La derecha española ha desatado una campaña no sólo conservadora, sino profundamente reaccionaria. Las obsesiones de la derecha española vienen siendo desde hace bastante tiempo Venezuela y Cataluña ¿Les parece a ustedes que el «raca, raca» sobre el conflicto de Venezuela y el conflicto de Cataluña, tal y como lo manosea la derecha, a dos manos, es un binomio casual? 


Por Julio Mateos Montero
Humanista, pedagogo y profesor. Doctor en Historia de la Educación.


Con frecuencia he mantenido que los debates más “tremendos” sobre la vida política y social pueden y deben ser analizados independientemente de los mismos fenómenos y hechos a los que se refieren. Las opiniones se van convirtiendo en una agresivo arsenal de las pugnas ideológicas, se pueden aderezar con falsedades y lemas de fácil digestión en el orden propagandístico y, finalmente, a nadie importa que la relación con la realidad sea más o menos fundamentada. Consecuentemente, para una aproximación crítica a los problemas más sonados de nuestro tiempo (para entendernos, en el ruedo hispano, por ejemplo Venezuela, Cataluña, la emigración, etc.) se requiere tanto de su estudio en el lugar de producción, en su compleja realidad, como registrar y tomar nota de lo que dice cada cual. Si lo primero no está al alcance de cualquiera, lo segundo, particularmente el pensamiento conservador (lo que en términos clásicos pero muy precisos llamamos formación ideológica dominante) es algo que nos rodea, como niebla densa que penetra hasta los huesos. Por otra parte, las opiniones en la sociedad no se generan por ciencia infusa en cada ciudadano. Son construcciones convenientemente divulgadas por muchos periodistas, repetidas y adobadas de slogans con potencial de replicación vírica (modelo Joseph Goebbels, que suele decirse). El peor de los escenarios es aquel en que los idearios y argumentos dominantes, por ser más repetidos, simples y de primario instinto básico (nunca mejor dicho), se acoplan a un creciente dominio de la fuerza bruta, de la amenaza bélica, y del poder financiero cuando se expresa como aliado de los gobiernos. En estos marcos hemos visto y veremos doblar la cerviz a un creciente número de periodistas y, también, felizmente hemos visto y seguimos viendo un periodismo independiente que ante el dogmatismo propone la escucha, las dudas, la complejidad y el futuro abierto.

Teniendo en cuenta estas resumidísimas ideas, veamos casos bien conocidos.

Cuando Hugo Chávez, unos días antes de su llegada al poder en 1999, realizó un viaje en avión desde la Habana a Caracas en compañía de Gabriel García Márquez se fraguó un testimonio periodístico que me parece oportuno recordar aquí y ahora. El premio Nobel escribió, después de larga conversación mantenida en aquella ocasión, una crónica del mejor periodismo en la que vertía sus agudas impresiones sobre el que iba a ser inmediatamente nuevo líder venezolano. El artículo se hizo muy famoso y terminaba con estas líneas:

«Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista que podía pasar a la historia como un déspota más».

Aquel magnífico texto era tres cosas: una síntesis biográfica del dirigente bolivariano, una expresiva percepción de su personalidad a los atentos ojos y oídos de Gabo y, como es fácil deducir del párrafo citado, una inteligente duda que se proyectaba hacia el futuro de la gobernación chavista (1). De esas dudas, acordes con la percepción de un Hugo Chávez bifronte, García Márquez no se volvió a ocupar. Es decir, nunca hizo seguimiento y juicio sobre el curso político, económico y social de la revolución bolivariana. No faltaron los que años después le preguntaron sobre ese patente silencio y la respuesta fue tan contundente como acertada: «porque no quiero ser usado». Creo que esas cinco palabras contenían un rechazo al sectarismo, a pronunciamientos que ya entonces se emitían con rabia y simpleza sobre el complejo asunto de la gobernación bolivariana.

Se agradecen mucho todos aquellos trabajos que en los medios de información rompen con la agobiante y garbancera presencia de periodistas adictos a toda hierba que huela a franquismo, aznarismo, trumpismo y una larga familia ideológica perfectamente identificable. Como tristes ejemplos carpetovetónicos, apunto hacia una muestra mínima: En primer lugar, Eduardo Inda, que padece una grave bolivarianofobia, va por las tertulias de TV carente de escrúpulos y sobrado de impulsos de lenguaraz irrespetuoso; también María Claver, Albert Castillón y Carlos Cuesta, figuras de actualidad que merecen ser mentadas por su entusiasmo activista prestándose con fruición a leer el manifiesto de la concentración de la Plaza de Colón. ¿Les parece a ustedes que el “raca raca” sobre Cataluña y el conflicto de Venezuela, así, como los manosea la derecha, a dos manos, es un binomio casual? El festival que en las últimas semanas celebran los profesionales de la opinión cuajadas de “acontecimientos históricos” viene siendo antológico y más lo será ahora con el anuncio de elecciones a corto plazo.

Ya murieron el presidente Chávez y Gabriel García Márquez, pero las prevenciones del escritor se comprenden ahora tanto o más que antes. Al día de hoy siguen multiplicadas y recrecidas las circunstancias que convierten la política venezolana en motivo de grave confrontación. Tanto en América latina como en Europa, y muy especialmente en España, basta que cualquiera nos pronunciemos sobre la crisis del gran país caribeño para quedar situado en el campo de batalla.

Por todo ello también es de agradecer el valor profesional de periodistas como Jordi Évole que, de alguna manera, se ha comportado como antes hizo García Márquez. En dos entrevistas directas con el presidente Maduro, la última en pleno conflicto y alboroto internacional a consecuencia de la autoproclamación como presidente del oscuro ciudadano Juan Guaidó (por cierto, un tipo hasta hace nada totalmente desconocido pero del que ya va saliendo a la luz un curriculum al que la palabra demócrata le sienta como a un Cristo dos pistolas). El caso es que Jordi Évole se aplicó a interpelar, escuchar y dar la palabra al personaje más demonizado de Venezuela. Un buen amigo me preguntaba qué me había parecido la entrevista y el intento de respuesta me llevó de la mano a escribir estos apuntes (2).

Por lo pronto, creo que ambos tienen el valor no muy común de enfrentar una entrevista que claramente habría de tener un repercusión notable y que, además, importaba tanto al periodista como al presidente. No fue un encuentro a guión pactado ni mucho menos. Évole fue incisivo, con preguntas y comentarios bien preparados. Pero respetaba las respuestas, no interrumpía, ejercía de periodista y no de contrincante político como otros reporteros suelen hacer. Creo que por parte de Nicolás Maduro, se dio una actitud equivalente. Cada cual en su papel.

En cuanto al contenido de la entrevista, muy amplio, sólo quisiera referirme al comentario de Maduro sobre la posición de España y otros países europeos que, junto a la administración Trump, han reconocido el autonombramiento de Guaidó. En ese punto habló de esquema mental colonialista e imperialista. Estoy totalmente de acuerdo. Es curioso ver cómo esas palabras, de significado muy preciso, producen cierto alboroto y se quieren desterrar ¿Por qué? ¿Por qué no están de moda y suenan a antiguo? En tal insustancialidad de pensamiento puede darse, por ejemplo, una imbecilidad como la de Pablo Casado cuando dijo que «Nosotros no colonizábamos, nosotros lo que hacíamos es tener una España más grande…» (esa parte del mitin es una pieza de ignorancia aún más grande y llamativa). Poco importan, en realidad, los despropósitos del nuevo líder del PP, sin embargo no hay que perder de vista esos desperdicios del españolismo nacional-católico y falangista. Por el contrario, hay que seguirlos y alertar de su presencia en la base social durante muchos años escondida en el PP y que ha aflorado “sin complejos” en la emergente ultra-derecha.

Desdichadamente, la tonta y profunda conciencia de superioridad ante los países de América latina, llega más allá de la trinidad derechista que está ahora construyendo su bloque político y ello tiene mucho que ver con lo que veníamos diciendo sobre Venezuela. Recordemos el encontronazo del rey Juan Carlos con Hugo Chávez, cuando en tierras americanas le soltó aquello de «por qué no te callas». Por aquí muchos aplaudieron aquella espontánea borbonada, torpe y vergonzosa; repugnante por venir, precisamente, de un descendiente (más allá de genoma) del llamado Rey Felón, Fernando VII, el cual representa para todos los sudamericanos la opresión colonial; fue el monarca responsable de mucha sangre no solo de venezolanos en su guerra de emancipación durante veinte años, también de miles de americanos que lucharon por el sueño de Simón Bolivar y, además, fue culpable necesario de los muertos y desterrados españoles habidos bajo su repugnante reinado. Parece que nadie le decía a Juan Carlos de Borbón, en aquella Cumbre Iberoamericana de 2007, que el necesitado de prudencia para mantener la boca cerrada era él.

Para muchos amigos latinoamericanos la explosión de Juan Carlos, más propia de una desinhibición etílica que de un saber donde uno se encuentra con la claridad del raciocinio, aquél «por qué no te callas» fue una ofensa que no van a olvidar. Recuerdo muy bien las declaraciones de las fuerzas políticas española raíz del incidente, de determinados periodistas y medios de comunicación. Recuerdos (y constancia en hemerotecas) que desbrozan pistas para entender los conflictos del presente en su génesis histórica.

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Una estampa del presente: La concentración del otro día en la Plaza de Colón contenía, evidentemente, toda la simbología de la tradición ideológica que arranca del siglo XIX, en el siglo XX cristaliza en el fascismo hispano y reaparece ahora dispuesta a cualquier cosa. El almirante Cristóbal Colón convertido, merced a la versión monumentalista de la historia, en sempiterno estilita que señala el camino del imperio; una alfombra de banderas bajo la monumental bandera que ondea desde hace unos años en el lugar y un lema del trio convocante: la unidad de España. Allí se exhibieron, las ideas-fuerza y la retórica con la que justificó hace más de ochenta años la sublevación franquista y la guerra consiguiente. Ya sabemos que la barbarie del siglo XX puede volver con formas y expresiones distintas para producir similar dolor. Y en ultramar la estampa de actualidad puede ilustrarse con tropas estadounidenses en la frontera colombiana con Venezuela, dispuestas a ejecutar el último acto de un anunciado golpe de estado made in USA.

Ojalá nada sangriento ocurra aquí y allá. Pero si mucho o poco se cumplen nuestros temores, quiero anunciar desde ahora, dirigiéndome a cómplices mediáticos que agitan el odio, a sus patrocinadores políticos, a todos los que ayudan a abrir la puerta a la bestia en acción, que muchos y durante mucho tiempo no vamos a olvidar su personal contribución al crimen.


-1- Se publicó en muy diferentes medios. Puede consultarse pinchando en el enlace de la siguiente publicación universitaria argentina: Revista anfibia crónica al sol de tu bravura.

-2-Esa entrevista fue la más vista por telespectadores españoles esa noche. Sin embargo no es fácil encontrar su emisión completa en internet sin recortes ni otras manipulaciones. El lector interesado encontrará esta versión, tras ciertas formalidades que pone la cadena propietaria, “La Sexta”, usando la ruta del siguiente enlace: entrevista Jordi Évole Nicolás Maduro. 

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Humanista, pedagogo y profesor. Doctor en Historia de la Educación. Web Personal: Materia y fantasía pedagógicas. Co-fundador de FEDICARIA (1995) y de la revista Con-Ciencia Social, plataformas de pensamiento crítico que han ejercido una marcada influencia durante los últimos veinticinco años en España y Latinoamérica en el ámbito de la educación y de la cultura. La Federación Icaria, que bebió de referentes marxistas, aglutina desde la pluralidad y diferentes enfoques, un pensamiento contra-hegemónico.

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