Jesús Sánchez Rodríguez
Licenciado y Doctor en Ciencias Políticas y Sociología


 

El largo desarrollo histórico de la actual ola reaccionaria mundial.

Tomando en consideración como tiempo histórico de análisis las tres últimas décadas podemos concluir grosso modo que dicho tiempo se puede considerar atravesado por una tendencia con tres etapas. La primera corresponde a la expansión de una ola neoliberal por todo el mundo a través de la segunda gran globalización del capitalismo moderno – la primera fue la que se desplegó a partir del último cuarto del siglo XIX –  facilitada por el derrumbe del comunismo eurosoviético y la introducción acelerada en China de los mecanismos de mercado que la llevan a una nueva modalidad de capitalismo caracterizado por una fuerte presencia de un Estado controlado por un partido comunista.[1] Esta ola neoliberal alteró la fisonomía del capitalismo en tres aspectos esenciales, primero porque arrinconó al keynesianismo anterior en favor de las tesis más clásicas del liberalismo económico con sus procesos de privatizaciones y desregulaciones que relegaron a un papel más marginal del Estado en la economía; en segundo lugar, porque supuso una extensión enorme de las relaciones de producción capitalistas por todo el mundo, fundamentalmente por todo el espacio ocupado anteriormente por los países del denominado socialismo real y; finalmente, porque se produjo una financiarización de la economía a la vez que una transnacionalización productiva de la mano del despliegue de las corporaciones multinacionales por todo el mundo y la fragmentación del proceso de producción en función de las ventajas comparativas ofrecidas según los diferentes países y los costes de los factores de producción, fundamentalmente el coste del empleo de mano de obra intensiva.

Con la desaparición del contrapeso del socialismo real se impuso la hegemonía norteamericana en lo que se ha denominado un «multilateralismo hegemónico». En esta primera etapa la Unión Europea mantenía su histórica alianza con EE.UU. en tanto que Rusia y China se encontraban inmersas en las enormes dificultades derivadas del proceso de abandono del modelo comunista; caótico y traumático en el primer caso, controlado y encauzado por el partido-Estado en el segundo.

El modelo de democracia liberal se extendió con más dificultades y menos éxito que el modelo económico capitalista por el mundo, pero aún así se proyectó como la única versión atractiva en muchas partes del planeta. Ningún ensayo de contestación al capitalismo desde entonces ha planteado ningún otro modelo creíble de sistema político alternativo, en todo caso solo propuestas de alteraciones más o menos profundas.

Los efectos conjuntos de ambos fenómenos, la extensión del neoliberalismo y el atractivo de la democracia liberal dieron lugar a dos importantes olas de movilizaciones en el mundo, ambas finalizadas en fracasos, que representaron la segunda etapa en la tendencia temporal que estamos analizando.  La resistencia contra el neoliberalismo o, más ampliamente, contra la globalización neoliberal se expresó en dos fenómenos, las movilizaciones anti-neoliberales que terminaron llevando al gobierno de algunos países latinoamericanos a partidos y líderes progresistas, y la celebración de foros sociales mundiales que proponían una globalización alternativa. El primer fenómeno representó un desafío más serio que el segundo en cuanto desde posiciones de gobierno dispusieron de la capacidad de oponerse más eficazmente a la ola neoliberal, pero después de unos años que parecía que iban a consolidar una alternativa al neoliberalismo, la conjunción de diversos fracasos, la resistencia de las clases dominantes, y la presión del imperialismo terminó llevando a esta alternativa al fracaso.  Por su parte, los foros sociales mundiales nunca superaron el umbral de la crítica y la resistencia a la globalización neoliberal.  Así que, desde este ángulo, la globalización continúo desplegando sus efectos por todo el mundo en una posición incluso más cómoda puesto que el proyecto de alternativa que representaron esos países latinoamericanos terminó en fracaso.

El atractivo de la democracia liberal, expresado en su régimen de derechos y libertades políticas y civiles, fue el motor principal que animó la segunda ola movilizadora de esta segunda etapa y que se conoció como la primavera árabe. Representó un impulsó que recorrió todo el mundo árabe con la intención de acabar con los diversos regímenes dictatoriales, en formas de monarquías o repúblicas, para alcanzar mayores cotas de libertad y – no cabe duda que también existía asociada esa expectativa – de progreso económico. Las reacciones que aparecieron frente a los anhelos contenidos en la primavera árabe provinieron de las propias clases dirigentes árabes, de los sectores radicales del islamismo y de las potencias exteriores al mundo árabe. El resultado fue el fracaso total de estas experiencias con la excepción de Túnez, país donde se originó este movimiento. Los regímenes monárquicos, desde Marruecos a Arabia, son los que mejor aguantaron el desafío y lo neutralizaron rápidamente. Los regímenes republicanos de carácter dictatorial fueron los más impactados con el resultado de un aumento del caos que terminó, o está terminando, en tres escenarios incluso más graves que las situaciones de las que partieron, una dictadura militar después de un golpe de Estado, Egipto, un Estado fallido con múltiples actores enfrentados, Libia, y la victoria del antiguo dictador después de una sangrienta guerra civil e internacional con millones de muertos, heridos y desplazados, Siria. El resultado global en el mundo árabe es que ha sido anegado por una ola reaccionaria con distintos matices, le ha convertido en una región más inestable, y ha acabado con las esperanzas de unas sociedades más democráticas y más desarrolladas económicamente.

La tercera etapa de este período histórico analizado se abrió con la crisis económica desatada a partir de 2008. La gran recesión tuvo un impacto y una duración diferente según distintas zonas geográficas. Intensa, pero corta en EE.UU., intensa y  larga en la UE, tardía y variable en los países emergentes. Fue en esta etapa cuando la conjunción de los efectos de la globalización y de la gran recesión – fundamentalmente en la UE y EE.UU. – impulsaron en estas dos regiones el ascenso de una ola reaccionaria de la mano de una derecha radical populista y xenófoba (DRPX), ola que ahora también ha alcanzado al país más grande de América Latina, Brasil.

Esta ola reaccionaria de diferentes matices que anegó primero a los países árabes y se está extendiendo ahora por Europa, EE.UU. y América Latina, también afecta a otros países como Rusia, Turquía o Filipinas. De manera que es legítimo hablar de una ola reaccionaria de carácter mundial originada en tres órdenes de fenómenos: El primer orden estaría conformado por una serie de fracasos de ensayos progresistas: El que representaron los movimientos y gobiernos latinoamericanos que se opusieron al neoliberalismo; el de la oposición a las políticas de austeridad impuestas con la crisis, el caso de la UE con la claudicación de Syriza como punto clave de inflexión;  o el ensayo por acabar con regímenes dictatoriales, el caso del mundo árabe. El segundo orden de factores sería la creciente oposición a las consecuencias no previstas de la globalización, especialmente en los países desarrollados y entre amplias capas sociales formadas por una mezcla de perdedores de la globalización y los que rechazaban los cambios culturales producidos por la globalización, sobretodo los relacionados con las migraciones. Finalmente, el tercer orden de fenómenos vendría representado por una de las características más comunes a todos los casos, el rechazo creciente a los valores políticos y culturales progresistas como los derechos de las mujeres, de las minorías sexuales y de los pueblos indígenas, del multiculturalismo y de la aceptación de las inmigraciones, en favor de valores nacionalistas y xenófobos, de homogeneidad cultural y nacional exclusiva, de morales tradicionales sobre el papel de la mujer en la sociedad, y de políticas duras de ley y orden.

No se trata, como ocurrió en la década de 1930, del ascenso de regímenes fascistas o de dictaduras asimilables a estos. Las dictaduras han quedado limitadas al mundo árabe, tanto las ya existentes como las que se han reciclado, como en Egipto o Siria, en el resto de los espacios geográficos se trata más bien de populismos derechistas radicales ultranacionalistas o abiertamente xenófobos que buscan mantener ciertas  formalidades de una democracia liberal pero que por las mutaciones aplicadas, o que se buscan aplicar, en los sistemas democráticos han pasado a ser calificadas como democracias iliberales, siendo este término una descripción que las diferencian de las primeras, pero sin aportar un modelo claro de lo que son o pueden terminar siendo los proyectos de la DRPX.

En una comparación rápida con el ascenso de otra ola reaccionaria – que en aquel momento si terminó desembocando en el fascismo – se puede evocar la que tuvo lugar en las dos últimas décadas del siglo XIX y las cuatro primeras del siglo XX. La derecha radical surgida en aquellos momentos con tendencias antiliberales era una reacción que cuestionaba la democratización que se estaba produciendo en los sistemas parlamentarios y los procesos de modernización económica y social en curso en la Europa desarrollada. Realizando una comparación con la actual ola reaccionaria podríamos señalar que si aquella derecha radical cuestionó la modernización económica y social, la actual cuestiona lo que podría ser considerado una prolongación de la misma, en un contexto histórico diferente, la globalización. Y si aquella cuestionaba la democratización de los sistemas parlamentarios, que se condensaba en la ampliación del derecho a voto de las clases populares excluidas, y de las mujeres, la derecha radical actual pretende, por un lado, excluir a las poblaciones inmigrantes y, por otro lado, oponerse a la ampliación de los derechos de las mujeres y otras minorías y de los valores progresistas, como el multiculturalismo, para regresar a valores tradicionalistas.

El ataque ideológico de la actual ola reaccionaria también puede leerse como un ataque contra la modernidad, claramente identificable en los partidos que gobiernan Polonia (PiS) y Hungría (Fiszesc) con su claro regreso a un Estado confesional cristiano; en el islamismo más radical, pero también en el más moderado de Erdogán en Turquía; en las iglesias evangélicas potentes en América Latina o EE.UU. y que han propiciado las victorias de Bolsonaro y Trump; y en los valores del putinismo. E igualmente puede hablarse en la actualidad de una «reacción nacionalista» en la que la «crisis nacional» que sirve como punto de partida se encuentra en el proceso de globalización, de manera general, y en el proceso que ha llevado a la UE, en particular.

 

 

La débil y fragmentaria resistencia a la ola reaccionaria mundial.

¿Cuáles son las fuerzas sociales y políticas que se enfrentan en este escenario de ascenso de una ola reaccionaria mundial? Para esta parte voy a apoyarme críticamente en una propuesta al respecto contenida en un artículo de José Antonio Sanahuja en CEIPAZ[2]. Este autor procede a cruzar dos ejes diferentes para describir lo que denomina cuatro grandes matrices de política actual, estos ejes son el clásico de derecha-izquierda y el más moderno de pro y antiglobalización. Aunque su análisis gira en torno al asunto especifico de la globalización, vamos a ensayar adaptarle para utilizarle en torno a la actual ola reaccionaria mundial porque si la globalización es un fenómeno ya con varias décadas de vigencia que ha generado posturas claras relacionadas con ella, la ola reaccionaria bien sea por su extensión temporal más reciente, bien sea por su heterogeneidad no ha precipitado todavía una división clara de fuerzas políticas y sociales posicionándose frente a ella. Así pues, utilizaremos dicho análisis para intentar hacer una adaptación de las posiciones frente a la ola reaccionaria mundial.

A la primera matriz la denomina «Davos o globalistas de derechas», y estaría formada por los partidarios de la globalización neoliberal, que son favorables a la democracia liberal en su actual configuración. En dicha matriz agrupa a la mayoría de las fuerzas de centro derecha, a los sectores más socialiberales de la socialdemocracia europea y los más conservadores del partido demócrata norteamericano. Estos actores estarían sufriendo un marcado retroceso electoral.  Sin embargo, este autor se olvida de añadir algunos otros componentes importantes favorables a la actual globalización, especialmente a partir de la política de Trump y sus guerras comerciales, siendo el más importante de estos nuevos componentes la dirigencia comunista china que se está convirtiendo en el más esencial de los actores partidarios de mantener la globalización.  Con la excepción lógicamente de los chinos, el resto de estas fuerzas sociales y políticas son partidarias de la democracia liberal y se oponen a la ola reaccionaria mundial pero incurriendo en una actitud contradictoria, pues aunque las instituciones de la UE, por ejemplo, se enfrentan a las medidas más antidemocráticas de los gobiernos de la DRPX, sin embargo, una  gran parte de la fuerzas políticas de los globalistas de derechas en Europa han aceptado como socios de gobierno a la DRPX en sus respectivos países. Forman por tanto una mezcla heterogénea de la que no se puede esperar una resistencia especial al ascenso de la ola reaccionaria.

La segunda matriz de fuerzas político-sociales es denominada como «progresistas cosmopolitas» y estaría formada por sectores de la izquierda moderada que buscan una regulación de la globalización, o lo que se ha conocido como globalización alternativa, mediante lo cual se protejan internacionalmente el medio ambiente y los derechos laborales y sociales, así como una regulación inclusiva de los flujos migratorios. Sus componentes se encuentran en los sectores más progresistas de la socialdemocracia y otras fuerzas de izquierda –  en contra de lo que señala este autor, un partido como Syriza se encuentra en esta matriz y no en la siguiente[3], lo mismo que la tendencia que representa Sanders en el partido demócrata norteamericano – y algunas ONGs y movimientos coyunturales, siendo su escaparate más importante los foros sociales mundiales que, justamente, fueron una respuesta al foro de Davos. Considera que tanto sus apoyos electorales como su capacidad de movilización se encuentran en retroceso. Esta matriz de fuerza se opone claramente a la ola reaccionaria mundial, apoyan la democracia liberal buscando dotarla de un contenido más progresista, al igual que a las instituciones de gobernanza mundial, pero no han conseguido establecer un programa político, y menos una alternativa política viable, capaz de ejercer de contrapeso tanto a la ola reaccionaria como a la atracción que ejerce ésta sobre algunos de los componentes de los globalistas de derechas.  Sin embargo, son fuerzas con las que construir una alianza internacional capaz de revertir la ola reaccionaria.

La tercera matriz de fuerzas la denomina «soberanistas y desglobalizadores de izquierda», en ella se sitúan fuerzas políticas y movimiento opuestos directamente a la globalización, lo que incluye la oposición a la UE. Sus principales expresiones tuvieron lugar en América Latina cuando en la etapa de acenso de la revolución bolivariana se buscaron construir instituciones de carácter regional alternativas a la hegemonía de EE.UU. y las instituciones dominadas por esta potencia, como el FMI. Dada la lejanía respecto a Europa su foco de interés se centró en la presión norteamericana, especialmente con la llegada de Trump a la presidencia, y ahora se enfrentan, en condiciones mucho más desfavorable a la instalación de la ola reaccionaria en el corazón de América Latina, en Brasil. Fuera de América Latina, dónde están en franco retroceso, estas fuerzas son marginales política y socialmente. Deberían ser, como las de la matriz anterior, parte de una alianza internacional opuesta al avance de la ola reaccionaria mundial. La dificultad de dicha alianza consiste en que si bien les une la oposición a la ola reaccionaria, sus propuestas alternativas son muy diferentes.

Un ejemplo reciente podría servir para ilustrar esta dificultad. El 12 de septiembre de 2018 el Parlamento Europeo votó un informe en el que se pedía sanciones contra el gobierno húngaro, uno de los tres pertenecientes a la DRPX en la UE, por su deriva antidemocrática, en dicha votación los eurodiputados del GUE – el grupo parlamentario de la izquierda europea y que podría considerarse una expresión práctica de la alianza de la que hablamos – votaron a favor del informe con la excepción de seis de sus eurodiputados, los pertenecientes a los partidos comunistas  portugués y checo que votaron en contra. La división de voto expresaba que incluso para oponerse a uno de las expresiones más avanzadas de la ola reaccionaria mundial no había posibilidad de acuerdo. La mayoría de los eurodiputados del GUE primaron la oposición a la ola reaccionaria, los seis eurodiputados comunistas primaron el rechazo a la injerencia en asuntos internos nacionales de la UE a costa de reforzar la posición del gobierno reaccionario húngaro.

La cuarta matriz de fuerzas políticas y sociales representa justamente el núcleo del problema que estamos analizando, el ascenso de la ola reaccionaria mundial. Nuestro autor la califica bajo el nombre de «nuevos patriotas, soberanistas y nacionalistas», y aunque esta denominación pudiera expresar bien su naturaleza desde el punto de vista exclusivo de la globalización, he utilizado habitualmente en otros artículos y documentos el calificativo de derecha radical, populista y xenófoba. Ahora bien, este último calificativo expresa bastante bien el fenómeno tal como se expresa en Europa y EE.UU., pero para referirse al fenómeno mundial comprendido globalmente, dónde incluimos al mundo árabe, a Brasil, Turquía, Rusia, y Filipinas entre otros, entonces es preferible utilizar una expresión más ambigua pero más inclusiva, el de ola reaccionaria mundial que renuncia a los calificativos contenidos en la DRPX porque no son todos comunes a esta ola general.

No obstante, se puede aceptar las características con las que Sanahuja define a los componentes de esta matriz, «profundamente euroescépticos; contrarios a la liberalización económica y, en ocasiones, a la gran empresa y las multinacionales, tradicionalistas en materia de religión, prácticas sociales y género, recelosos de la diversidad social, nativistas, xenófobos, anti-inmigración, y en ocasiones, abiertamente islamófobos».  Es la matriz de fuerzas más claramente en ascenso en estos momentos, impulsada por diferentes motivos en distintas partes del mundo, algunos bastante comunes y otros más propios de cada país o región, algunos coyunturales y otros con vocación de permanencia en el tiempo. Así tenemos el rechazo a la globalización y a los procesos de integración regionales, incluidas muchas de las instituciones internacionales de gobernanza desde el FMI hasta la ONU; el rechazo del multiculturalismo y de las nuevas formas de vida, de los derechos de las minorías y de la igualdad de las mujeres; partidarios del nacionalismo excluyente y de la xenofobia, de la moral y costumbres tradicionales más o menos rigoristas, de una aplicación dura de la ley y del orden con bastante indiferencia por los derechos humanos; desdeñosos u hostiles con las instituciones de la democracia liberal frente a la que proponen modelos iliberales o autoritarios; partidarios de la glorificación nacional y de un mayor papel de su nación en el mundo, de la homogeneidad y el compartimento cultural mundial dónde no haya mezcla de culturas diferentes; del rechazo de la solidaridad internacional y de la defensa del medio ambiente si ello perjudica al crecimiento de la nación.

Se trata, pues, de una ola reaccionaria mundial en ascenso que está haciendo retroceder tanto algunos de los valores e instituciones vinculados al liberalismo y hegemónicos en las democracias existentes, como los valores progresistas que se fueron desplegando por el mundo a partir del mayo de 1968, y que pone en peligro el sistema de derechos y libertades tal como hoy les conocemos, los modelos de convivencia abiertos, y tensan las relaciones internacionales creando un caos creciente en el que es más fácil que se extiendan los conflictos bélicos. Es una ola que no va a detenerse por sí sola y que sin una resistencia eficaz oponiéndosela irá conquistando paulatinamente nuevas posiciones como ha ocurrido hasta ahora.

 


[1] Asia ha sido una región de desarrollo tardío del capitalismo utilizando el papel dirigente del Estado, como en Japón o Corea del Sur, pero China es un caso especial dentro de este desarrollo capitalista heterodoxo asiático al estar el Estado controlado por el PCCh
[2] Sanahuja, José Antonio, Posglobalización y ascenso de la extrema derecha: crisis de hegemonía y riesgos sistémicos, Anuario CEIPAZ 2016-2017, páginas 41-78
[3] Syriza representó durante los primeros meses en el gobierno la esperanza de una fuerza de izquierda en Europa capaz de hacer cambiar las políticas de austeridad vigentes, y que tuvieron en Grecia su máximo exponente, pero nunca se planteó la posibilidad de abandonar la UE. De hecho, tras el referéndum ganado por el gobierno y ante la inamovilidad de la troika, si hubiera sido una fuerza de los «desglobalizadores de izquierda» hubiera debido optar por romper las negociaciones y abandonar la UE, pero optó por aceptar las draconianas condiciones de la troika y continuar en la UE.