Según el IPCC (2013), el aumento de la temperatura para 2100 en comparación con los niveles preindustriales se situará entre 1,5 y 4,5C (Pérez y Castro, 2015), y lo más probable es que el aumento de temperatura sea de 3,2C (Naciones Unidas, 2020, p. 50). Dado que se considera que el umbral de seguridad está entre 1,5 y 2C, es urgente reducir la emisión de Gases de Efecto Invernadero (GEI) para reducir al mínimo los efectos negativos del cambio climático. Del total de emisiones de GEI, la FAO considera que el 24% provienen del sector agrícola, y concretamente, el 14,5% del total son provocadas por la ganadería, nada más y nada menos que las mismas que provoca todo el transporte mundial junto (FAO, 2013). Esto es lo que ha llevado al IPCC a concluir que reducir las emisiones de los sectores del transporte y la energía no es suficiente para reducir las emisiones de GEI y que, por lo tanto, es necesario reducir el consumo de carne (Schiermeier, 2019).

Así pues, está más que claro que el veganismo puede tener un papel crucial en la reducción de GEI. Pero creo que el papel del veganismo en la lucha contra el cambio climático va más allá del que vemos en la reducción directa de GEI, creo que puede tener un efecto, por así decirlo, más cualitativo que cuantitativo, o más indirecto que directo; difícilmente cuantificable, pero con un mayor impacto en la formación de sociedades sostenibles. El veganismo puede ser un elemento clave que nos permita repensar la relación de los seres humanos con la naturaleza, avanzando hacia sociedades que no quieran crecer ni consumir más de lo que los límites de la biosfera le imponen. 

“Vivimos en un mundo lleno”

Con esta expresión se refiere el filósofo Jorge Riechman (2014) al hecho de que consumimos más recursos de los que la tierra es capaz de regenerar. En efecto, según calcula la Global Footprint Network, desde 1970 cada año hemos adelantado el día en que consumimos los recursos que la tierra es capaz de regenerar en el plazo de un año, llegando a consumir, hoy en día, 1,6 tierras por año (Global Footprint Network, 2020). Simplificándolo mucho podemos aducir que esto se debe a dos razones: la primera es simple y llanamente que nuestro sistema económico, el capitalismo, se basa en el crecimiento del PIB, que a su vez se basa en el crecimiento del uso de recursos. El segundo, quizá de una base más cultural o ideológica, es que, tal y como dicen Fernando Prats, Yayo Herrero y Alicia Torrego:

La revolución científica condujo a conceptuar la naturaleza como una enorme maquinaria que podía ser diseccionada y estudiada en partes. Aunque ya en las raíces del pensamiento judeocristiano encontramos una visión antropocéntrica del mundo –o, más bien, androcéntrica-, la ciencia moderna apuntalaba la separación entre personas y naturaleza y consolidaba la legitimidad de la dominación de los seres humanos –hombres y blancos– estableciendo un abismo ontológico entre los seres humanos y el resto del mundo vivo que impide reconocer las relaciones de ecodependencia. El concepto de progreso humano se fue construyendo, por lo tanto, basado en el alejamiento de la naturaleza, de espaldas a sus límites y dinámicas. El desarrollo tecnológico y el crecimiento económico fueron considerados el motor del progreso. El lema “Si puede hacerse, hágase” se impuso, sin que importasen tanto los para qué o para quién de las diferentes aplicaciones. La invisibilidad de los deterioros sociales y ambientales que acompañaban a la creciente extracción de materiales y generación de residuos hizo que se desease aumentar indefinidamente la producción industrial, creando el mito del crecimiento continuo y una noción simplificadora de bienestar asociada directamente a la ampliación ilimitada del consumo” (2015, p. 197).

Así pues, ante tal situación tenemos dos alternativas: una, desacoplar el crecimiento económico del uso de recursos, la otra, hacer encajar nuestro sistema económico, y por consiguiente nuestras sociedades, dentro de los límites de la biosfera a base de decrecer y no permitir que nuestras economías crezcan más de lo que la biosfera es capaz de soportar. La primera opción permitiría que “todo cambiase para que todo siguiera igual”, por así decirlo, el problema es que todo apunta a que esto no es posible, y que responde más a una obstinación ideológica de mantener el actual sistema que a las evidencias empíricas. Jason Hickel y Giorgos Kallis, además de llegar a esta misma conclusión, consideran que las reducciones en consonancia con los 2C “sólo son factibles si el crecimiento del PIB global se reduce a menos de 0,5%” y afirman que las reducciones para 1,5C “sólo son factibles en un escenario de decrecimiento” (Hickel y Kallis, 2020, en Riechmann, 2020, p. 33).

De ser así nuestras sociedades se verían obligadas a decrecer. Bien sea de forma forzada, cuando nuestras sociedades colapsasen por querer usar más recursos de los que tenemos, bien sea de forma ordenada, reencajando nuestras sociedades dentro de los ecosistemas.

Aplicar el principio de biomimesis y pasar del valor instrumental de la naturaleza al interno

La tarea que tienen nuestras sociedades en este sentido es, pues, reencajar nuestras sociedades dentro de la biosfera. Esto es lo que a grandes rasgos llamamos biomimesis, que Riechmann define como “una estrategia de reinserción de los sistemas humanos dentro de los sistemas naturales […], una búsqueda de coherencia entre sistemas humanos y ecosistemas” (2014, p. 171). Esto implicaría entender a los seres humanos como seres innaturados, que en vez de estar escindidos de la naturaleza forman parte de esta. Se trataría de pasar del “hemos de proteger a la naturaleza” al “hemos de protegernos en la naturaleza”.

Esto daría lugar a una transformación enorme de la relación que mantenemos con la naturaleza. Hoy en día, si me permitís la simplificación, a la naturaleza se le da fundamentalmente un valor instrumental; su principal valor reside en ser un sumidero de animales y recursos que están allí para ser usados para el progreso humano. Sin negar del todo el valor instrumental de esta, con la aplicación del principio de biomimesis también le incorporaríamos un valor interno -que no absoluto-.

Veganismo

Por tanto, citando a Adela Cortés diríamos que según este principio la vida pasaría a ser valiosa por sí misma ya que “tanto en la naturaleza como en los animales, no tiene únicamente un valor instrumental. Y si esto puede decirse de la vida en su conjunto, más todavía la de los seres que pueden sufrir y gozar. Hay una obligación directa de no dañar a esos seres, porque lo que es valioso en sí no debe ser dañado. No sólo por no perjudicar a sus dueños ni tampoco únicamente por forjarse un buen carácter, sino por sí mismo” (2009, p. 223-224).

Es aquí donde entra el veganismo, ya no solo por la reducción directa y palpable de las emisiones de GEI y la presión humana en los ecosistemas, sino también porque desde este se puede -y prácticamente, se debe- atribuir un valor interno a la vida, por lo que se incorpora esta variable a la hora de interaccionar con el medio. En la transición de una sociedad omnívora a otra vegana se daría también la transición de una sociedad que viese al medio ambiente fundamentalmente como un sumidero de recursos a ser explotados por el uso y beneficio del ser humano a una que lo viese como algo que tiene valor en sí mismo y que debe ser protegido por encima -al menos- de la expansión material innecesaria de las sociedades. Así pues, la fuerza del veganismo no reside “solo” en la reducción directa de GEI, si no también en la formulación de una suerte de “nueva cultura de la tierra”, de nueva relación con el medio ambiente, que nos permita reducir las emisiones en otros sectores.

A modo de epílogo, ¿es realmente necesario el veganismo para esto?

Cualquiera podría contraargumentar diciendo que no hace falta que transitemos hacía el veganismo para reducir las emisiones de GEI y la extracción y el uso de recursos, y que tan solo hace falta hacer un cálculo de coste-beneficio y ver que aumentar la temperatura global por encima de 1,5-2C y consumir los recursos de 1,6 tierras por año conlleva más consecuencias negativas que positivas sobre las comunidades humanas, por lo que podríamos adaptar las sociedades humanas a los límites de la biosfera sin necesariamente tener que ser veganos.

Sobra decir que, si esto fuera así, no nos encontraríamos en la situación en que nos encontramos, y que esperar que de repente las sociedades occidentales hagan acopio de una racionalidad colectiva, se iluminen, y cambien sus prácticas de la noche a la mañana por un cálculo meramente racional es poco más que ingenuo, pero es que, además, tal y como constata la evidencia histórica, ni la política ni las comunidades humanas funcionan así.

Sin querer despreciar el papel que juega y debe jugar la razón en las comunidades humanas lo cierto es que la política se rige por otras lógicas, que pueden ser resumidas, si se me permite otra enorme simplificación, por el “siento, entonces pienso”. Por poner un ejemplo, hace unos años GreenPeace calculaba que el 80% de la deforestación del Amazonas brasileño se daba por la expansión de las pasturas (GreenPeace, 2009). Sin duda debemos defender el Amazonas, pero cómo será más posible que el pueblo de Brasil quiera hacerlo; ¿por qué se siente emocionalmente ligada a este y considere que su valor está por encima de la expansión de la economía, o por qué hagan un ejercicio de coste-beneficio y lleguen a la conclusión de que, de no hacerlo, a medio-largo plazo habrá consecuencias enormemente negativas?

A quien responda esto le tendremos que decir que sin duda Lenin tenía razón cuando decía que es preciso soñar con la condición de creer en nuestros sueños, pero que no menos la tenía Calderón de la Barca cuando decía que los sueños, sueños son.


Pol Rovira

Militante de EQUO y graduado en Ciencias Políticas y Gestión Pública por la Universidad Autónoma de Barcelona. Actualmente está cursando el Máster en medio ambiente; dimensiones humanas y socioeconómicas en la Universidad Complutense de Madrid.

 


Bibliografía

Cortina, A. (2009). Las fronteras de la persona. El valor de los animales, la dignidad de los humanos (Madrid 2009).

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Hickel, J., & Kallis, G. (2020). Is green growth possible?. New Political Economy25(4), 469-486.

Husson, M. (2013): “El capitalismo en el atolladero”. sinpermiso.info

Naciones Unidas. (2020). Informe de los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2020. Lois Jensen. Recuperado de https://unstats.un.org/sdgs/report/2020/The-Sustainable-Development-Goals-Report-2020_Spanish.pdf

Pérez, I. C., & de Castro Carranza, C. (2015). Cambio climático, modelos e IPCC. El Ecologista, (84), 18-20.

Prats, F., Herrero, Y., & Torrego, A. (2016). La gran encrucijada. Sobre la crisis ecosocial y el cambio de ciclo histórico. Madrid: Foro de Transiciones.

Riechmann, J. (2014). Un buen encaje en los ecosistemas.

Riechmann, J. (2020). Otro fin del mundo es posible, decían los compañeros. Sobre transiciones ecosociales, colapsos y la imposibilidad de lo necesario (1.a ed.). Mra ediciones.

Schiermeier, Q. (2019). Eat less meat: UN climate-change report calls for change to human diet. Nature572(7769), 291-292.

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