Por Amira Has

La ira y el disgusto por la tacañería israelí, que se acumuló durante años de decepción y sobriedad tras los Acuerdos de Oslo, estallaron el 29 de septiembre de 2000 (el día después de la provocación de Ariel Sharon, con la aprobación del entonces primer ministro Ehud Barak). Pero la segunda intifada no fue una intifada en el sentido estándar de la palabra, aparte de sus primeros días, no fue un evento civil popular y la mayoría del público no participó en él, a diferencia del levantamiento que estalló en 1987. La característica popular-colectiva que se conservaba en ella era la sumud (constancia) desplegada por todos los palestinos ante las medidas opresivas y punitivas israelíes y la política de desgaste económico.

Fuerzas de Defensa de Israel, Policía de Fronteras y la policía, que utilizó medios letales para reprimir las protestas desde el primer día, lograron disuadir a los posibles manifestantes. Yasser Arafat y su séquito estaban preocupados por las críticas que se podían escuchar en esas manifestaciones, dirigidas a la Autoridad Palestina y Fatah. Dieron luz verde a Fatah y las fuerzas de seguridad para que usaran armas en los puntos de fricción con el ejército israelí y así, al ponerse el sombrero de la resistencia una vez más, tomaron el control de las manifestaciones. También calcularon que esta militarización fortalecería la postura negociadora palestina. Todavía creían que podían detener el impulso colonial de los israelíes en los territorios de 1967.

El bien engrasado mecanismo de la Unidad de Portavoces del ejército israelí y los portavoces del Gobierno lograron en el frente de propaganda construir la mentira de que las batallas en el campo se libraban entre ejércitos iguales y que los palestinos «las iniciaron». Entonces, como ahora, la mayoría israelí prestó poca atención a las bajas palestinas y no vio la toma de sus tierras como una agresión institucional. Al mismo tiempo siguió creciendo el número de palestinos desarmados asesinados por Israel. Con cada funeral, el llamado palestino a la venganza se hizo más fuerte. Con y sin luz verde desde arriba, palestinos armados dispararon contra civiles israelíes (también armados, como muchos de los colonos) en Cisjordania y Gaza.

Hamás se unió algo tardíamente y demostró que si el éxito se mide en el número de cadáveres israelíes fue más efectivo que Fatah. Israel borró la Línea Verde, entonces, ¿por qué no debería continuar atacando a los israelíes dentro de Israel? Las alas armadas de Hamás y Fatah compitieron entre sí y perdieron en la competencia con el ejército de Israel por el número de muertos. Los atentados suicidas crearon un equilibrio de terror con los israelíes, pero no detuvieron las excavadoras de la Administración civil.

Cuatro fallas se cometieron en total. La primera intifada, con su esperanzada demanda de un Estado soberano dentro de las líneas del 4 de junio de 1967, fracasó. Las conversaciones de Madrid y Oslo, que comenzaron a raíz de ella, no disminuyeron el voraz apetito de Israel por la tierra palestina. La táctica diplomática y la aceptación en la ONU de Mahmoud Abbas también fracasaron, las condenas de los países occidentales no equivalen a una política, solo están destinadas a cubrirse el trasero. Con excepción de algunos éxitos aislados, las batallas populares y legales contra la toma de tierras también fracasaron. Y el uso de armas, que muchos palestinos todavía ven como el pináculo de la lucha y la resistencia, aunque solo unos pocos eligen hacerlo, tampoco detuvo el proceso. El uso de armas es una expresión de enfado y deseo de venganza. No tiene valor estratégico.

Veinte años después la victoria israelí es casi completa: el robo a mano armada bien planeado de la tierra palestina continúa sin obstáculos todos los días. El modelo que creó Israel en Gaza se está copiando en Cisjordania (incluida Jerusalén Oriental) y se está traduciendo en algo parecido a “una sombra de colonialismo” que, mientras no muestren signos de furia y rebelión, no tienen interés para los judíos de Israel, el gobernante supremo.

Amira Hass es una periodista y escritora israelí, conocida principalmente por sus columnas en el diario Haaretz que cubren los asuntos palestinos en Cisjordania y Gaza, donde ha vivido durante casi treinta años.

Traducido del inglés para Rebelión por J. M.

Fuente: http://www.informationclearinghouse.info/55661.htm