Pablo Taboada es un enfermero del SERGAS (Servizo Galego de Saúde), uno de tantos que se están dejando la piel para aportar su grano de arena en esta lucha contra el invisible enemigo. Hace tan solo unos días tuvo que acompañar a un paciente, a Mario, durante sus últimas horas de vida, perdida ante el coronavirus. La muerte de Mario le marcó tanto que decidió escribir un relato que tituló, en homenaje a la obra de Delibes, ‘Cinco horas con Mario’:

«Soy una de las muchas enfermeras que están trabajando a destajo en este país en estos momentos tan complicados, una de las muchas que cada día atiende a pacientes que dan positivo en Covid-19. Pero de todos esos pacientes, todos con sus nombres y apellidos, hay uno que me ha afectado especialmente, su nombre es Mario.

Mario es uno de los pacientes ingresado en la unidad en la que me encuentro ahora trabajando, ronda los 75 años y es uno más de entre cientos de miles de ciudadanos en su rango de edad, hipertenso, diabético y hasta la fecha en su casa realizaba una vida normal. Un paciente denominado como de riesgo. 

Mario ingresó en el hospital hace casi una semana y media tras sentir una sensación de falta de aire, tos y temperatura más elevada de lo normal. En Urgencias le diagnosticaron insuficiencia respiratoria y COVID-19 positivo. Con él, como con el resto, se tomaron las medidas protocolarias de aislamiento: una habitación individual y sin acceso a visitas. Tan sólo el personal sanitario accedería a misma y la comunicación con el exterior prácticamente nula.

Durante todo el tiempo en el que lleva ingresado ha vivido la soledad del aislamiento y el contacto físico se ha reducido a los contactos que tiene a diario con el personal sanitario y no sanitario. Las entradas a la habitación, tal y como aparece en los protocolos, se limitaron lo máximo posible porque los equipos de protección individual, los famosos epis, escasean y se deben usar con sentido común por lo que pudiera venir. Por esta razón los contactos con Mario deben ser breves y mis accesos a la habitación, aun queriéndolo, deben ser los justos para evitar nuestra exposición. 

Han pasado varios días y el virus ha hecho mella en Mario. Aunque a su llegada entró siendo una persona autónoma, pasado estos días debido a la infección ya no puede valerse por sí mismo: la insuficiencia respiratoria se ha agravado, la neumonía bilateral le ha provocado una infección generalizada y ahora requiere de un alto aporte de oxígeno. Su deterioro avanza muy rápido y parece imparable. 

Son casi las doce de la mañana y la vida de Mario pende de un hilo. Hay que tomar la decisión más difícil y dura: ¿se sigue adelante con lo imposible o lo dejamos ya y hacemos que sea lo más cómodo posible para él? 

Finalmente su corazón ya no puede aguantar más y a pesar de que él lucha para mantenerse con vida en la soledad de su habitación, a la una de la tarde el médico confirma su fallecimiento.

Han sido varios días junto a él, varios días en los que he tenido la suerte de conocer su persona, varios días de risas y bromas cuando estaba permitido, varios días de soledad junto a él, pero éste último día, el de la despedida en la que sólo estábamos él y yo ha sido especialmente duro. Me he despedido con una pequeña caricia de mi doble par de guantes sobre su frente.

Han sido cinco horas con Mario hasta que no ha podido más. Su muerte ha hecho aumentar las tristes estadísticas de damnificados por el Covid-19, pero para mí no será un número más. Para mí siempre será Mario.»

“Imagen del Banc d’Imatges Infermeres. Autoría: Ariadna Creus y Àngel García”

Fuente: Enfermeirasenloita.es/