Hace un año, tres personas murieron y más de veinte resultaron heridas cuando James Alex Fields arrolló a una multitud que se manifestaba contra la xenofobia en Charlottesville, en Estados Unidos.

Hoy, una marea de miles de personas desbordó las calles de Washington y obligó a una veintena de neonazis, envueltos en banderas estadounidenses, a celebrar su marcha por el supremacismo blanco en un rincón del Parque Lafayette, frente a la Casa Blanca.

Los convocantes fascistas preveían que 400 personas acudirían a la manifestación, muy lejos de la cifra real. Gritaron consignas y con símbolos fascistas y banderas de Estados Unidos. “¡Anti-anti-antifascistas!”, “Sin odio, sin miedo”, “Defendámonos del supremacismo blanco”, fueron algunas de la consignas pronunciadas por los contramanifestantes.

Los actos, que duraron unas seis horas, se desarrollaron de forma pacífica, puesto que no llegaron a producirse choques entre neonazis y contramanifestantes. El presidente de EEUU, Donald Trump, guardó silencio sobre el asunto y no rechazó la presencia de neonazis frente a la Casa Blanca.

Con la llegada al poder de Trump, los mensajes racistas se han ido multiplicando, en parte alentado por las intenciones del presidente. El muro de México, su veto migratorio o la separación de los niños y sus familias sirven de caldo de cultivo para quienes rechazan la igualdad racial.

Por suerte, los ciudadanos acaban de demostrar que hay una gran parte de la sociedad estadounidense que no está por la labor de que ese discurso se imponga.

 

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