Juan Ignacio Codina
Subdirector y cofundador del Observatorio Justicia y Defensa Animal
Autor de PAN Y TOROS. Breve historia del pensamiento antitaurino español


¿Se imaginan a una cuadrilla de toreros irrumpiendo en el Congreso de los Diputados con sus utensilios de tortura en mano para dar un golpe de Estado? No me digan que no. ¿Se los imaginan subiendo a la tribuna de oradores con sus falsos oropeles y sus gestos exagerados, y esa ridícula boina que llevan, exigiendo silencio y gritando aquello de se sienten coño? Suena bastante cómico, la verdad, si no fuera porque eso ya ha pasado. No busquen en las hemerotecas ni en los libros de historia, porque no encontrarán referencia alguna. Ni siquiera en las notas al pie de página. Se suele decir que el relato —la manipulación— de la historia lo hacen los vencedores, nunca los vencidos. Y, hasta ahora, la cruel tauromaquia nos ha ganado la partida, nos ha ganado el relato de la historia, del cual se ha apropiado.

Pero no toda la historia está ni en los libros ni en las hemerotecas, y la que les voy a contar hoy es una de esas. Durante siglos, de una manera muy paulatina, como a cámara lenta, nuestro país ha sufrido un golpe de Estado taurino a partir del cual se nos ha impuesto a los españoles una casposa España de mantilla, castañuela y sangre que ya va siendo hora de que nos quitemos de encima de una vez. Sería imposible precisar el momento exacto en que comenzó todo. Tal vez fue cuando Felipe II, en el siglo XVI, evitó que la bula antitaurina de Pío V De salute gregis (1567), que prohibía la tauromaquia en todos los reinos cristianos, se aplicara en España. Tal vez fuera mucho antes. En todo caso, lo que no debemos poner en duda es que este se sienten coño taurino, este golpe de Estado de la barbarie y la indecencia, tuvo lugar. Y sus consecuencias las seguimos pagando hoy en día.

Sí, porque en la actualidad seguimos viviendo, como en los tiempos de Felipe II y del siglo XVI, sometidos bajo una terrible dictadura taurina cuyos más recientes abusos los encontramos hace muy pocos años. Cuando, en 2013 el PP, con la abstención del PSOE, convirtió la barbarie tauromáquica en un patrimonio cultural amparado por la Constitución de 1978, asistimos a una muestra más de los efectos de este golpe de Estado. En aquella legislatura, el PP contaba con mayoría absoluta, por no decir absolutista. Cuando sus señorías blindaron constitucionalmente la tauromaquia sabían muy bien lo que estaban haciendo. Desde entonces, cualquier intento de prohibición o de limitación del “patrimonio cultural” taurino iba a chocar frontalmente con la Carta Magna, que ahora protege y salvaguarda a la barbarie taurina. Lástima que otros preceptos de la Constitución no sean igualmente tan defendidos a capote y espada.

Pero es que no aprendemos. El pueblo español es de lo que no hay, afortunadamente para el resto del mundo civilizado. Si nos remontamos en la historia, es fácil encontrar a destacados hombres y mujeres que empeñaron su vida en tratar de hacer de España un gran país, culto, avanzado y  desarrollado. Pero cuando no se puede, no se puede. En esta tarea regeneradora, enfrente se encontraron con fuerzas opuestas que pretendían exactamente todo lo contrario. Un ejemplo muy reciente, y que evidencia que la problemática sigue vigente, lo hallamos en las recientes elecciones andaluzas. Las diversas conjeturas expuestas para tratar de explicar el auge de la derecha y de la extrema derecha han pasado por alto que, en Andalucía, los del PSOE se pasaron de frenada con sus cuarenta años de políticas de Pan y Toros. Al más puro estilo del absolutista Fernando VII —que en el XIX prosiguió con ese golpe de Estado taurino cerrando las universidades y los periódicos, e inaugurando una escuela de tauromaquia—, los socialistas convirtieron las procesiones, las romerías y la tauromaquia en una cuestión nacional. Y lo hicieron, además, traicionando la memoria del considerado padre de Andalucía, Blas Infante, quien era un gran antitaurino. Lo digo una vez más: se pasaron de frenada. Para ellos, la transición tras la dictadura pasó inadvertida en algunos aspectos. Y todo ello para vergüenza de los miles de andaluces y andaluzas que han intentado combatir estas políticas de Pan y Toros, de Canal Sur y toros, de procesiones y toros. Porque, como diría Unamuno, hay que estupidizar al pueblo y, como diría Unamuno, para ello nada mejor que la tauromaquia —«[…] mientras las gentes se entretengan en hablar de toros, no hablarán de otras cosas peores: más vale que vayan a la plaza que no a la taberna a discutir de política o de religión», sentenció el ilustre catedrático vasco—. Lo repito las veces que haga falta: los socialistas se pasaron de frenada. En cuarenta años de gobierno fomentaron tanto la barbarie, desde las escuelas y desde los medios de comunicación públicos, que al final la barbarie se les ha colado en el Parlamento, y les ha arrebatado el poder. Es la ecuación perfecta del Pan y Toros: barbarie es igual a ignorancia, un pueblo ignorante es más dócil que uno culto, luego alimentemos con barbarie al pueblo. ¿No querían a un pueblo entretenido con la sangre y la crueldad taurinas? Sí, así lo querían, ya que de este modo ellos podrían gobernar a su antojo. Pero se les ha ido de las manos. Han embrutecido tanto a la población que, al final, los ciudadanos se han decantado por los más brutos, y los han sentado en el Parlamento. Es lo malo del Pan y Toros que, una vez que empiezas, ya no hay vuelta atrás, y las consecuencias son imprevisibles. En Andalucía llevaban casi cuarenta años de Pan y Toros. Eso explica muchas cosas.

Llegados a este punto, el PSOE hará muy mal si no entiende que la tauromaquia, tradicional e históricamente, ha sido fomentada, sostenida y apoyada por déspotas, absolutistas y dictadores, y nunca por el socialismo que, de hecho, desde la fundación del PSOE, la denunció por motivos tanto humanitarios como políticos. Humanitarios por la muerte de animales y de personas, y políticos porque la tauromaquia era usada para embrutecer al pueblo. Socialistas  como Matías Gómez Latorre, amigo personal y mano derecha del fundador del PSOE, Pablo Iglesias, y a la sazón también él mismo uno de los fundadores de este partido, fueron antitaurinos. Qué cara pondrían aquellos ilustres socialistas al comprobar que, años después, sus sucesores, aquellos de la chaqueta de pana, fomentarían la tauromaquia para distraer al pueblo y hacer que España, al menos en esto, siguiera siendo víctima de la dictadura franquista y de la dictadura taurina, que vienen a ser lo mismo. El PSOE debe redimirse. En tiempos en los que la derecha más casposa, machista y reaccionaria —toda la que habita el espectro político que va del centro a la extrema derecha— utiliza la tauromaquia y la caza como elemento de confrontación política, los partidos progresistas no pueden mirar hacia otro lado. De hacerlo estarán traicionando a su historia, pero también nos estarán dejando huérfanos a los cientos de miles de españoles que consideramos que ya es hora de pasar una de las páginas más negras de nuestra historia, que ya ha llegado el momento de acabar con la crueldad ejercida contra un animal por mera diversión.

Y es que España no acaba de pasar esa página negra de su historia. De hecho, la España Negra no es un mito, existe verdaderamente. Hablo de esa España soez, rural, casposa, machirula, taurina y cazadora, de prostíbulos, penitentes y disciplinantes que tan bien denunció Goya en sus etapas más oscuras y, paradójicamente, de mayor clarividencia. Luego Darío de Regoyos, Gutiérrez Solana o Ignacio Zuloaga hicieron lo propio. Esa España pesa mucho, y lo sigue haciendo. Pesa hacia abajo, hundiéndonos en la ciénaga del atraso y la ignorancia. De hecho, en doscientos  años España no sólo no había cambiado, sino que ha ido a peor. Esa España de obispos y mantillas, de sangre y de arena, de burdeles y arrabales. Sucia, mohína, bárbara, ignorante. Hoy en día vemos indignados las imágenes de cazadores pateando animales inofensivos y nos preguntamos si Goya, de haber vivido hoy en día, no hubiera dedicado una de sus series a estos garabatos de humanidad, a esta podredumbre. Por no hablar de Darío de Regoyos, quien viajó por toda España y se topó con estos personajes que no han evolucionado en siglos. Hoy en día los encontraría igual. Nada ha cambiado en esa España Negra que debemos acorralar. Lo rural está muy sobrevalorado, sobre todo cuando el concepto de ruralidad se usa como sinónimo de barbarie, de ignorancia y de muerte. Como explico en el libro Pan y toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español (Plaza y Valdés Editores), de reciente publicación, en la España Negra la tauromaquia ha tenido y tiene mucho que ver. Por eso todos los personajes que históricamente lucharon para conseguir  la regeneración del pueblo español pusieron a la barbarie taurina en su punto de mira en una eterna lucha desigual que la civilización acabó perdiendo ante la bestialidad.

De hecho, si nos fijamos, la historia contemporánea del mundo se ha movido entre dos ejes que constantemente están friccionando entre sí. Uno de ellos es el reaccionario, el conservador, el que no quiere que nada cambie ni evolucione. El otro es el progresista, el que aspira a un mundo más equitativo y avanzado, el que persigue la igualdad y la justicia. Podemos aplicar la teoría de las placas tectónicas a esta ecuación. Así, una placa tectónica, la casposa y retrógrada, se mueve para intentar anular a la otra placa, la del progreso, la del cambio y la de la evolución. Esta última, a su vez, también se desplaza, siempre con mayor dificultad que su adversaria, para ganar terreno a lo rancio, primitivo y atrasado. Pues bien, en España estas dos placas tectónicas llevan colisionando entre sí desde hace siglos y, con la perspectiva histórica que ahora tenemos, puedo decir —no es ninguna sorpresa— que los sectores más reaccionarios han ganado, tradicionalmente, la batalla. Estos elementos más retrógrados —la nobleza, la aristocracia, el pueblo más bárbaro e ignorante, la Iglesia, la monarquía y los terratenientes— fueron, de hecho, los que más fomentaron la barbarie taurina. Cuando las ideas renovadoras —del Renacimiento o de la Ilustración, por ejemplo— amenazaban con penetrar en España poniendo en riesgo a los poderes establecidos, ¿qué otra cosa iban a hacer los conservadores para mantener sus privilegios?, ¿iban a renunciar a sus prebendas y a ponerse a picar piedra? No. Lo que hicieron fue neutralizar estos nuevos ideales creando un terreno yermo en el que ninguno de estos principios pudiera arraigar. El terreno yermo fue el pueblo español, y su infertilidad intelectual se logró a base de embrutecimiento. Y, no hay peor ignorancia que la que generan la brutalidad, la barbarie y, en definitiva, la aniquilación de aquello que nos hace más humanos: los sentimientos. Aquí es donde la tauromaquia entra en juego. La crueldad taurina ha sido utilizada como una herramienta fundamental para embrutecer al pueblo español, para alejarle de cualquier inquietud intelectual, para atocinarle la mente, para convertirle en un indigente de espíritu. Y, así, los reaccionarios no perdían sus privilegios, podían seguir explotando al pueblo, y la evolución, el conocimiento y el progreso no eran obstáculos para que lo más casposo, apostólico, déspota y rancio triunfara sobre una España yerma de vida más allá de la barbarie taurina. Esta es la historia de España, la del país del Pan y Toros, maltratado por sus gobernantes, que hicieron de los autos de fe, de los ahorcamientos públicos, de las quemas públicas de herejes y de la barbarie taurina una fiesta nacional.

Esta es la España que el PSOE de la pana pudo cambiar cuando propuso cambiarlo todo para no cambiar nada. Personajes como Guerra, Bono, Corcuera o Rubalcaba pasarán a la historia más negra de este país. Ahora, y de una vez por todas, el socialismo, y los partidos de progreso en general, deben entender que la tauromaquia es un lastre que impide la regeneración social, cultural y política de nuestro país. Así lo denunciaron los ilustrados —Blanco White, Caldalso o Clavijo y Fajardo—, los regeneracionistas —Giner de los Ríos, Joaquín Costa o Blas Infante— y la Generación del 98 —Unamuno, Baroja o Azorín—. Y también lo hicieron los primeros socialistas, que vieron las cosas muy claras porque ellos sí que querían a un pueblo cultivado y emancipado, inteligente y sensible. Si levantaran la cabeza y vieran lo que el PSOE ha hecho en Andalucía a los andaluces, entenderían a la perfección el resultado electoral.

Pero estamos a tiempo de revertir todo esto. Siempre se está a tiempo. Aunque enderezar esta situación, enviciada desde hace siglos, va a llevar mucho trabajo. En todo caso, lo que esto supone es que debemos empezar cuanto antes la tarea. Para ello se requiere de una clase política valiente y reflexiva, pero también de una ciudadanía que no espere sentada a que le pongan la comida en el plato, porque ya sabemos el rancho que se sirve en este país: de primero pan, y de segundo toros. Si la clase política no reacciona, debemos seguir el ejemplo de cómo se han conseguido otros históricos cambios sociales, es decir, de abajo a arriba. Si los políticos no escuchan, debemos gritarles más fuerte, y no solo cada cuatro años. No podemos permitir que la historia la sigan manipulando los taurinos, porque en el siglo XXI la historia está por escribir, y nuestros hijos e hijas, nuestros nietos y nietas, contarán que los vencedores fuimos nosotros y nosotras, relatarán que la justicia y la compasión se impusieron, por fin, a la barbarie y la sinrazón. Nos recordarán como luchadores por una noble causa, como luchadoras por la paz y la vida, y no nos perdonarán si esta vez perdemos la batalla. Hay mucho en juego. Hagamos que sea posible, porque es posible.

2 Comentarios

  1. Magnífico artículo de Juan Ignacio Codina.
    Que pena que tenga tanta razón.
    Y gracias por tu interesante y revelador libro “pan y toros” donde se pueden descubrir tantas cosas interesantes de esta España nuestra y su
    ” antitaurinismo desconocido”
    (Pq no les ha interesado difundirlo, claro…)
    ¿Está aún España a tiempo de cambiar su destino?
    Ese futuro incierto de las nuevas generaciones que podrían ser más cultas,sensibles,empáticas, avanzadas al fin …
    Los Gobiernos tienen el poder y la clave para lograr un gran cambio necesario en la sociedad, con sus leyes, acuerdos ,blindajes etc.
    Mientras ellos no tengan el valor de dar el salto al fin del maltrato animal en todas sus vertientes
    ( especialmente a la Tauromaquia que es la mas repugnante, porque encima nos la quieren poner de emblema nacional, cuando la mayor parte del país es antitaurina y subvencionada por todos los españoles, que eso ya es de traca …)
    Mientras no den el paso, digo, ahi seguimos nosotros, para recordárselo y luchando todo lo que haga falta.
    Orgullo Pacma

  2. Juan Ignacio, la universidad en la que usted estudió la fundó un cardenal. Qué pérdida de tiempo leerle. Un saludo del casposo y totalitario Federico García Lorca.

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