Nuria Menéndez de Llano-Rodríguez
Abogada y directora del Observatorio Justicia y Defensa Animal

Me propongo aprovechar este espacio de reflexión para, en mi caso, orientarlo hacia las inquietudes éticas y jurídicas relacionadas con la defensa de los animales y el medio ambiente, y compartirlo con todas las lectoras y los lectores que deseen acompañarnos.

Cuando escribes sobre cuestiones que te inquietan, sientes, por una parte, la necesidad de compartirlas con el mundo, con la esperanza de que, quizá, sirvan para que otras mentes repiensen contigo, y se genere algún cambio positivo, aunque sea una mera reflexión momentánea. Siendo más optimista, me gustaría que, lejos de quedarme en meras diatribas, estas reflexiones sirvan para poner sobre la mesa cuestiones que me generan preocupación y que considero merecen, por lo menos, un debate social y político para que la sociedad española siga dando pasos éticos en la defensa de los individuos más vulnerables, y de la naturaleza en su conjunto.

 

Hay tres temas que me preocupan sobre manera y que suelen solaparse en verano. El primero de ellos es la tolerancia al ruido que en general hay en España, con especial atención a todo tipo de explosiones pirotécnicas que acompañan a las fiestas. El segundo tema es el de la cosificación animal en los festejos populares que cada verano tienen lugar, de norte a sur, en nuestro país. La tercera y última de estas “preocupaciones estivales” es la que se refiere a las políticas públicas de gestión de parques, jardines y espacios públicos, y su cesión para usos fiesteros. Mi idea, si me lo permiten, es establecer una trilogía de reflexiones concatenadas sobre estos tres asuntos, centrándome, en este primer artículo, en el culto al ruido y a las fiestas en España.

Que  el nuestro es un país ruidoso o tolerante con el ruido no lo digo yo, basta con tener una audición media y padecer cada día sus múltiples expresiones: el ruido asociado al tráfico aéreo, rodado, automóviles, motos, quads, bocinas, acelerones; o el vinculado a las maravillosas obras —¡qué sería del verano sin sus zanjas abiertas y sus martillos neumáticos!—. Y eso por no asumir que, prácticamente cada individuo, cada uno de nosotros, porta un móvil que por sí mismo viene acompañado de todo tipo de sonidos, politonos, timbres, pitidos y, cómo no, de altavoz, el cual te permite compartir con el mundo tu interesante conversación. A ello se añade que, a diario, utilizamos todo tipo de dispositivos electrónicos que, además de otras emisiones, producen ruido ambiental.

Soy de esas personas, ahora llamadas con alta sensibilidad (PAS), a las que les afecta mucho todo lo sensorial, en especial el ruido, a las que el ruido les causa mucho estrés e irritabilidad, personas que necesitan tranquilidad y silencio para poner en orden sus ideas y poder trabajar, leer, estudiar o, simplemente, descansar. Pero, de entre todos los ruidos que me suelen alterar, hay uno que en especial me espeluzna y que aparece inexorablemente cada verano de la mano de las fiestas estivales con sus pim, pam, pum pirotécnicos.

Parece evidente que las fiestas de verano son para pasárselo bien, y no se me escapa que llevan aparejadas músicas estridentes, griterío, jolgorio y alcohol. Puedo llegar a entender que todo esto forme parte del ocio social, y que haya personas a las que les guste este tipo de eventos veraniegos, pero no encuentro excusa a esa necesidad de estar martirizando a personas y a animales no humanos tirando cada hora, durante al menos 4 días consecutivos, bombazos a modo de voladores. En Oviedo, ciudad que conozco muy bien, las fiestas locales van por barrios, de modo que cada barrio tiene, durante 4 días y sus 4 noches, verbena, barracas y, por supuesto, bombazos que hacen temblar los cristales de las ventanas. Esto sucede cada hora, hasta altas horas de la noche. Además, y por si esto no fuera suficiente tormento, la última de las 4 noches, en torno a la media noche, la fiesta de cada barrio concluye con media hora —de reloj— de ruidosos fuegos artificiales. Huelga decir que, muchos fines de semana, confluyen las fiestas de varios barrios ovetenses a la vez y que, con los bombazos que se oyen en todas direcciones, no hay escapatoria posible. Todo ello con el beneplácito, autorización y subvención del Ayuntamiento, que es precisamente quien debiera velar por el derecho al descanso y a la pacífica convivencia de todos los ciudadanos, humanos y no humanos, y, por supuesto, por el respeto a la legislación medio ambiental.

Ante esta situación, yo me pregunto: ¿nos hemos vuelto locos? ¿Es este el pan y circo del siglo XXI? ¿Están los políticos locales dispuestos a atormentarnos así, irremediablemente, por un par de votos? ¿No hay intereses superiores a los que acogerse para poder frenar esta guerra de ruido estival? ¿Han oído hablar de la contaminación acústica? ¿Qué impacto ambiental y para la salud de personas y animales tiene este despropósito?

Vayamos por partes. En primer lugar, esbozaré los problemas que el ruido puede acarrear a la salud, humana y animal.

Sociológicamente, aunque huyamos de los típicos titulares de la prensa en los que, no con mucha fortuna, copamos los primeros puestos de deshonrosas estadísticas —como la que nos sitúa en el segundo puesto de los países más ruidosos del mundo, sólo superados por Japón—, existe cierto consenso general al respecto de que vivimos en un país con una alta tolerancia al ruido.

Quizá, llegados a este punto, convenga saber cuál es el origen de esta palabra. Según la RAE, el término ruido proviene del latín tardío rugitus, rugido, estruendo, y, en su primera acepción, se define como “sonido inarticulado, por lo general desagradable”. Me consuela saber que, por lo menos para la RAE, el ruido se considere como algo desagradable, aunque, a pesar de ello, nos lo impongan a todos.

Cada verano, este país entra en una especie de “Estado de fiestas”, que consiste en una obscena mezcla entre las bacanales clásicas y un Estado de excepción ética donde todo vale, porque estamos en fiestas. Y, cuando digo todo, es todo. Ya se trate de martirizar animales, de delinquir en “manada” o de someter a todo ser sintiente a la mortificación del ruido. Dejando para un próximo artículo el tema de las fiestas y el maltrato animal, parece que hoy en día, en los festejos estivales, no sólo se dejan de aplicar las normas de protección animal y ambiental —que ya en la vida más cotidiana cuesta hacerlas cumplir—, sino que también se deja de aplicar el sentido común. En efecto, siguiendo con los efectos nocivos para la salud del ruido, son muchos los colectivos y personas vulnerables a los que afecta muy negativamente, entre ellos, los niños y mayores.  Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), “el ruido se ha convertido en una de las principales molestias medioambientales en Europa, y las quejas públicas sobre el ruido excesivo están aumentando. Los ministros europeos de Salud y Medio Ambiente reafirmaron en la Declaración de Parma de 2010 su compromiso a reducir la exposición de los niños al ruido dañino en diferentes entornos, ya que su exposición puede tener consecuencias de por vida”.

Parece evidente la preocupación que el máximo organismo mundial de la salud muestra ante el problema del ruido, asegurando que “el ruido no sólo tiene efectos nocivos para el medioambiente en su conjunto, sino que también tiene efectos en la salud pública, evidenciando la relación directa entre el ruido ambiental y los efectos en la salud, incluidas las enfermedades cardiovasculares, el deterioro cognitivo, la alteración del sueño, el tinnitus, etc., motivo por el cual, con numerosos estudios, desde hace años se proporciona a los responsables políticos y a sus asesores apoyo técnico en su evaluación cuantitativa de riesgos del ruido ambiental para priorizar y planificar las políticas ambientales y de salud pública”.

Siendo esto así, es decir, si ni siquiera se tiene en cuenta a la salud humana global, ¿qué podemos esperar de nuestros representantes públicos en relación con los efectos que el ruido humano genera para los demás animales con los que compartimos el planeta?

La Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la Tauromaquia y del Maltrato Animal (AVATMA) ha elaborado un informe técnico sobre los efectos de la pirotecnia en los animales no humanos. De él cabe reseñar que, entre los múltiples efectos nocivos que el ruido tiene para nuestros compañeros de espacio vital, son muy comunes las reacciones de fobia y pánico, que ocasionan huidas y accidentes, angustia, sordera, tinnitus, agravación de trastornos nerviosos, epilepsia, etc. Por ello, recomiendan que las autoridades locales “deberían limitar al máximo el empleo de pirotecnia convencional y proceder a su sustitución por fuegos artificiales silenciosos o espectáculos de luz láser y sonido moderado que no perjudiquen a los animales ni a la población humana vulnerable”.

Una vez constatado que, los efectos nocivos del ruido para la salud los compartimos humanos y no humanos, me gustaría centrarme, en segundo lugar, en el otro gran “efecto colateral” del ruido humano, que es el impacto ambiental de la llamada contaminación acústica.

Según el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación —ya no de Medio Ambiente, acepción que, tristemente, ha desaparecido en el organigrama del nuevo Gobierno de España; a pesar de haber añadido el Ministerio para la Transición Ecológica—, la contaminación acústica es “la presencia en el ambiente de ruidos o vibraciones, cualquiera que sea el emisor acústico que los origine, que impliquen molestia, riesgo o daño para las personas, para el desarrollo de sus actividades o para los bienes de cualquier naturaleza, o que causen efectos significativos sobre el medio ambiente”.

Siendo esto así, y volviendo a mi tierra, Asturias, me gustaría saber qué sustrato ético y legal puede amparar que todos los años se autorice, por los responsables autonómicos y locales, la celebración de la llamada “Descarga” de Cangas de Narcea, consistente, según su propia historia, en venerar a la virgen del Carmen lanzando a la atmósfera “más de 80.000 voladores en un tiempo aproximado de 6 minutos”. Si alguien se quiere hacer una idea de la magnitud del ruido generado, y de la contaminación acústica que supone —además de la emisión de todo tipo de humos y pólvora que provoca este festejo— puede visitar este enlace. Esta fiesta, estruendosa donde las haya, tiene lugar a escasos kilómetros de algunas de las joyas naturales que quedan en Asturias,  como la Reserva Integral de Muniellos, el Parque Natural de las Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias, la Reserva Natural Parcial del Cueto de Arbás y el Parque Natural de Somiedo. Surgen un sinfín de interrogantes: ¿alguien ha estudiado el impacto ambiental que este festejo tiene sobre estos territorios protegidos donde habitan los últimos osos pardos, lobos, urogallos, etc.? ¿Es compatible este festejo con el mandado constitucional de protección del medio ambiente y de protección y tutela de la salud pública? ¿Están legalmente las fiestas por encima de esos intereses superiores? ¿Cuánto dinero público se destina a estos ruidosos festejos?

Para finalizar, veamos ahora, someramente y en tercer y último lugar, qué dice la legislación al respecto. Nuestra Constitución española consagra, en su artículo 18, el derecho a la intimidad personal y familiar y a la inviolabilidad del domicilio, donde se supone que tenemos derecho a descansar y a no ser perturbados, salvo excepciones constitucionalmente previstas. Por otro lado, en su artículo 43, consagra el derecho a la protección de la salud, estableciendo un mandato a los poderes públicos de organizar y tutelar la salud pública y (…) de facilitar la adecuada utilización del ocio.

Por otro lado, en el artículo 45, nuestra Constitución establece otro mandato importante a los poderes públicos, al establecer que todos tenemos derecho a disfrutar de un medio ambiente adecuado para el desarrollo de la persona, así como el deber de conservarlo.

Llegados a este punto, no he encontrado en nuestra Constitución ningún precepto que ampare los excesos fiesteros, a los que anteriormente he hecho referencia, y que atentan, como hemos visto, contra la salud (humana y animal) y contra la protección del medio ambiente. Es más, desde 2004, con la Sentencia Moreno Gómez contra España, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha venido reiteradamente condenando a nuestro país por violación del derecho a la vida privada, precisamente por la injerencia en ésta del ruido.

Por otro lado, si acudimos al derecho comunitario, nos encontramos con que la Directiva 2002/49/CE del Parlamento europeo y del Consejo, de 25 de junio de 2002, sobre evaluación y gestión del ruido ambiental, dispone que “en el marco de la política comunitaria debe alcanzarse un grado elevado de protección del medio ambiente y la salud, y uno de los objetivos a los que debe tenderse es a la protección contra el ruido. En el Libro Verde sobre política futura de lucha contra el ruido, la Comisión se refiere al ruido ambiental como uno de los mayores problemas medioambientales en Europa”. Asimismo, la Directiva dispone que sus objetivos son: “establecer un enfoque común destinado a evitar, prevenir o reducir con carácter prioritario los efectos nocivos, incluyendo las molestias, de la exposición al ruido ambiental. Con este fin se aplicarán, progresivamente, las medidas siguientes: a) la determinación de la exposición al ruido ambiental, mediante la elaboración de mapas de ruidos según métodos de evaluación comunes a los Estados miembros; b) poner a disposición de la población la información sobre el ruido ambiental y sus efectos; c) la adopción de planes de acción por los Estados miembros, tomando como base los resultados de los mapas de ruidos, con vistas a prevenir y reducir el ruido ambiental siempre que sea necesario y, en particular, cuando los niveles de exposición puedan tener efectos nocivos en la salud humana, y a mantener la calidad del entorno acústico cuando ésta sea satisfactoria”. Además, también dispone que su ámbito de aplicación se extenderá “al ruido ambiental al que estén expuestos los seres humanos en particular en zonas urbanizadas, en parques públicos u otras zonas tranquilas, en una aglomeración, en zonas tranquilas en campo abierto, en las proximidades de centros escolares y en los alrededores de hospitales, y en otros edificios y lugares vulnerables al ruido”.

Por otra parte, nuestro derecho interno ha transpuesto la mencionada Directiva a través de la Ley 37/2003, de 17 de noviembre, del Ruido, y en cuyo artículo 1 se establece como objetivo “prevenir, vigilar y reducir la contaminación acústica, para evitar y reducir los daños que de ésta pueden derivarse para la salud humana, los bienes o el medio ambiente”. Respecto a su ámbito de aplicación, nos dice, en su artículo 2, que están sujetos a las prescripciones de esta ley “todos los emisores acústicos, ya sean de titularidad pública o privada, así como las edificaciones en su calidad de receptores acústicos”, y excepciona su aplicación a los siguientes casos: a) las actividades domésticas o los comportamientos de los vecinos, cuando la contaminación acústica producida por aquéllos se mantenga dentro de límites tolerables de conformidad con las ordenanzas municipales y los usos locales; b) las actividades militares, que se regirán por su legislación específica; y c) la actividad laboral, respecto de la contaminación acústica producida por ésta en el correspondiente lugar de trabajo, que se regirá por lo dispuesto en la legislación laboral. No obstante, en su artículo 9, dispone que “con motivo de la organización de actos de especial proyección oficial, cultural, religiosa o de naturaleza análoga, las Administraciones públicas competentes podrán adoptar, en determinadas áreas acústicas (….) las medidas necesarias que dejen en suspenso temporalmente el cumplimiento de los objetivos de calidad acústica que sean de aplicación a aquéllas”, subordinando la suspensión temporal de la norma a la “previa valoración de la incidencia acústica”. Llegados a este punto, resulta más que dudoso que todas y cada una de las fiestas de barrio y locales que tienen lugar en este país encajen en los supuestos excepcionables que presenta este artículo 9.

Como conclusión, me remito a la constatación fáctica de que, en este país, se están vulnerando los mandatos constitucionales de protección a la salud y al medio ambiente, con la celebración de determinados actos festivos que, en mi opinión, no tienen el mismo grado de protección constitucional ni legal que los mencionados bienes constitucionales. Por ello, parece claro que, como en tantas ocasiones, ante la falta de respeto hacia los intereses generales, en defensa del medioambiente y de la salud humana y animal, nos vemos abocados a acudir a la Justicia para que se determine si se está haciendo una adecuada ponderación de los intereses en presencia, y si se está vulnerando la legislación que nos protege frente al caciquismo político y al nocivo ruido ambiental.

Es nuestro deber, como ciudadanos concienciados, exigir la aplicación rigurosa del derecho en defensa del medio ambiente y de los animales, ya que, muchas veces, sabemos que la tendencia es, bien intencionalmente o bien por desconocimiento, la de mirar hacia otro lado. La sociedad actual exige cada vez mayores cotas de progreso ético, entendiendo por tal el respeto y la consideración hacia los intereses generales y la especial protección de las personas y los grupos más vulnerables (entre los que se encuentran los animales no humanos), y desde ese respeto se debe afrontar esta problemática. Estamos en el siglo XXI y se deben considerar todas alternativas éticas existentes para minimizar el ruido en las fiestas populares y sus nocivos efectos para la salud y el medio ambiente y, nos corresponde a nosotros, como ciudadanos, exigir que se planteen esas alternativas a la hora de utilizar los espacios y los recursos públicos. Sino, siempre nos quedará la Justicia.


 

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3 Comentarios

  1. ¿Son obligatorias las fiestas municipales? ¿Porqué tenemos que oír la música, es una forma de hablar, quienes vivimos a cinco kilómetros del escenario? Luego convéncele a tu vecino de que no contamine tu intimidad forzándote a oír su televisor.

  2. Totalmente de acuerdo en todo. Antes vivía en el centro de Madrid y tuve que mudarme al campo porque las migrañas constantes no me dejaban vivir a causa del ruido atroz a cada momento del día y de la noche. En el campo me encontré con las fiestas de los pueblos que aún desde mi casa se escuchan… A causa de la crisis tuve que emigrar a Francia y allí mis dolores de cabeza cesaron y la paz era increíble pero ha sido volver a España por echar de menos a familia, amigos y mi ambiente social en general, y vuelta a los problemas … Para animales y para personas es extremadamente insano esto. En Italia se han inventado fuegos artificiales sin ruído y en Francia, se silenciaban utilizando música clásica, al ritmo de la cual se producía el espectáculo luminoso. Los animales permanecían tranquilos y además era precioso… De verdad que seguimos estando tan a la cola en ciertos asuntos que da lástima. Ojala avancemos en los próximos años.

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