Por Javier Cortines

Cuando estos días leí en la prensa que habían sido condenados a diversas penas de cárcel nueve militares chilenos (retirados) que participaron en el asesinato de Víctor Jara (1932-1973) y en la sanguinaria represión del general Pinochet, me vino a la cabeza el canto de mi amigo León Canales (compañero de Víctor Jara) que en el momento de la asonada castrense del 11 de septiembre de 1973 actuaba en clubes nocturnos de Londres.

Como León Canales (1936-2012) no podía regresar a Chile, donde se había hecho muy popular con el programa infantil de televisión “Bartolo Lara”, decidió buscar asilo político en España, pues al franquismo ya se le empezaban a caer las garras y los colmillos, y era posible cantar composiciones prohibidas en la “clandestinidad”.

En aquella época (yo estudiaba periodismo) una noche fui al Rincón del Arte Nuevo de Madrid, tugurio cercano al viaducto donde se suicidaba la gente, y me encontré, cual serendipia, al imponente León Canales rugiendo como una fiera mal herida. Su voz retumbaba en las paredes de aquella caverna donde cantaba composiciones suyas y poemas que había musicalizado de Pablo Neruda, García Lorca, Alberti, Goytisolo, etc. Cuando desgranaba algo de Víctor Jara, con quien compartió escenario en el Teatro del Pueblo de Chile, se le hacía un nudo en la garganta con la palabra “espanto”.

¡Qué espanto causa el rostro del fascismo! (…)

Canto que mal me sales (o sabes)

cuando tengo que cantar espanto

espanto como el que vivo

como el que muero, espanto.

Estos versos, parte de un poema más largo, fueron escritos por Víctor Jara y sacados de forma clandestina del Estadio Nacional de Chile, poco antes de que comenzara la masacre que tendría lugar allí (400 muertos en dos meses). Por aquel campo de concentración pasaron unos 7.000 detenidos que sufrieron todo tipo de vejaciones. La larga mano negra de EEUU (el mayor enemigo del comunismo de todos los tiempos), con el gobierno de Richard Nixon a la cabeza, había servido en bandeja a los uniformados -con asesoramiento y financiación- el derrocamiento de Salvador Allende.

“No me lo traten como señorita, ¡carajo!”, dijo un militar a sus colegas  señalando a Víctor Jara. Luego le golpeó en el rostro con la culata de su fusil.

Le cortaron la lengua para que no pudiera cantar y las manos para que no pudiera tocar la guitarra (un aciago 26 de septiembre de 1973) y después, para escarmiento de toda la izquierda revolucionaria, descargaron contra “el peligroso comunista” que amaba la cultura y a su pueblo, 44 balazos. Su cadáver fue abandonado en la vía pública junto a otros cuerpos sin vida.

A León Canales, que era amigo de Celia Guevara de la Serna, (la hermana del Ché), el golpe contra Salvador Allende y la carnicería cometida contra la izquierda, en general, y Víctor Jara, en particular, le devoraron por dentro. Cuando pronunciaba la palabra “espanto” el vocablo adquiría una dimensión infinita, escalofriante. Los hechos y la letra se fundían y, por eso, la textura de la voz y la grafía eran ásperas, se te clavaban las púas.

Con la llegada de la democracia a España y con la instalación del socialismo a lo bonsái de Felipe González, los cantautores disidentes se quedaron sin audiencia. Había llegado el momento guay y la movida, con canciones alegres y divertidas, y se puso la guinda a nuestra felicidad “sin ideales”.

Entonces el tiempo voló y en un pispás llegó la Era de la Decepción.  Aunque la dictadura de Pinochet (1973-1990) había terminado, León ya no quería regresar a su país (su mundo allá había muerto) y vivió un doble exilio, interior y exterior. Luego conoció la precariedad y la pobreza.

Con “el boom del ladrillo” y los terremotos económicos, los espíritus se corrompieron.  Los ricos se hicieron más ricos y los pobres, más pobres. Un día lo desahuciaron de su pisito de 30 metros cuadrados, sito en el madrileño barrio de Malasaña, por no poder pagar las deudas, y le dejaron en la calle, como a un paria, un “don nadie”.

Con los pocos ahorros que le quedaban se fue a vivir a un pequeño pueblo de Ávila casi deshabitado, Peguerinos, y allí llevó una existencia de monje hasta que vino a visitarle la parca. Dicen que de vez en cuando, entre trago y trago de vino, cantaba a los cuatro habitantes del lugar su repertorio, de un altísimo valor estético y humano, y “composiciones de su época”.

Ahora, que ya no cabe el llanto, escuchemos a Víctor Jara, su “Canto que mal me sales”, en versión de Isabel Parra.

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Retrato de Javier Cortines realizado por el pintor Eduardo Anievas. Este escriba es el autor de la trilogía "El Robot que amaba a Platón", obra que no gusta nada a las editoriales consagradas al dios tragaperras por su espíritu transgresor y que se puede leer gratis en su blog: Nilo Homérico, en cuya portada se puede escuchar, además, la canción de Luis Eduardo Aute "Hafa Café".

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