Las sequías son un fenómeno habitual en la península ibérica, sin embargo, con el cambio climático los periodos secos serán cada vez más largos e intensos. Este desafío compartido exige un nuevo modelo de gestión del agua, de lo contrario, la escasez de agua asolará España y Portugal, es la principal conclusión del nuevo informe de WWF, elaborado junto con ANP|WWF Portugal.

En la Península Ibérica el régimen hídrico es bastante variable, debido a un clima predominantemente mediterráneo, con una marcada estación seca, y a la alta variabilidad de las precipitaciones anuales. Debido a estas condiciones de base, la mayoría de los nuestros ríos son temporales, y los humedales están totalmente adaptados para sufrir niveles bajos de agua e incluso se secan por completo durante muchos meses como parte de su requisitos ecológicos.

España y Portugal comparten un modelo de gestión de agua que prioriza los grandes consumos, como el sector del regadío. Para alimentar esta creciente demanda de agua se ha optado por viejas recetas basadas en la construcción de nuevos embalses, trasvases o aumentar la superficie de regadíos. Una política de despilfarro del agua que agrava la desertificación de nuestro territorio. A ello se suma, que la península tiene una de los índices más alto de sobreexplotación de agua de Europa.

Esta demanda de agua desmesurada ha llevado a la modificación y regulación
(con grandes presas) de casi todos los ríos que fluyen libremente en la Península Ibérica para abastecer de agua a los agricultores de regadío. También llevó a la desecación de muchos de los humedales de ambos países, con el fin de reclamar tierras fértiles para agricultura.

Además de esto, los cambios en el uso de la tierra y la vegetación, debido a la urbanización, pero especialmente la expansión de la agricultura intensiva en el de la Península Ibérica, ha incrementado significativamente el riesgo de desertificación y el aumento de la aridez de muchas zonas que se caracterizan por un alto grado de temperaturas y baja pluviosidad.

Ante los impactos del cambio climático, es necesario un giro radical en la gestión del agua que apueste por una cultura del ahorro del agua y ajuste las demandas a los recursos realmente disponibles.