El primer ministro británico, Boris Johnson, candidato conservador en las elecciones en Reino Unido celebradas este jueves, ha obtenido una amplia mayoría parlamentaria, la mayor desde la época Margaret Thatcher, con 368 diputados, frente a 191 del Partido Laborista, 55 del Partido Nacional Escocés y 13 para el Partido Liberal Demócrata. Esa mayoría absoluta de apoyos abre la puerta a la aprobación parlamentaria del Brexit, previsto para el 31 de enero según el último acuerdo alcanzado con la Unión Europea.

El líder laborista Jeremy Corbyn, que centró su campaña en la sanidad pública y las reformas económicas, ha sufrido una fuerte derrota y pierde feudos tradicionales, sobre todo en el norte de Inglaterra. Ha anunciado que no seguirá como líder del partido laborista e intentará pilotar un proceso de sucesión que se ha vuelto inevitable.

Los resultados certifican el éxito del «Trump británico», como se conoce a Boris Johnson, con su lema «Get Brexit Done», y la misión prioritaria de culminar el Brexit. Las largas colas fueron una constante desde primeras horas de la mañana en los primeros comicios celebrados en pleno mes de diciembre desde 1923. Se estima que un 70% del censo participó en las segundas elecciones desde el referéndum de la UE y con el Brexit en juego.

Boris Johnson redobló sus esfuerzos a última hora para intentar captar a los últimos votantes del Partido del Brexit, con la mirada puesta también en los votantes proBrexit del Partido Laborista en sus bastiones del norte de Inglaterra: «Incluso para los que no hayan votado nunca al Partido Conservador y quieren ver nuestro país fuera de la UE, esta es su mejor oportunidad para ser oídos. No les vamos a decepcionar». El Brexit fue la tumba del partido laborista.

Donde no cuajó el mensaje de Johnson fue en Irlanda del Norte, acusado de «traición» por el Partido Democrático Unionista (DUP), que puede ver sin embargo menguada su representación parlamentaria de 10 a ocho diputados, por el voto táctico instigado por Sinn Féin. Johnson se ha convertido de repente en la «bestia negra» de los unionistas, que le acusan de imponer una aduana interior en el Mar de Irlanda con su acuerdo del Brexit pactado con Bruselas.