A menudo leo que necesitamos cambiar nuestros imaginarios para cambiar nuestra sociedad, pero casi nunca se cuenta con qué herramientas lo vamos a hacer. A la mayoría de personas que piensan que no es necesario, pues ya tenemos esas herramientas, les matizo que las herramientas en las que piensan son intelectuales, no conductuales.

Se suele pensar que con un discurso bien desarrollado ya basta, y pensar eso frena la transición ecológica y social.

Las personas y los movimientos de la ecología social y política y de la izquierda venimos de la tradición racionalista, en donde lo importante es la argumentación intelectual y el rigor. En cambio, otros aspectos como el emocional y las capacidades operativas han sido dejados de lado en muchas ocasiones.

Es la herencia de Descartes, aún vigente cuatro siglos después: pensar que los seres humanos somos racionales, mientras que las emociones pertenecen al reino animal (¡como si los seres humanos no fuésemos animales!).

El racionalismo ha traído cosas muy buenas a la humanidad, pero también ha supuesto ignorar, además de los sentires, dos áreas fundamentales de la vida humana: las habilidades y las actitudes. Por ejemplo, cada vez se habla más de empoderamiento, pero debemos preguntarnos: ¿Qué herramientas tenemos para desarrollarlo que nos ayuden a influir en la sociedad en que vivimos? Normalmente nos quedamos hablando del concepto de empoderamiento, más que aprender a empoderarnos realmente.

“Si solamente tienes un martillo, pensarás que todo lo que te encuentres serán clavos.”

Voy a describir tres situaciones para entender la importancia de desarrollar habilidades y actitudes constructivas en la política verde y el ecologismo social en particular, y en general para fomentar la transición ecosocial.

La primera se refiere al tipo de lenguaje que se usa normalmente en los asuntos ecológicos y, en particular, al tratar del cambio climático.

La segunda situación constituye un ejemplo de la pérdida de oportunidades de trabajar e influir en las instituciones por no disponer de personas competentes.

Y la tercera versa sobre el uso de metodologías de desarrollo personal para potenciar el empoderamiento, especialmente en las mujeres.

Del lenguaje tecnocientífico a la comunicación por valores

Si realizas un análisis científico de una situación, este tiene que ser riguroso, algo que es indiscutible, por supuesto. Ahora bien, un informe técnico no sirve para comunicarlo a la población, porque la mayoría de esta no sabe interpretar los datos según nuestros valores.

Siguiendo la tradición del siglo de las Luces, a menudo damos preeminencia a los aspectos científicos como si con ellos la población tuviese necesariamente que asumir nuestras argumentaciones.

El aspecto más dramático de ese énfasis excesivo en el lenguaje tecnocientífico es la comunicación del cambio climático. El IPCC es el mayor proyecto científico que haya existido jamás, tanto por la cantidad de personas involucradas, como por su procedencia. A pesar del trabajo que han realizado durante décadas y del rigor de sus modelos, los resultados en cambios políticos y sociales son pobres; no están a la altura de lo que queremos y necesitamos.

Hace pocos años, afortunadamente, el IPCC se dio cuenta de que lanzar nuevos informes, cada vez más precisos, no servían de mucho y empezó a incluir lo que se llama la comunicación por valores para impactar positivamente en la población (1).

Una de las mejores noticias que tuve en 2016 fue conocer el trabajo de Climate Outreach, probablemente la entidad mundial que más y mejores trabajos realiza para comunicar eficazmente el cambio climático. Estos trabajos los prepara con científicos sociales a fin de saber qué tipo de lenguaje funciona y cuál no, con el objeto, no solo de concienciar a la población sobre el cambio climático, sino sobre todo de promover cambios conductuales.

No se trata de divulgación científica, ni de educación medioambiental, sino de influir para que la población pueda efectuar cambios en su conducta cotidiana que sean benignos climáticamente.

Una de las habilidades que plantean y que nos resultará muy útil aprender es la comunicación por valores. El IPCC empezó a encargar informes a Climate Outreach sobre cómo cambiar su forma de comunicar, pasando de un enfoque técnicocientífico a otro de comunicación por valores y otros aspectos (2).

Ahora bien, tener una herramienta no significa ser diestro con ella. Ser hábil requiere entrenamiento. Más que un asunto intelectual, que lo es también, se trata sobre todo de un asunto conductual, es decir, de practicar haciendo. Cuando quieres que una criatura aprenda a ir en bici no le das un libro sobre bicicletas, le das una bicicleta para que aprenda a mantenerse sobre ella, a girar en las curvas, etc.

Y comunicar por valores tiene que ver con un entrenamiento, con desarrollar la habilidad de comunicar eficazmente para realizar cambios en las conductas de la población, no simplemente para concienciar.

transición ecosocial

Falta de capacitación en las administraciones públicas

Me explicaba un militante verde que, a raíz de las últimas elecciones autonómicas canarias, se formó un gobierno de coalición encabezado por el PSOE y compuesto, además, por otros partidos nacionalistas moderados, de izquierda, progresistas y verdes. A todos estos últimos partidos se les adjudicaron cargos para ocupar consejerías y direcciones generales, sin embargo solo cubrieron una dirección general, porque, siempre según mi fuente, no tenían personas con el perfil de competencias adecuado para dirigir una dirección general. Y no es la única autonomía en donde ha ocurrido algo parecido.

Según mi experiencia, ello se da porque se produce una orientación muy fuerte hacia la ideología y muy débil, en cambio, hacia desarrollar competencias como la negociación, la comunicación, la gestión de la administración, etc.

Por supuesto, existe gente competente dentro del círculo ecosocial, pero no en la cantidad necesaria para implementar las políticas deseadas.

Empoderamiento de la mujer

Leer libros sobre el empoderamiento resulta más fácil que empoderarse.

Hace unos días una clienta me contaba que conocía a una catedrática universitaria especializada en feminismo que en su relación de pareja era sumisa, una conducta nada feminista. Y es que una cosa es el pensar teórico y otra muy distinta, aprender a hacer cambios conductuales que nos sean útiles.

Estaba ayudando a una activista ecofeminista a superar varias limitaciones que tenía y que no sabía cómo afrontar. Esas limitaciones son muy recurrentes entre las mujeres: “Los demás saben más que yo”, “¿Para qué voy a decir esto en la reunión si no es importante, o si ya lo han dicho más o menos?”… Racionalmente ella sabía que, en las reuniones, podía aportar opiniones válidas, distintas. Pero el caso es que no las aportaba y después se lamentaba por no haberlo hecho. Me di cuenta de que en el fondo sentía que estaba por debajo de la situación y no era capaz de ponerse a la altura a la que veía a los demás. Le ayudé a ponerse mentalmente/emocionalmente a la altura de las circunstancias y en los días siguientes se sorprendió agradablemente por haberse sentido segura de sí misma en varias reuniones en las que participó. Así pudo contribuir con lo que sabía. Me dijo: “La teoría me la sabía, me faltaba lo más importante, hacerlo. Con tu ayuda profesional ahora sé cómo se hace y lo he logrado”.

Tenemos una oportunidad de aprender a empoderar de facto, no teóricamente, a fin de crear las condiciones de una sociedad ecológica y equitativa.

Metodologías para hacer eficazmente las transiciones de nuestros imaginarios

Desde la mitad del siglo XX se empezaron a desarrollar metodologías para potenciar la conducta humana, unas metodologías que apenas se emplean en el movimiento verde, ecologista y ecofeminista.

Estas metodologías se encuentran en las antípodas de las teorías, aunque se basen en algunas de ellas.

Cuando trabajo con mujeres (y con hombres) que desean superarse, suele haber un impacto real en su visibilización, en el aumento de su campo de acción, en pensar creativamente, en potenciar el trabajo colectivo y en muchas áreas más.

¿Todo esto es la panacea? Por supuesto que no. Pero usar estas metodologías de modo sistemático sería un gran paso adelante para influir muchísimo más y poder construir una sociedad como la que buscamos: ser más hábiles para construir movimientos sociales con impacto, partidos políticos que vayan más allá de la mejora de la gestión en la administración, etc.

A veces, cuando hablo de estas metodologías hay gente que piensa que son mero “pensamiento positivo”. Es cierto que algunas disciplinas son happy flower, pero otras no; son metodologías sólidas y comprobadas.

Un aspecto que me parece muy relevante de estas metodologías es su aplicación a las utopías. Que este término tenga una acepción peyorativa de “irrealizable”, tiene que ver con las pocas herramientas operativas de que nos hemos dotado para construir una sociedad ideal. Hablamos de sociedad cooperativa y con frecuencia en nuestros colectivos no somos capaces de funcionar cooperativamente.

Te invito a explorar las metodologías que ayudan a desarrollar habilidades y actitudes constructivas.

Yo elegí la que utilizo por su eficacia, profundidad y completitud (3). Disponer de unas herramientas no significa saber utilizarlas de modo diestro, ni obtener sus frutos de inmediato. Y, como toda herramienta, requiere práctica.

Hagamos que el siglo XXI sea conocido por añadir a la ideología, las habilidades y actitudes constructivas que permitan que sea más fácil y consistente crear un mundo mejor.

Carles Porcel 


[1]Por ejemplo, el IPCC contrató a Climate Outreach para desarrollar un manual para dar pautas concretas a los científicos para mejorar el impacto en sus intervenciones en público: https://climateoutreach.org/reports/ipcc-communications-handbook/

[2]Este es uno de los reportes pero hay más en https://climateoutreach.org/media/six-principles-to-help-ipcc-scientists-better-communicate-their-work/

[3] https://capacitador.info/es/dbm-modelado-conductual-desarrollativo/