Silvia Espinosa López 
Secretaria de Mujeres e Igualdad de la Federación Estatal de Sanidad y Sectores Sociosanitarios de CCOO


Entendemos por medicalización la acción de aplicar medicamentos o hacer intervenciones médicas innecesarias o excesivas, interviniendo en la vida y la salud de las personas sin justificación. Convertir en enfermedades procesos naturales; que la investigación se base casi exclusivamente en la farmacología; dejar de lado las dimensiones social y política de los problemas de salud reduciéndolos a problemas individuales, o tratar el riesgo como si fuera una enfermedad, todo ello entra dentro del concepto. La medicalización está, evidentemente, muy relacionada con los intereses de la gran industria farmacéutica y tecnológica, y afecta a toda la población, aunque muy especialmente a mujeres y niñas. El negocio no tiene entrañas, ni ideología como tal, sólo intenta tratar a cuanta más gente mejor, pero sí que aprovecha la ideología imperante, y por ello las mujeres hemos sido y somos su blanco perfecto, pues tenemos una biología más “compleja” por nuestro ciclo menstrual y además hemos sido cosificadas históricamente, o tratadas como objetos.

Un ejemplo sobrecogedor de “sobremedicalización” de un proceso natural en las mujeres es la historia de la Terapia Hormonal Sustitutiva (THS) en la menopausia. Esta terapia comenzó a aplicarse en los años cincuenta a mujeres sanas, con la promesa de protegerlas de enfermedades cardiovasculares, osteoporosis, alzheimer y de retrasar la vejez. Ya en 1947 se plantean las primeras alarmas sobre el riesgo de cáncer por el uso de estrógenos (American Journal Of Obstetrics and Gynecology), y en 1966 un primer estudio desmiente las bondades protectoras de la terapia. A pesar de ello, el mismo año un ginecólogo llamado Robert Wilson escribe un libro Féminime Forever (Femenina para siempre), subvencionado por diferentes laboratorios, que constituye una publicidad irresistible que provoca que, en 1975, sólo en EEUU, tomen la THS 6 millones de mujeres menopáusicas. El reclamo, aparte de sugerir que las mujeres menopáusicas ya no somos femeninas, mezcla los conceptos de salud, belleza y juventud, en una sociedad que invisibiliza a las mujeres maduras, y que realza la belleza como la mejor cualidad que una mujer puede tener.

En 1979 el doctor Samuel Epstein demostró la relación entre las altas tasas de cáncer de endometrio y el gran aumento de la venta de estrógenos, poniéndose de manifiesto que la terapia hormonal aplicada a mujeres sanas había desencadenado una verdadera epidemia, cuyos efectos devastadores nunca fueron calculados. 

Autor: Txefe Betancort

Ante este desenlace, apareció otro fármaco en el que se introdujo otro componente, el progestágeno, combinación que volvía a prometer toda clase de bondades en la salud de mujeres menopáusicas. En 1998 varios estudios (HERS y JAMA y Elisabeth Barrett-Connor) comienzan no solo a poner en duda los beneficios prometidos sino también a plantear dudas contundentes sobre los riesgos, oyéndose las primeras voces que aconsejan sólo recetar la terapia a mujeres con problemas o sintomatología severa, hasta tener más estudios… voces que nuevamente fueron empequeñecidas e ignoradas. 

Durante mediados de los años noventa, se estima que el 50% de las mujeres menopáusicas europeas seguía el tratamiento. Millones de personas sanas expuestas gravemente por «prevenir síntomas» que en la gran mayoría de los casos eran molestias propias del avance de la edad, de envejecer, provocando muerte prematura y sufrimiento incalculables. 

Hasta 2002 y 2003 no se publican los resultados de dos contundentes e incuestionables estudios independientes, Women’s Health Inititive en EEUU y Millium Women Study en UK, que después de más de 50 años de prescripción a millones de mujeres, concluyen que la TH incrementa los riesgos de una gran lista de enfermedades, las más importantes el cáncer de mama, de endometrio, enfermedad cardiovascular (infarto), ictus y tromboembolismo venoso, riesgos que aumentaban según el tiempo de exposición. La pregunta que nos viene a la cabeza es sólo una: ¿cómo es posible que se medicara a millones de mujeres durante tanto tiempo careciendo de estudios de calidad que avalaran sus beneficios y estudiaran sus efectos secundarios? Quienes hicieron fortuna fabricando, vendiendo y prescribiendo el tratamiento, o haciendo estudios y publicidad interesada, deberían responderla. 

En España tendremos que esperar a 2004 para que la Agencia Española del Medicamento emita una información dirigida a profesionales y a mujeres en la que cuantifica los riesgos y limita la prescripción: «Para el tratamiento a corto plazo de síntomas de la menopausia que dificulten la actividad diaria, utilizando la dosis más baja que resulte efectiva y durante el menor tiempo posible«. 

La historia es tan escandalosa como desconocida, por desgracia no es ni la única ni la última. Hoy aprovecho este valioso espacio para explicarla a quien no la conozca y para recordarla a quien ya la conocía, con la esperanza de despertar reflexiones que seguro serán muy saludables.  

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