Massimiliano Patierno
Ingeniero Ambiental del IIDMA

Olas de calor intensas, sequías devastadoras, fenómenos meteorológicos extremos como ciclones, tormentas e inundaciones. Todos se deben al proceso de calentamiento que está sufriendo nuestro planeta, debido al aumento de las concentraciones de gases de efecto invernadero (GEI) en la atmósfera.

Cuando se habla de las causas del calentamiento global, lo primero que suele venir a la mente son las emisiones asociadas a las industrias, al transporte, a la producción de energía con combustibles fósiles, al sector comercial y residencial, y en menor medida a las emisiones relacionadas con el sector agrario.

Sin embargo, este último juega a nivel global un papel muy importante. En el caso de España el sector agrario es responsable del 10% de las emisiones totales de GEI del país. De estas, casi dos tercios proceden del sector ganadero. En particular, de la fermentación entérica del ganado y de la gestión de estiércol.

En España en los últimos años se ha asistido a un importante crecimiento de las cabañas ganaderas, cuyo origen se encuentra tanto en el mayor consumo a nivel nacional como en el aumento de las exportaciones, sobre todo en lo relativo a la carne porcina. Según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, a finales de 2018 la cabaña ganadera española contaba con más de 60 millones de animales de abasto, de los cuales más de la mitad eran cerdos, criados en su mayoría en granjas intensivas.

Asimismo, el incremento de la producción de productos cárnicos se está desarrollando de manera simultánea con la reducción del número de explotaciones, lo que indica una mayor industrialización del sector. Están proliferando proyectos de ganadería intensiva, sobre todo porcina, cuyo objetivo último es el de conseguir la máxima producción de carne en el mínimo tiempo posible, sin ninguna atención sobre la calidad de la carne producida ni sobre los impactos ambientales, sociales o sanitarios de esta forma de producción.

En la actualidad existen múltiples medidas que, de diferente manera se están poniendo en marcha para reducir las emisiones de GEI procedente de la ganadería, contribuyendo así a frenar el calentamiento global. Estas medidas incluyen por ejemplo una correcta gestión del almacenamiento de estiércol, el fomento de plantas de biogás para el tratamiento de las deyecciones ganaderas o medidas relativas al manejo animal, como la optimización del forraje o la mejora de la salud del ganado.

A pesar del potencial de mitigación de estas medidas, deben enfrentarse a distintas barreras. Estas pueden ser dificultades de carácter económico, especialmente para las pequeñas granjas (falta de capital de inversión, ausencia de ayudas o su difícil obtención debido a requisitos restrictivos), dificultades que tienen que ver con la falta de conocimientos técnicos sobre cómo poner en marcha las medidas o desconfianza/oposición a la hora de aplicarlas debido a un desconocimiento de los beneficios, no solo ambientales, sino económicos que las mismas conllevan.

Sin embargo, existe una medida a la que no se le presta la suficiente atención y que podría contribuir de manera importante a reducir la contribución de la ganadería al cambio climático: poner en marcha cambios en nuestra alimentación. Hoy en día, el consumo medio per cápita de carne en la Unión Europea es el doble que la del promedio mundial. Dentro de la UE, España ocupa el segundo puesto en consumo de carne por persona. Las actuales dietas occidentales se basan en un exceso de proteína animal. Es necesario realizar cambios hacia dietas más saludables que reduzcan el consumo de carne dentro de unos márgenes ecológicos aceptables y la sustitución de proteínas de origen animal por otras de origen vegetal. La huella ecológica asociada a determinados productos, como los cárnicos, son superiores a las de otros, como por ejemplo las legumbres, que pueden cumplir la misma función en nuestra dieta.

El cambio en nuestra dieta no solo conllevaría una disminución de las cabañas ganaderas, y por ende una reducción de las emisiones de GEI asociadas a las mismas; también implicaría un cambio en el destino de los productos, pasando de destinarse a la ganadería intensiva a destinarse al consumo humano, evitando de esta manera los problemas de carácter ético/moral asociados al hambre en el mundo.

Desafortunadamente, se echa en falta la implementación de políticas que fomenten estos cambios en nuestra alimentación y a nivel europeo no se ha desarrollado ninguna política explícita sobre la reconversión de los productos agrícolas o la limitación de la producción de piensos para el ganado. Así, la decisión únicamente está en manos de la elección personal de los consumidores.

Por otro lado, la reducción de la demanda de carne o la elección de consumir carne ecológica podría además favorecer la recuperación y el desarrollo de explotaciones extensivas, cuya escasa rentabilidad tiene origen en la llegada al mercado de grandes cantidades de carne low cost y de baja calidad, unido a canales de distribución que dejan la mayor parte del beneficio en manos de los intermediarios.

La transición hacia una ganadería extensiva y ecológica no solo supondría un cambio en la lógica de funcionamiento del sector, matizando el objetivo puramente mercantil de buscar la mayor rentabilidad, típico de las explotaciones intensivas, con el objetivo de garantizar el bienestar animal aun produciendo cantidades menores de carne. También conllevaría una disminución de las emisiones de GEI al disminuir el número de cabezas de ganado por granja. Además, esta disminución sería mayor ya que se reduciría también el volumen de insumos (piensos) utilizados por el sector ganadero, aprovechando las superficies pastables, con la consecuente disminución del impacto de su cadena de producción y suministro.

Sin embargo, se necesitan políticas y normativas destinadas a apoyar la ganadería extensiva, no solo a través de ayudas económicas sino también mediante la consolidación de canales de comercialización específicos para sus productos que garanticen un justo margen de beneficio para los ganaderos.

Es clara por tanto la importancia de reducir el consumo per cápita de carne y, en la medida de lo posible, que la misma proceda de sistemas ganaderos extensivos. Debemos caminar rápido hacia una modelo de alimentación más sano, que conlleve formas de producción más sostenibles desde un punto de vista no solo medioambiental sino económico y social. La decisión está en nuestras manos.