Disidencia, ciudadanía y poder: la receta autoritaria del trumpismo para borrar al adversario político
Zohran Mamdani no llega desde ningún despacho. No hereda apellidos del partido ni cuentas blindadas en Delaware. Tiene 33 años, nació en Uganda, es hijo de padres indios y se naturalizó estadounidense en 2018. Esta semana ganó las primarias demócratas a la alcaldía de Nueva York frente a pesos pesados del establishment, incluido el exgobernador Andrew Cuomo. Lo hizo con un discurso claro: frenar las redadas racistas del ICE, desmilitarizar la policía y devolver el poder a los barrios populares. Demasiado para los demócratas moderados. Y, sobre todo, imperdonable para el régimen trumpista.
En menos de 72 horas, la ultraderecha ha pasado de insultarlo a proponer que se le quite la ciudadanía estadounidense. Andy Ogles, congresista republicano por Tennessee, lo acusó de “haber ocultado vínculos con el terrorismo” al naturalizarse. La prueba: una canción de rap y el uso de la frase “globalizar la intifada”. La Casa Blanca respondió con frialdad, pero sin titubeo: si las acusaciones son ciertas, habrá investigación. No hay delitos. No hay sentencias. Solo un objetivo: acallar al disidente.
En 2001, el pretexto fue la “guerra contra el terror”. En los años 50, fue el comunismo. En 2025, es Palestina.
La amenaza es brutal y directa. Trump, preguntado por las propuestas de Mamdani para impedir que agentes de ICE actúen encapuchados en barrios obreros, respondió sin rodeos: “Entonces habrá que arrestarlo.” Lo dijo con la misma tranquilidad con la que presenta centros de detención para migrantes o elogia dictadores. Porque el trumpismo ya no necesita eufemismos.
Ahora el plan es aplicar el “proceso de desnaturalización” a quienes, tras obtener la ciudadanía, resulten ser demasiado libres. Según el memorando del Departamento de Justicia, puede retirarse la nacionalidad a quienes hayan “obtenido la naturalización mediante ocultación o falsa declaración”. Pero el criterio es maleable, racista y útil para lo que buscan: fabricar culpables.
Apoyar Palestina se convierte en sinónimo de terrorismo. Disentir, en traición. Y tener nombre extranjero, en presunción de ilegalidad.
Chris Murphy, senador demócrata, lo dijo sin rodeos: “Esto es una mierda racista.” Pero su partido sigue dividido entre quien calla por cálculo electoral y quien intenta defender el centro mientras la derecha arrasa las instituciones. La caza ya ha empezado. Mamdani no es el único objetivo. Solo es el primero que lo dice en alto.
No es casualidad que Trump aproveche cada intervención pública para elogiar a Eric Adams, actual alcalde de Nueva York y converso al trumpismo. La fiscalía federal le archivó recientemente una causa por corrupción. Trump lo celebró. “Es un buen tipo. Le ayudé un poco”, dijo. El mensaje es simple: si obedeces, te salvas. Si molestas, te borramos.
El caso Mamdani no es una excepción. Es un síntoma del régimen. Una advertencia: no importa cuántos votos consigas si te sales del guion. Y ese guion se ha vuelto cada vez más estrecho, más blanco, más sionista, más neoliberal. En él no caben ni los socialistas, ni los inmigrantes, ni las voces musulmanas que no se avergüenzan de sí mismas.
Que Trump haya amenazado con cárcel y deportación a un ciudadano electo por decir que no quiere redadas paramilitares en su ciudad no es un desliz autoritario. Es doctrina.
Como en los años de Hoover, como en la era de Bush, el nuevo enemigo tiene acento, conciencia de clase y solidaridad internacionalista. Y eso no se tolera. Porque no es terrorismo. Es disidencia. Y eso, en tiempos de Trump, vuelve a ser delito.
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