Jesús Gómez | Ilustraciones de Iñaki y Frenchy

Quedan pocos día para las elección catalanas, se suceden las encuestas concediendo la victoria a este o aquél partido o coalición. No dejan de aparecer constantemente nuevas entrevistas a los diferentes candidatos o a los números dos, tres o cuatro por ésta o aquella provincia intentando convencer de lo importante que es que ellos ganen para mejorar las cosas desde el gobierno o siendo una pieza clave para facilitarlo. No dejan de aparecer análisis sobre la importancia de estas votaciones, si resolverán o no algo, qué ocurrirá el 22, si el gobierno o el govern actuó correcta o incorrectamente; se lleva tiempo hablando de la gran influencia de lo que allí ocurre para el resto del Estado (Rosa Martínez “Desborde catalán, marejada estatal”). En fin, no es difícil ver una saturación sobre este tema en los mass media. Por cierto, saturación a la que este artículo pretende sumarse.

Es fácil captar un aspecto que tienen en común toda esta cantidad de noticias: la gran importancia que se concede a las elecciones y resultado que de ahí salga para el futuro de Cataluña y del Estado Español. Es más, si se hace un pequeño ejercicio de memoria y se piensa en todos estos años de democracia y en todas las llamadas a las urnas que ha habido, siempre se les ha dado una gran relevancia pero no se ha hecho lo mismo con la importancia de la sociedad civil para el fortalecimiento y calidad de una democracia.

Pienso que esos análisis adolecen de un fallo: no habrá ningún cambio significativo ni allí ni en el resto del Estado hasta que no halla una sociedad civil fuerte, con presencia pública e independiente política y económicamente del mismo. ¿Por qué? Porque a través de las distintas organizaciones, colectivos, movimientos etc., es la única forma que tiene la ciudadanía de hacer oír su voz sobre los distintos temas en que cada uno decida involucrarse, a parte de votar cada cuatro años, de esta forma cada grupo puede influir sobre las políticas que se llevan a cabo, o las que no para que se realicen, y de esta forma ir limando las aristas que tiene el sistema. Porque así se pone un límite al inmenso poder que está ganando el Estado y que muchas veces no sirve al bien común sino solamente a unos intereses partidistas (como por ejemplo la no promoción de una ley anticorrupción en Andalucía a pesar de todo lo que ha salido a la luz y que una política criticaba esta falta de acción por parte de la Junta hace unos días); es decir, porque aunque es necesario un Estado en su forma actual o variada para administrar un territorio grande, éste debe tener unos límites para que no acabe convirtiéndose en un Leviatán encubierto más o menos democrático; la sociedad civil podría servir de contrapeso y limitar al poder político para que éste esté al servicio de la ciudadanía y no privados. Porque al dialogar los distintos colectivos de la sociedad civil cada persona podría conocer los puntos de vista de los otros y los otros el nuestro así, tal vez, se conseguiría una mayor tolerancia hacía los demás a causa de conocer y respetar esas posturas. Porque mejoraría los conocimientos prácticos sobre política en general de aquellos sectores de la ciudadanía que se impliquen en la misma.

 

Habría que plantearse que no es necesario crear otra organización partidista, confluencia, listas unitarias etc., que prometan el paraíso, que sólo ellos podrán solucionarlo todo pero de no ganar nos sumiremos en tiempos de oscuridad (curiosamente un discurso parecido que todos los políticos dicen indistintamente del color que sean). Hay que plantearse que se deberían crear lazos de solidaridad y cooperación entre los distintos movimientos sociales (ecologista, feminista o de pacientes, por ejemplo), asociaciones de vecinos, medios de comunicación, movimientos por el derecho a la ciudad que sean incluyentes, que atraigan a amplios sectores de la ciudadanía, con la capacidad de dialogar y hacer proposiciones. También para llegar algún día a esto habría que superar esa gran costumbre de quejarse sólo en el bar sin ningún trasfondo más. Quién sabe, tal vez se podría llegar a verse en la práctica lo que Thoreau planteaba: el mejor gobierno es el que gobierna lo menos posible.

 

Este diálogo que se ha mencionado más arriba no se puede producir sin ningún tipo de base sino no llevará a ninguna parte. Siguiendo a Seyla Benhabib considero que cualquier diálogo político se debería basar en el respeto, la igualdad y la reciprocidad entre los participantes. Todas las voces tienen derecho a ser escuchadas pero no pueden mantener posturas irrespetuosas y que extiendan el odio. Tal y como esta misma autora plantea el límite de cualquier discurso es las consecuencias que puede tener sobre las personas y seres no humanos (animales, plantas etc). Básicamente hace referencia al imperativo kantiano del que hablara Javier Muguerza.

Otro aspecto interesante de la Ética del Discurso que presenta esta autora es que cualquier individuo puede introducir en el diálogo los conflictos que sean para él importantes sin restricciones, más allá de lo que se ha planteado anterior mente. Esto implica que no se puede descartar los dilemas y conflictos de unas personas o grupos en base a algún tipo motivo que no los considera importantes.

Por último apuntar brevemente que en este lindo país nuestro el problema que ha tenido siempre el poder político es que cuando la primera ha hecho acto de presencia, los políticos han decidido atacarla tachándola de antidemocrática, peligrosa para el progreso o el crecimiento económico, son radicales (hagan memoria de las huelgas o las asambleas del 15M y lo que se dijo desde ciertos sectores de la política). Siempre la han visto como un enemigo que es necesario controlar y amansar para que no de la lata. Actitud lógica por parte de los que tienen el poder ya que ésta se entretiene en sacar los fallos y limitaciones de los distintos gobiernos de los distintos niveles administrativos, algo no siempre bien aceptado debido a que puede dañar sus intereses electoralistas. Se controlan mediante las subvenciones y ayudas, en total ¿Quién va a morder la mano que le da de comer?. Tal vez una manera de mantener esta independencia sea que las ayudas siempre suponga menos de lo que aportan el total de militantes o socios para que así en el momento en que falten las subvenciones puedan los colectivos seguir viviendo por lo tanto no se vuelven dependientes de ellas.

Aunque considere importante para la democracia una sociedad civil, relevante políticamente e independiente económicamente, no se debería considerar como algo infalible, este compuesta de mujeres y hombres con sus grandezas y limitaciones.

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