he debatido en esta coyuntura porque, personalmente estimo mucho mi tiempo dedicado a otras tareas, como el estudio, el arte, la naturaleza, mi familia y amigos, etc. Tengo un buen trabajo, con un buen horario. Sin embargo, he decidido dedicar un tiempo de mi vida a la actividad política, mayormente porque la urgencia es grande, porque aprecio la belleza de este mundo y el horror de su fealdad, porque tengo hijos, sobrinas, y considero un deber moral no dejarles una tierra desbastada, o por lo menos, lo menos desbastada posible.

Soy realista por eso  próximamente os compartiré lo que considero logros durante mi responsabilidad como cargo público en el Ayuntamiento de Puerto Real (Cádiz) para demostrar que incluso en un Ayuntamiento con grandes dificultades económicas, es posible hacer políticas para el bien común.


María Merello Arvilla
Candidata al Senado por Cádiz de Más País – EQUO