Loïc Alejandro
Coportavoz federal de EQUO

Desde la primera cumbre sobre el desarrollo sostenible, celebrada en Estocolmo en 1972, las cuestiones medioambientales han adquirido cada vez más importancia en la agenda internacional. La Cumbre de la Tierra de Río en 1992 fue el acto fundador de la diplomacia verde. Allí se aprobó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Cada año desde 1995, la Conferencia de las Partes de la Convención, COP en inglés, que junta a todos los Estados signatarios, se reúne para luchar contra el calentamiento global.

Con el objetivo de establecer objetivos vinculantes para limitar el calentamiento global, los acuerdos de París de la COP21 establecieron de manera firme la limitación del aumento de la temperatura por debajo de los 2 grados. Quedó claro que para lograr este objetivo, las economías, las pautas de consumo y las industrias deben ser puestas en tela de juicio.

En la COP22 de Marrakech, figuraban en el orden del día las modalidades de aplicación del acuerdo sobre el clima firmado en París, y la agenda de las negociaciones. La misión de la COP23 de Bohn era de trabajar en propuestas de textos que condujeran a la elaboración del reglamento que permitiera aplicar el objetivo de París pero no se tomaron grandes decisiones importantes. El principal objetivo de la COP24 de Katowice era adoptar directrices para la aplicación de los Acuerdos de París, pero también se esperaba que los Estados aumentaran sus ambiciones de reducir los gases de efecto invernadero y dieran mayor visibilidad a la financiación.

En pocas palabras, primero hubo una toma de conciencia, luego hubo un acuerdo sobre los objetivos y la financiación, pero sigue faltando la mecánica para materializar los compromisos adquiridos. En medio de todo esto, Estados Unidos decidió en 2017 salir de los acuerdos de París, y los últimos informes científicos nos indican que las previsiones estaban por debajo de la realidad: la situación es todavía más grave que lo que se pensaba.

 

¿Cuál es el contexto climático para la COP25?

La observación científica de la atmósfera muestra que los años 2015 a 2019 están en camino de ser el período de cinco años más cálido jamás registrado. En 2019, el mundo vivió el mes de junio más cálido de su historia, con récords batidos en todas partes, desde Nueva Delhi hasta el Círculo Polar Ártico. La ola de calor inusualmente temprana en Europa (con picos superiores a 40°C en Francia, España y Alemania) es sólo la última de una serie de eventos climáticos extremos. Julio de 2019 reescribe la historia del clima: según los datos recogidos, las temperaturas de este mes son aproximadamente 1,2°C más cálidas que en la época preindustrial.

Para limitar sus consecuencias, el calentamiento global debe ser contenido por debajo de los 2°C, preferentemente en un 1,5°C máximo, para el año 2100. Para lograr este objetivo, las emisiones globales de gases de efecto invernadero deberían alcanzar, en teoría, un máximo en torno a 2020, disminuir drásticamente en un 50% para 2045 y finalmente caer a cero hacia 2075. Según el último informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), si cada país signatario cumpliera sus compromisos actuales, el calentamiento medio del planeta se situaría entre 2,7°C y 3,2°C.

En este sentido, el principal reto de la COP25 en Madrid es convencer a los Estados de que revisen drásticamente sus compromisos con el fin de obtener una hoja de ruta más ambiciosa antes de 2020. Por eso, y para evitar repetir los errores de la COP24 en Katowice, es esencial que los Estados aumenten sus compromisos en virtud del Acuerdo de París. Esto se hará a través de las contribuciones determinadas a nivel nacional (NDCs) que cada Estado tendrá que presentar. Estos compromisos y su aplicación serán uno de los temas de negociación en la COP25.

59 naciones han expresado ya su intención de mejorar la ambición de sus NCDs para 2020. Es una buena noticia, en consonancia con el esfuerzo adicional que pide la comunidad científica, pero que esconde una realidad menos alentadora: de los 10 países que más emisiones de gases de efecto invernadero emiten, solo uno está en esta lista: Alemania. Y no es uno de los que más contaminan. Varios países contaminan hasta 10 veces más que él.

La COP25 es especial no solo por el contexto climático. Es especial también porque por primera vez dos países que iban a encargarse de su acogida, se han echado atrás y han decidido finalmente no organizarla. Y por razones muy tristes. Primero Brasil por la entrada de la administración Bolsonaro y su reconocido negacionismo climático, y luego Chile por su crítica situación social. Allí, al igual que con el movimiento de los chalecos amarillos en Francia, fue un problema en el coste del transporte lo que sirvió de chispazo para encender el fuego del hartazgo acumulado durante años: «¡No es por 30 pesos, es por 30 años!». Pero existen también razones climáticas a las revueltas en Chile. En un contexto de sequía histórica en el país, en pleno invierno, los chilenos también se están rebelando contra las injusticias causadas por las restricciones en el consumo de agua. En los últimos cuatro meses, cientos de pequeños agricultores y pastores han perdido sus cosechas y han visto morir a su ganado de sed y hambre, mientras que al lado, los agricultores de aguacate han podido irrigar sus enormes monocultivos para la exportación en todo el mundo. La gestión del agua es injusta de por sí, y la situación se ve agravada por un contexto climático directamente ligado el cambio climático. Una situación insólita la de Chile, que considera que no puede albergar el principal evento de lucha contra el calentamiento global por razones de inestabilidad social, a su vez provocadas, en parte, por el calentamiento global.

Por si fuera poco, a nivel logístico, tenemos una COP25 medio improvisada por contar con unos los plazos de organización realmente ajustados, y que además coincide con las negociaciones para la formación de gobierno en España. A parte de eso, las comunidades suramericanas más pobres y vulnerables ante el calentamiento global, que habían previsto llevar su voy a la COP25 en su propio continente, lo tienen ahora mucho más complicado. Muchas no podrán pagarse el viaje hasta Madrid u obtener el visado de entrada.

Esta COP es una COP bisagra. Será la primera COP después del despertar de la ciudadanía contra el calentamiento global, después del auge de colectivos como Fridays For Future o Extinction rebellion, de las huelgas y marchas multitudinarias de los y las estudiantes del mundo, y después de que una niña sueca de 15 años ridiculice a los dirigentes del mundo ante el plenario de la COP anterior. Por otro lado, será la última antes de entrar en la década decisiva para cambiar de rumbo según la comunidad científica.

El reto es importante. Si las democracias del mundo no consiguen obtener resultados tangibles y observables muy rápido, no solo será una mala noticia para el planeta y sus habitantes. Será también un duro golpe para la confianza en el propio sistema democrático, al no ser capaz de arreglar un problema tan grave como el del calentamiento global.