Unidas Podemos es la llave para el Gobierno del PSOE pese a perder una veintena de escaños

Unidas Podemos ha logrado resistir en las elecciones generales del 28 de abril y cumple uno de los principales objetivos de su campaña: obtener suficiente representación como para ofrecer una opción de pacto por la izquierda al PSOE. La candidatura liderada por Pablo Iglesias suma, al 90% del escrutinio, 42 diputados sumando los siete de En Común Podem. 25 menos que en 2016. Una fuerte caída que, sin embargo, está muy por encima de lo que señalaban las encuestas desde hace meses. La coalición de IU, Podemos y Equo rondará el 15% del voto final.

Los objetivos de la campaña, no obstante, no se cumplen del todo. La suma de PSOE y Unidas Podemos-En Comú arroja un resultado de 164 diputados. 170 si se suma al PNV. Uno más de Compromís, que este 28A se ha dejado el 75% de su representación en el Congreso. 171 diputados a los que se podría sumar alguna alianza regional más, pero que no suma los 176 necesarios para investir por mayoría absoluta a Pedro Sánchez.

De esta forma, la llave de un Gobierno con presencia de Unidas Podemos estaría en las manos de ERC. Bien por asentimiento o bien por abstención. Los republicanos catalanes han ganado las elecciones de largo y los comunes se han visto relegados a la tercera posición. La candidatura de Jaume Asens se ha dejado cinco diputados en las urnas.

Pablo Iglesias ha reclamado durante toda la campaña el apoyo de los votantes progresistas para «garantizar» un Ejecutivo de izquierdas y evitar una alianza de Pedro Sánchez con Ciudadanos. Una opción que, aritméticamente, es posible, pero que supondría que Albert Rivera incumple la palabra que dio que de nunca investiría a Sánchez. En su carrera por lograr la hegemonía de la derecha, el líder de Ciudadanos firmó ante notario su no al líder socialista.

Unidas Podemos, por su parte, ha perdido buena parte de los apoyos que logró en 2015 y 2016 en parte de la España interior. Los de Pablo Iglesias han perdido todos los diputados que lograron en Extremadura, Castilla y León, Castilla-La Mancha, La Rioja y Cantabria. En el resto de circunscripciones han perdido también representación, siendo el País Valencià y Madrid donde mejor han aguantado: cinco diputados y seis, respectivamente.

Otra de las lecturas de este 28A para el espacio político aglutinado entre 2014 y 2015 alrededor de Podemos es el fiasco de la centrifugación regional. Los antiguos aliados de en la Comunidad Valenciana y, especialmente, en Galicia han visto cómo sus resultados quedaban muy lejos de las expectativas generadas en los últimos meses.

Compromís, que obtuvo cuatro diputados propios en 2015 y 2016 en alianza con Podemos, primero, y además con IU, después. Este 28 de abril, que coincidía con elecciones a la Generalitat Valenciana, ha obtenido solo un diputado. Joan Baldoví volverá, como en 2011, a caminar solo por el Congreso.

En Galicia la lectura es similar. La ruptura de En Marea, que ha optado por ir en solitario, se ha demostrado un suicidio para el que fuera un partido instrumental cuyo líder, Luis Villares, ha querido convertir en una fuerza propia. Se han quedado en menos de 17.000 votos, mientras En Común-Unidas Podemos ha logrado dos (Al 95% del escrutinio en la región).

Legísimos del PP y del PSOE. Y a años luz políticos de 2015 y 2016, cuando con cinco escaños se quedaron a 1.000 votos del PSOE. Tres años después, los socialistas duplican en votos al espacio político formado por Podemos e IU.

«Una oportunidad de cuatro años»

La campaña de Unidas Podemos ha oscilado entre la denuncia del poder que el establishment económico tiene, superior al del Gobierno y los diputados según Pablo Iglesias, y la petición, a veces ruego, para acumular el máximo de voto progresista alrededor de la candidatura conformada por Podemos, IU y Equo para «obligar» a Pedro Sánchez a pactar con ellos y evitar un posible acuerdo con Ciudadanos.

La construcción del relato de Unidas Podemos comenzó varias semanas antes de que arrancara formalmente la campaña de este 28A. El regreso a la primera línea política de Pablo Iglesias fue el pistoletazo para un larguísimo sprint, más parecido a una carrera de 1.500 metros que a una de los 100 metros lisos. El candidato reaparecía en uno de los lugares emblemáticos para Podemos: la plaza Juan Goytisolo, aneja al Museo Reina Sofía, tras un permiso de paternidad para cuidar de sus hijos. Tres meses en los que su partido se vio sumido en una tormenta interna que hizo pensar a propios y extraños que la fuerza que irrumpió en 2014 para dar la vuelta al tablero político español se podía desintegrar como un azucarillo.

En aquél acto, Iglesias recuperó el tono y el mensaje fundacional del partido, con especial hincapié en la denuncia de una supuesta campaña orquestada por poderes económicos y mediáticos contra su partido. Unos días después se conoció que la Audiencia Nacional investigaba si el comisario Villarejo, a las órdenes del Ministerio del Interior, había fabricado pruebas falsas contra Podemos y las había filtrado a periodistas afines, que las publicaron a sabiendas de que eran presuntamente difamatorias.

Las revelaciones del espionaje de la llamada policía política permitieron a Podemos recuperar el pulso. Iglesias, acompañado de Irene Montero y del líder de IU, Alberto Garzón, exprimieron esta idea durante la precampaña y lograron colocarla en la agenda, hasta la entrada en la campaña oficial. Entonces, Unidas Podemos cambió el tercio y la denuncia por el uso que hizo el Gobierno del PP, supuestamente, de las cloacas del Estado pasaron a un segundo plano.

El relevo lo tomaron las propuestas programáticas. Los estrategas de Unidas Podemos detectaron que una parte de la sociedad necesitaba algo más que el miedo a la extrema derecha para movilizarse. El Pablo Iglesias que se lamentaba de que «los poderosos mandan más que el Gobierno y los diputados» confrontó el constitucionalismo territorial de las tres derechas por un constitucionalismo social.

Con un programa electoral basado en los artículos de la Ley Fundamental que, según los candidatos de Unidas Podemos, no se cumplen en España (derecho al trabajo, a la vivienda y a la capacidad del Estado para dirigir la economía), Iglesias defendió ante los electores que «la única garantía» para un Gobierno progresista era la fuerza que los españoles le dieran a los suyos. El voto de Unidas Podemos, decían, era «un voto útil doble»: para frenar a la ultraderecha y para garantizar políticas de izquierdas desde el Gobierno.

Esta estrategia se vio a la perfección en los dos debates televisivos de la última semana de campaña. Frente a un estilo bronco de los demás candidatos, especialmente en el segundo envite, el secretario general de Podemos mostró su perfil más tranquilo y su tono más didáctico.

El éxito de Iglesias en los dos combates consecutivos contra Sánchez, Casado y Rivera, sobre todo en el de Atresmedia, dio paso a un nuevo y último giro de guion. El líder de Unidas Podemos logró colocar en el debate la opción de que el PSOE pactara con Ciudadanos. En el primer debate, Sánchez no respondió. En el segundo, intentó alejar ese fantasma y señaló que no estaba «en sus planes».

Con unas encuestas al alza, pero aún lejos de convertir a Unidas Podemos en determinante, Iglesias pasó a reclamar «una única oportunidad» en forma de voto para lograr un respaldo suficiente que hiciera imposible una reedición de la alianza fallida del primer trimestre de 2016.

«Quiero pedirles una oportunidad, una sola, una legislatura, para cambiar las cosas», aseguraba en sus mítines Iglesias. «Y si fallamos», añadía, «no nos voten más». Un mensaje que, ya sin posibilidad de publicar encuestas, se dirigía a los indecisos. Tanto a los que dudaban entre votar al PSOE o a Unidas Podemos o, incluso, a quedarse en casa.

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