Ayer, la gente de bien respiraba aliviada al conocer que Julian Assange no iba a ser extraditado a Estados Unidos, donde le esperaba una condena de 175 años por difundir secretos de estado, tras un juicio en base a una ley contra el espionaje de 1917 que presenta muchas dudas sobre su constitucionalidad.

Todo su caso había sido la sucesión de montajes, arbitrariedades y conspiraciones para impedir su acción periodística y lanzar un aviso a lo poco que queda de prensa libre para que se cuide de hacer periodismo de investigación. Desde los supuestos cargos por violación en Suecia –donde nadie le denunció jamás–, hasta los relacionados con el robo de información de ordenadores públicos, todo es absolutamente falso. Y sin embargo, se ha llevado diez años encerrado y sometido a una tortura psicológica permanente que le ha dejado graves secuelas, con la complicidad de una jueza íntimamente relacionada con el Foreign Office y el lobby militar británico. Incluso la historia que se forjó a su alrededor de maleducado, malhumorado, guarro, caprichoso y no sé cuántas cosas más… todo responde a un deseo de demonización orquestado con un fin espurio concreto. Y si se enfadaba con los directores de los medios con los que colaboró en sus filtraciones, era justamente porque no se atrevían a publicar gran parte de la información que él le había puesto en bandeja. Que no le den la vuelta a la tortilla, que ya los conocemos.

Y no hablo movido o cegado por la ideología. Hace unas pocas semanas tuvimos la oportunidad de compartir una Tertulia en Cuarentena sobre Julian Assange con Fidel Narváez, cónsul de Ecuador en el Reino Unido entre los años 2010 y 2018, que fue quien lo acompañó durante la mayor parte de su refugio en la embajada. Narváez fue el mejor amigo de Assange y quien lo ayudó a conseguir el asilo político –posteriormente revertido por el corrupto, traidor y vendepatrias de Lenin Moreno– y, evidentemente no corroboró ni una de esas acusaciones.

Sin embargo, a pesar de la evidente alegría que tenemos por la publicación de la sentencia y por las cautelas naturales ante el recurso presentado por la fiscalía británica en nombre del gobierno de Estados Unidos contrario al dictamen, la situación de hoy es bien diferente a la de ayer a primera hora y ahora el debate es sobre su inmediata puesta en libertad. No hay color.

Sin embargo, de la lectura de la sentencia hay serios motivos para la preocupación. Por un lado, aunque no es nada nuevo, porque pone de manifiesto que en las cárceles de Estados Unidos no se respetan los derechos humanos; obviamente no es literal en este aseveración, pero este ha sido el motivo por el que se le ha negado la extradición a Julian Assange. Por otro, porque para países que se consideran garantes de la libertad en el mundo acaban de enterrar para siempre la libertad de prensa y expresión. Da igual lo que diga la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos:

«El Congreso no podrá hacer ninguna ley con respecto al establecimiento de la religión, ni prohibiendo la libre práctica de la misma; ni limitando la libertad de expresión, ni de prensa; ni el derecho a la asamblea pacífica de las personas, ni de solicitar al gobierno una compensación de agravios».

El Tribunal avala, punto por punto, todas las acusaciones de Estados Unidos, no refuta el fondo de ninguna de ellas, lo que supone un auténtico varapalo a la libertad de prensa. Divulgar informaciones veraces sobre crímenes de guerra o de ilegalidades cometidas por nuestros gobernantes es un grave delito de espionaje que puede ser castigado incluso con la cadena perpetua de facto, cuando no con la muerte.

Así que vayan tomando nota los pocos periodistas de verdad que quedan en el mundo y pueden ejercer su trabajo con libertad. Su vida puede estar en juego.

Con la irrupción de los grandes capitales y los fondos de inversión privados o públicos, grandes corporaciones o países concretos se aseguraron que las informaciones de los grandes medios no iban jamás a hacerles daño. La concentración de grupos mediáticos, que ha llegado ya a niveles casi monopolísticos, ha facilitado mucho esa labor. Ya no había que comprar líneas editoriales a través de la contratación de inserciones publicitarias en multitud de pequeñas televisiones, radios o periódicos. También conocemos de sobra las prácticas y métodos de compra de periodistas para tapar las prácticas ilegales o inmorales que conllevan las políticas imperialistas o colonialistas en el mundo.

Pero hoy más que nunca, lo que de verdad se pone de manifiesto con el caso Assange, es que el periodismo está más muerto que vivo. Lo han matado los gobiernos que no quieren que se sepa qué se oculta tras sus declaraciones efectuadas en los atriles oficiales por sus voceros. Ellos son los enemigos de la verdad, de la libertad y de la democracia. Porque aunque se les llene la boca, cada vez que hablan, de valores universales y principios éticos, gracias a Wikileaks, conocemos un poco mejor qué hay detrás de sus caretas. Julian Assange los ha desnudado para siempre.

Justo por eso, los que nos dedicamos a la contrainformación solo pedimos un pequeño ejercicio de memoria. Cuando mañana sigamos criticando noticias aparecidas en la prensa corporativa, a pesar de una arrolladora unanimidad en el mismo sentido, pensad en quién mueve los hilos y por qué.

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