Adrián Fernández Carrasco
Responsable de la campaña de Movilidad en Greenpeace


La semana pasada se cumplieron 3 años desde la aparición del ‘caso Diéselgate’: descubrimos cómo el grupo Volkswagen había elaborado un complejo método para falsear las emisiones de sus vehículos por debajo de los límites legales. La magnitud del fraude, con 9 millones de vehículos manipulados, sólo era comparable a la degradación moral de una industria que antepuso una vez más su beneficio económico a nuestra salud pública.

El escándalo no sólo deslegitimó a los fabricantes -quienes nos aseguraban que la contaminación se atacaba comprando coches nuevos- sino que también puso en duda las normativas europeas sobre emisiones, las famosas normas EURO.

Pero al mismo tiempo, en estos tres años hemos visto cómo la lucha contra la contaminación pasaba de la sección de ecología a las portadas. Hoy en día discutimos sobre si el diésel tiene los días contados, sobre si elegir gasolina, híbrido o gas, sobre la imparable transición al motor eléctrico e incluso de si relegar al automóvil fuera de los centros urbanos.

El cambio climático ha llegado por fin a la gente. Lo malo es que el propio cambio climático también se nos ha echado encima.

 

10 años para frenar el cambio climático

El freno al calentamiento global tiene cifra: 1,5º es el límite de temperatura fijado en el Acuerdo del Clima de París. Un objetivo común en el que también los consumidores finales somos responsables cuando elegimos cómo nos movemos.

Pero tan importante como nuestra decisión personal son las medidas que los gobiernos, aquellos que suscribieron el acuerdo, deben materializar para poder cumplir el objetivo. Medidas que nos garanticen alternativas fiables y limpias de transporte, alimentadas con energías renovables. Sabemos el camino pero… ¿cuánto tiempo disponemos para cambiar los vehículos si queremos detener a tiempo el calentamiento global?

Greenpeace le ha puesto fecha: en 2028 debe venderse el último vehículo de combustión interna, ya sea diésel, gasolina, e incluso híbrido o gas. Es el resultado del informe elaborado por el Centro Aerospacial Alemán en base a la composición del parque automovilístico en Europa y al cupo de emisiones de CO2 que nos restan por emitir antes de que el cambio climático sea irreversible.

Hay quien interpreta este ultimátum como un ataque frontal a nuestra industria del automóvil, un sector que supone el 11% de nuestro PIB. Pero precisamente por su peso en la economía la fecha de 2028 debe ser el incentivo para modernizar la industria y salvarla de su propia obsolescencia. España exporta 9 de cada 10 coches que fabrica. O nos subimos a la transición energética o la demanda se volcará con los que hayan cambiado a tiempo su modelo.

 

Un doble reto: salvar la Tierra y reducir la brecha social

La fecha de 2028 responde a un futuro donde usamos el coche igual que ahora. Pero existe otra forma de lograr nuestro objetivo de emisiones, incluso demorando el fin del motor de combustión interna: usando menos el coche.

Aunque el uso moderado del coche en las ciudades es la repetitiva petición en la Semana Europea de la Movilidad, estamos viendo cómo cada vez resulta más fácil de llevar a la práctica en nuestras ciudades. El número de alternativas de transporte aumenta día a día: muchas de nuestras ciudades cuentan con sistemas de bicicleta pública, alquiler de motos eléctricas, y calles que devuelven espacio al peatón.

Incluso las plataformas de alquiler permiten olvidarnos de pagar un vehículo propio sin renunciar al coche cuando sea imprescindible, con el horizonte puesto en un vehículo autónomo, eléctrico y compartido. Pero este despegue se está concentrando en zonas que por su nivel de renta o su estilo de vida resultan rentables para las nuevas empresas de transporte, haciendo que “vivir sin coche” sea muy fácil en unos barrios e impensable en otros.

Tenemos una oportunidad inmejorable para diseñar nuestras ciudades pensando en todos y todas, también en aquellos que no disponen de carnet (menores, gente mayor o con discapacidad) y a quienes no pueden asumir el coste de mantener un coche propio. La planificación del transporte no es solo una cuestión de supervivencia del planeta (que no es poco) sino también una herramienta para mejorar la equidad social.

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