Carlos Blanquer Ovejero
Miembro de Red Equo Joven


El ecologismo y el antiespecismo son los dos movimientos político-sociales más disruptivos que cualquier otro anterior en cuanto a su propuesta ética y cosmovisión. Ambos otorgan valor intrínseco a sujetos no humanos. Sus propuestas ético-políticas pueden romper con el antropocentrismo de manera tajante -si bien buena parte del ecologismo sigue siendo antropocentrista-. Esto, por sí mismo, es una revolución de la concepción del mundo y de las relaciones entre el ser humano y todo lo demás. Tener esto en común debería ser motivo suficiente para que estos dos movimientos se encontraran en un bar, intercambiaran algunos pensamientos y halagos, cenaran y salieran del establecimiento haciéndose ojitos y con alguna mariposa en el estómago. Durante los siguientes días, Ecologismo y Antiespecismo se darán cuenta de que tienen ciertas diferencias sobre cómo ven el mundo y tendrán alguna discusión de pareja primeriza. Sin embargo, no tardarán en comprender que caminan hacia el mismo lugar, se complementarán, se enamorarán y acabarán construyendo un proyecto de vida común.

Este corto e idílico relato de lo que podría ser -y de lo que, espero, será- no es política ficción, como mucho política-fricción. Y es que es difícil encontrar visiones u objetivos excluyentes entre ambos movimientos, más allá de algunas tensiones en casos prácticos concretos -y que tienen solución-. Antes de defender la tesis de que el ecologismo ha de ser antiespecista y viceversa, analicemos brevemente el dilema más recurrente al decir que el ecologismo y el antiespecismo no pueden ir de la mano, a partir de un caso práctico en forma de pregunta:

¿Qué hacemos con una especie exótica invasora que está destrozando un ecosistema? Parece que los ecologistas aniquilarían cruelmente (exageración) a todos los individuos invasores, mientras que los antiespecistas protegerían de forma naif (exageración de nuevo) la vida de los individuos y el deterioro ecosistémico continuaría. ¿Qué hacer en estos casos? Parece que, independientemente de la opción que se escoja, se va a provocar daño. Si se mata a los invasores, se les causa un perjuicio evidente. Si se les deja, se causa un daño indudable al ecosistema donde están, lo que significa, en consecuencia,  causar daño a otros individuos de otras especies animales con total seguridad. 

Aunque hay sólidos argumentos para ser crítico con el utilitarismo, en estos casos puede solucionar el dilema: aplicar una solución utilitarista negativa en la que se provoque el menor daño al menor número de individuos y hacerlo de la manera menos dolorosa posible puede generar un consenso entre las partes. En cada caso, habrá que estudiar en qué se materializa la aplicación de ese criterio. 

Cojamos ahora el ejemplo de las cotorras y los murciélagos del artículo Los animalistas no son ecologistas (Rafael Ordoñez, El Independiente, 26/02/18): Habría que estimar el número de individuos (murciélagos) que sufrirían y morirían si las cotorras se quedan. No sólo los murciélagos, a los que esto les afecta directamente, sino cómo los cambios ecosistémicos que las cotorras producirían a largo plazo afectarían a otros seres sintientes y en qué medida. Después, cuantificar el sufrimiento de las cotorras si se las sacara de su nueva casa, llevándolas a otro lugar o (si se aplicara) cualquier otra solución, siempre minimizando el sufrimiento de las cotorras al expulsarlas de ese entorno y, como última opción, quitándoles la vida de la manera menos dolorosa posible. La estrategia de la que menos sufrimiento se derivase podría ser la solución de mayor consenso entre ecologistas y antiespecistas. Quizás, a priori, los ecologistas no estén muy a favor de este arbitraje, pero cuando se den cuenta de que en la gran mayoría de ocasiones “su estrategia” es la ganadora… cambiarían de parecer. Por otro lado, si a los antiespecistas les importa cada individuo, no podrán oponerse a este método, pues coincide con su voluntad de que el menor número posible de individuos sea dañado.

Antes de argumentar por qué el ecologismo debe ser antiespecista, veamos por qué el antiespecismo no puede no ser ecologista, que parece una tarea más sencilla: 

La degradación de los ecosistemas afecta directa y negativamente a la vida de los seres sintientes que los habitan. Por tanto, cualquier comportamiento antiecológico es también un comportamiento especista, aunque los impactos de tal comportamiento no sean perceptibles a simple vista ni inmediatos. Además, uno de los grandes y acertados argumentos del antiespecismo es que no necesitamos explotar a los demás animales para vivir vidas dignas y plenas. Del mismo modo, cualquier uso de los ecosistemas y de la vida no sintiente del planeta que exceda de lo estrictamente necesario para alcanzar una vida digna y plena es antiético, puesto que todo ser viviente -sea o no sintiente- aspira y tiene derecho a florecer, en palabras de Paul Taylor, y sería antiético negarle esa posibilidad a no ser que su uso sea necesario para alcanzar un fin igual de elevado.

Propuesta una solución para una de las fricciones entre ecologistas y antiespecistas más comunes y razonado por qué el antiespecismo debe ser ecologista, expliquemos los argumentos que defienden que el ecologismo debe ser antiespecista, incluso sin ampliar o modificar los principios éticos en los que el ecologismo se basa, sino desde su propio marco ideológico:

Afirmar que el ecologismo sólo trabaja por la conservación de los ecosistemas del planeta es analizar este movimiento social y político de forma reduccionista. El ecologismo lucha contra la explotación de la naturaleza por el hombre y la no extinción de la vida compleja en el planeta, así como por el buen vivir del ser humano y del resto de la vida en la Tierra. Si el ser humano forma parte de la naturaleza y el movimiento ecologista lucha por integrar en el imaginario colectivo al ser humano en ella  como parte (dependiente) de un todo, ¿podemos, entonces, excluir de esta naturaleza a alguno de los seres sintientes que forman parte de ella? No se puede excluir a los animales del concepto naturaleza. Por tanto el ecologismo debe luchar también contra toda forma de explotación a la que estos estén sometidos, adoptando una mira antiespecista en su lucha. 

El ecologismo es, por definición, antiproductivista y anticapitalista, pues la defensa de la naturaleza y de los ecosistemas es incompatible con el crecimiento económico infinito que necesita el capitalismo para reproducirse y sobrevivir.  El capitalismo domina y explota a la naturaleza y mercantiliza cuantos recursos es capaz de extraer de ella: agua, materiales, suelo, combustibles fósiles… No le otorga un valor intrínseco, sino meramente instrumental, sirviendo a los intereses del capital. La explotación de los animales por el sistema especista sigue las mismas lógicas de dominación sobre el resto la naturaleza que utiliza el capitalismo: los animales son meros recursos que sirven al capital y a los seres humanos y no tienen ninguna relevancia moral, ¡como tampoco la tiene la naturaleza para el capitalismo! Los ritmos crecientes de explotación de los recursos naturales y de los animales van de la mano. Luchar contra la explotación de los animales -parte de la lucha antiespecista- es luchar por la desmercantilización de la vida y contra el capitalismo y, por tanto, es luchar por los objetivos del ecologismo. Es cierto podemos pensar en sociedades especistas perfectamente sostenibles, ecológicas, pero… ¿es deseable vivir en un mundo en perfecto equilibrio ecológico donde el bienestar de las personas se sustenta en la explotación de otros cuerpos, otros individuos sintientes? Y… ¿Acaso es necesario? De la misma manera que la democracia griega se sustentaba en el trabajo esclavo de la mayoría de la población de forma indeseable, la respuesta es no. Del mismo modo que una sociedad ecosocialista no sería deseable si siguiera siendo patriarcal. Así, también, por sostenible en el tiempo que pudiera ser esta sociedad especista, jamás sería justa. 

Una de las premisas del ecologismo, especialmente presente en los discursos ecosocialistas, es que cualquier impacto ambiental individual debe poder ser universalizable para poder considerarse justo. En la situación de extralimitación ecológica que vivimos en el Norte enriquecido es especialmente importante tener este criterio de justicia socioambiental presente. El movimiento ecologista occidental se enmarca también, aunque muy a su pesar, en este contexto de extralimitación y participa del mismo, aunque sus principios y sus intenciones sean otros. La sobreabundancia material y energética que nos rodea dificulta enormemente que un individuo que viva en una región enriquecida mantenga su huella ecológica en una dimensión universalizable. Así, para poder ser un ecologista coherente en el Norte, hay que hacer todos los esfuerzos y renuncias necesarias llegar a una huella ecológica que se sitúe dentro de los límites necesarios, elevando esta misión a imperativo moral. Si no se consigue, se está viviendo a costa de la calidad de vida de otros territorios y otros seres humanos, como sostiene Yayo Herrero en múltiples ocasiones. Es más, tenemos la obligación moral de fomentar la reducción de la dimensión material de nuestra economía y la huella ecológica de nuestras sociedades lo máximo posible y no sólo quedarnos en la infértil satisfacción de que una (y no muchas más) está cumpliendo, porque es insuficiente dada la grave situación ambiental que vivimos. El consumo material y energético debe reducirse al mínimo necesario para vivir dignamente si se quiere ser coherente con los principios del ecologismo en este contexto de crisis ecológica. Así, adoptar y fomentar el antiespecismo, así como sus aplicaciones prácticas, es decir, el veganismo, se antoja como imperativo moral a seguir, teniendo en cuenta que -y en esto, a estas alturas del cuento, no hace falta extenderse- el sistema especista sustenta las industrias más contaminantes y que más daño hacen a la vida y los ecosistemas: la ganadería y la pesca. Está sobradamente demostrado que cuanto más basada en vegetales está una dieta, (mucho) menor es su impacto ambiental y que una dieta que incluye productos de origen animal es mucho menos eficiente en el uso de energía necesaria para su producción, más gases de efecto invernadero emite y más agua y suelo necesita. El antiespecismo es, pues, un imperativo moral dentro de la lucha ecologista, excepto en aquellas comunidades de seres humanos que dependan sí o sí de la explotación de otros animales para alcanzar una vida buena, que son muy pocas. Porque… ¿Cuáles son los argumentos desde el ecologismo para perpetuar la explotación animal cuando no es necesario y además es ecológicamente más dañino? 

Pero no hace falta convencer al movimiento ecologista de esto. La mayoría de seres humanos que lo conforman ya actúan, piensan y sienten de acuerdo a los principios del antiespecismo en muchísimos aspectos de su vida individual, social y política. Son las hermosas brechas del especismo de una grandísima parte del movimiento ecologista y del resto de la sociedad:

La gran mayoría de personas aborrece la tauromaquia. La caza cada día pierde más adeptos. Los animales domésticos están conquistando derechos de ciudadanía y están dejando de ser percibidos como propiedades, su compra-venta está cada vez más denostada. En la práctica, muchísimas organizaciones ecologistas se dedican a mejorar la vida de animales concretos mediante intervenciones directas en el entorno como “poner en el campo comederos de invierno para aves y otros animales, o disponer fuentes para que la fauna silvestre pueda abrevar en el verano mediterráneo, o distribuir cajas-nido que puedan aprovechar diferentes especies, o construir pasos para la fauna que eviten atropellamientos, u organizar hospitales para fauna silvestre” como ejemplifica Riechmann (2018). Cualquier persona siente una gran satisfacción si tiene la oportunidad de salvar a un mamífero de un ahogamiento o un atropello, incluso de ayudar a un insecto. Y así, podríamos seguir líneas y líneas. 

Rechazamos la violencia y la explotación hacia los animales en casi cualquier contexto, aceptamos el antiespecismo como base moral aceptable, pero de momento sólo en determinados contextos y momentos. Son las disonancias cognitivas con las que la sociedad convive mientras transita hacia un futuro  antiespecista y ecologista. O, como lo llama Gary Francione, una esquizofrenia moral casi insoportable. Pero estos ejemplos no hacen sino demostrar que no hay que modificar radicalmente nuestro marco de pensamiento y nuestro sistema de valores, sino ampliar los contextos e individuos en y a los que aplicamos estas deseables normas morales. Y para ampliarlos, podemos empezar desde algo que está muy cerca, nuestros platos y vestimentas.

Para concluir, entonces, podemos reproducir el inicio del resumen del artículo de Jorge RIechmann (2018), Una utopía ética desmadrada, la intervención positiva ética en la naturaleza: “Podemos reconocer la importancia de las totalidades y los sistemas (ser holistas) en lo ontológico, y mantener no obstante el individualismo moral: son las vidas de los organismos individuales las que cuentan moralmente. Especies y ecosistemas tienen sólo un valor moral derivado. Nos importan, moralmente, los centros de sintiencia y consciencia que llamamos individuos. Pero en la naturaleza son sobre todo las totalidades las que cuentan… Aunque nuestra mejor teoría moral sea individualista, sucede que, ontológicamente, los individuos cuentan poco ― ¡la realidad es sistémica, evolutiva y relacional! Nuestra mejor ontología no será individualista”, sino holista. 

Esto significa que el antiespecismo deberá abandonar lo que tenga de individualismo ontológico y el ecologismo hacer lo propio con su holismo moral para que, cuando Ecologismo y Antiespecismo  salgan de la mano de ese bar donde se conocieron, puedan construir un proyecto común basado en un individualismo moral y un holismo ontológico que ilusione a ambos movimientos e inspire a toda la sociedad.

Esta historia de amor es posible, materialicémosla, porque además es absolutamente necesaria. Desde una cosmovisión y moral antropocentrista no seremos capaces de dar la suficiente relevancia a los animales y al resto de la naturaleza como para salvarnos de nosotras mismas. Hace unos siglos desplazamos a la Tierra del centro del universo. Ahora la tarea es menor y acaso más humilde: movernos un poco a nosotras mismas para poner la Vida en el centro. La de todas. 


Carlos Blanquer Ovejero. Miembro de la Red Equo Joven, Ecologistes en Acció València y estudiante del Diploma de Especialización en Sostenibilidad, Ética Ecológica y Educación Ambiental de la UPV. 

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2 Comentarios

  1. Dejar entrever que el ecologismo es más antropocentrista que el antiespecismo, para a continuación indicar la satisfación pesonal de salvar a un idividuo (mamímero, insecto…) como uno de los grandes sentimientos de las personas antiespecistas es una contradicción total. ¿Que más antropocentrico que la satisfacción personal?
    Trás la lectura de este artículo, de lo que no tengo dudas, es de que hay una gran confusión de lo que es el ecologísmo y sus funda,mentos. O peor aún, hay un oscuro interés, en teoria ético, en dar una falsa descripción de lo que es el ecologísmo.
    La invasión de especies alóctonas en una de las principales causas de perdida de biodiversidad mundial, y es un efecto directo de la actividad del hombre. Que alguien que se dedica a poner comedores para pájaros diga que es ecologista no significa que lo sea. Además, para rematar, decir que hay sistemas de obtención de alimentos para una dieta onnívora (incluidas proteinas animales) mucho más responsables medioambientalmente que la agricultura intensiva en la que se basa la mayor parte del veganismo de los nuevos salvadores del mundo.

    Saludos coordiales.

  2. El discurso animalista/antiespecista es lo más parecido que existe al discurso de los movimientos ‘provida’, de claro corte religioso (casualidad, como el antiespecismo; aunque en este caso no sea opusiano). ¿Recuerdan aquello del derecho del nasciturus y del asesinato masivo de espermatozoides que provoca la masturbación masculina?. Pues eso.

    Y no va de coña.

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