Claudia Pradas 

Hace escasas décadas, hablar de la sexualidad femenina era algo tabú, inmoral y motivo de castigo si no se realizaba dentro de los convencionalismos establecidos por la sociedad patriarcal. Dada esa necesidad de liberación y empoderamiento, se inició una revolución cuyo motivo principal era dotar a las mujeres de autonomía respecto a su sexualidad.

El problema apareció cuando el capitalismo hizo de la revolución sexual, un instrumento de uso y consumo. Los diálogos neoliberales dieron rienda suelta al mercado de explotación sexual (a pesar de que dicho mercado cuenta con siglos de historia), haciendo sentir “libres” a las mujeres explotadas.

Testimonios de antiguas trabajadoras sexuales reafirman que, en efecto, no existe tal libertad. Hablamos de la esclavitud sexual como una economía sumergida, donde solamente vemos el producto: mujeres sonrientes, poseedoras de sus propios beneficios económicos y a la espera de un cliente. El sistema de prostitución y trata es un problema muy difícil de visibilizar. La dificultad de encontrar la raíz del problema reside en la incapacidad de ver más allá de la punta del iceberg, las voces de miles de mujeres quedan calladas por un sistema económico y político que ampara al proxeneta y al consumidor de sexo. ¿Cuántas mujeres en situación de explotación sexual hay en el mundo? ¿Cuántas de ellas son víctimas de trata? Se calculó que 4,8 millones de personas fueron víctimas de explotación sexual forzosa en 2016(*) . La mayoría de éstas eran mujeres y niñas.

Otra postura a tener en cuenta se ve reflejada en las teorías del feminismo liberal. Por ejemplo – y en contraposición a lo que hemos mencionado anteriormente- Virgine Despentes, en su ensayo “La teoría King Kong”, habla de una revolución del trabajo

sexual, del empoderamiento y la emancipación económica de la mujer a través de la sexualidad. Se habla de utilizar nuestros cuerpos como una herramienta más para el beneficio económico propio.

¿Puede existir empoderamiento en una práctica con tantas raíces patriarcales? ¿Podemos definir como algo libre el hacer de nuestro cuerpo, una vez más, un instrumento de placer para el género opresor?

Si bien es cierto que una parte del sector de la prostitución es ejercida por el género masculino, en la cultura popular, así como en el reflejo del día a día, siempre que hablamos de prostitución, lo relacionamos con las mujeres.

Negar que la explotación sexual, en su gran mayoría, consiste en una representación de roles, es taparse ojos y oídos ante un problema tan importante.

Es tan sencillo como darnos una vuelta por un punto habitual de intercambio del negocio sexual y ver que, prácticamente en su totalidad, son mujeres las que están expuestas a los ojos de los hombres.

Es una necesidad obvia e innegable dar voz a las trabajadoras sexuales. El no hacerlo nos pone en una posición de opresión moral y social. Podemos escribir y opinar sobre el uso y el consumo del cuerpo, pero jamás sabremos lo que es hasta que no lo vivamos. Una vez más, cabe aclarar que la postura abolicionista tiene por objetivo primordial proporcionar herramientas de empoderamiento a los colectivos explotados, alternativas laborales y, sobretodo, amparo legal. La finalidad de todo ello es prohibir la trata, la esclavitud sexual y erradicar el sistema de prostitución actual, pero con ello, se evita señalar a las prostitutas/víctimas de trata como las responsables de su situación.

Afirmar que todas las trabajadoras sexuales lo hacen por decisión propia parece una sentencia bastante invisibilizante para el colectivo en general. Parece más bien una cortina de humo que tapa el gran problema que supone la trata y la explotación. Además, es un diálogo egocéntrico y privilegiado. Por supuesto que hay personas que disponen de los privilegios necesarios para trabajar en el mercado sexual libremente. Pero hay un gran colectivo invisible que no disfruta de tales facilidades, que se les proporciona la prostitución como “alternativa” a una vida empobrecida. Algunas de estas personas resultan inmigrantes, que entran en el mercado laboral occidental mediante la trata, siendo doblemente explotadas y oprimidas. Señalar el problema es el primer paso, el siguiente es luchar por los derechos de aquellas personas que no tienen voz.


(*) IOM: Flow Monitoring Surveys: The Human Trafficking and Other Exploitative Practices Prevalence Indication Survey, June 2017, http://migration.iom.int/ europe/.

3 Comentarios

  1. Las mujeres son tan autónomas sexualmente que pueden decidir libremente tener sexo con una “manada” de hombres en celo, sentirse “sucias” y arrepentirse tras el hecho, autoconvencerse de que en realidad no quisieron hacerlo, denunciarles a todos por violación y mandarlos a pudrirse en la cárcel.

    • Querido putinreloaded, espero que estos comentarios sean con finalidades de llamar la atención y no formen parte de tu ideario real. La autonomía sexual de las mujeres se ve mermada en el mismo instante en que opiniones como las que has comentado se extienden. Espero que algún día puedas entender que cuando una mujer acaba prácticamente inconsciente, en un portal con cinco hombres penetrándola por todos lados, sin teléfono, y abandonada posteriormente, es una violación.

      • Cuando una mujer acaba prácticamente inconsciente, en un portal con cinco hombres penetrándola por todos lados respondiendo “Sí” a la preguta “Te la meto?”, es que decidió drogarse/emborracharse y hartarse de follar. En cuanto al teléfono, que se lo robaran fue lo que jodió a esta mujer de verdad y lo único que la motivó a denunciar (aparte de las “sugerencias” de los funcionarios de género, que viven de eso).

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