Jesús Sánchez Rodríguez

Antecedentes de la situación actual

El antecedente más inmediato lo podemos situar en la moción de censura contra Rajoy que llevó a Pedro Sánchez a la presidencia. En ese momento, en el que el PP fue golpeado en su línea de flotación por la sentencia Gürtel que le condenaba como tal partido por los casos de corrupción, las encuestas daban como favorito a Rivera en unas posibles elecciones adelantadas, pero el PP rechazó convocarlas entonces para evitar su desplazamiento para Ciudadanos, tener tiempo para renovar su liderazgo, y en el convencimiento de que el PSOE no tenía opciones para ganar una moción de censura. Pero Sánchez consiguió ser elegido presidente e inició una serie de políticas de corte socialdemócrata clásico que le situó a su partido en la posición de ganar unas elecciones y postularse de nuevo como presidente de gobierno en una posición más sólida.

Sin embargo, este antecedente no explica todo, para ello es necesario remontarse un poco más atrás, al otoño de 2017 cuando el independentismo catalán ensayó una dramática independencia unilateral. Como otros acontecimientos importantes, éste también generó, a modo de un terremoto, una serie de ondas sísmicas que aún no han terminado y que, para el objeto de este artículo, se pueden concretar en dos especialmente. La primera tiene que ver con el hecho de que el independentismo catalán permitió, primero, con sus apoyos la investidura de Sánchez, ganar la moción de censura y, después, provocó la convocatoria de las actuales elecciones al llevar sus reivindicaciones al punto que suponían una retirada de esos apoyos al gobierno del PSOE. La segunda onda provocada por el terremoto catalán fue la responsable de la excitación del sentimiento nacionalista español que ha llevado a la salida con fuerza a la superficie de un partido de extrema derecha, primero en las elecciones andaluzas de 2018, y ahora en estas elecciones legislativas.

Entre los dos acontecimientos parlamentarios que han marcado esta corta legislatura de Pedro Sánchez, la moción de censura y la convocatoria de elecciones, la política española ha sido sometida a diversos cambios que ahora se han traducido en los actuales resultados electorales. Un partido de ultraderecha como Vox ha conseguido salir de la marginalidad y convertirse en un nuevo actor político, pero que los actuales resultados electorales no le van a permitir tener una influencia importante en la política española. El PP renovó su dirección, optando por posiciones más intransigentemente derechistas, tanto por el líder elegido, Pablo Casado, como por la presión de Vox. Podemos fue sacudido por una serie de conflictos internos y decisiones controvertidas que le llevaron a escisiones, abandonos, y tensiones con su principal aliado IU. En el PSOE, Pedro Sánchez reforzó su liderazgo y, desde el gobierno, impulsó una serie de medidas de corte socialdemócrata clásico que le hicieron recuperar el electorado perdido y convertirse en el partido más votado actualmente. Finalmente, el independentismo catalán aumentó su fractura interna, y se mostró incapaz de realizar una labor de gobierno efectiva tanto a nivel catalán, dónde gobierna, como a nivel español, dónde sostuvo al gobierno del PSOE con tensiones continuas, dilapidó su capacidad de influencia y presión forzando las actuales elecciones y ahora se encuentra en una posición más débil. A partir de estos antecedentes podemos entrar a analizar los resultados centrándonos en las diversas tendencias que se han expresado.

 

Resultados electorales: luchas entre bloques, luchas en los bloques

El primer contraste que salta a la vista de los resultados es que pueden leerse en varias claves distintas. La primera de ellas sería tomando como punto de análisis el espacio territorial. Desde un punto de vista general, considerando solo a los principales partidos de ámbito nacional se puede constatar que el enfrentamiento se ha producido en el clásico eje de izquierda-derecha, con el enfrentamiento entre PSOE y Podemos frente a PP, Ciudadanos y Vox. En este sentido se hacen notar claramente los efectos del sistema electoral sobre los resultados, el bloque de izquierdas ha conseguido un 42,99% de los votos, en tanto que el bloque de derechas alcanzó el 42,81%, es decir, un virtual empate en votos que sin embargo se traduce en 165 diputados para la izquierda y 147 para la derecha. El actual sistema electoral unas veces ha jugado en favor de la derecha y esta vez lo ha hecho a favor de la izquierda[1]. El hecho responsable esta se vez se encuentra en la mayor fragmentación de la derecha, tres partidos frente a dos de la izquierda, que supone especialmente un mayor desperdicio de votos que no se traducen en escaños, pero también en la mayor agresividad por la disputa de la hegemonía en el seno del bloque de las derechas que en el de la izquierda.

Sin embargo, si en lugar de tomar todo el territorio nacional y sus principales partidos como datos de análisis tomamos los dos territorios dónde existen nacionalismos periféricos muy activos, Cataluña y el País Vasco, entonces la lectura de los resultados cambian. Empezando por el País Vasco, sus dos partidos nacionalistas, PNV y Bildu, han aumentado en respaldo electoral, si en 2016 obtuvieron el 1,97% de los votos y 7 diputados, ahora, en 2019, esos resultados han pasado a ser el 2,50% de los votos y 10 diputados, es decir, un 40% de diputados más, realmente si parecen cifras marginales en el conjunto nacional, sin embargo también pueden leerse como una clara expresión de la reactivación de los nacionalismo periféricos.

En Cataluña también se ha expresado esa reactivación, en 2016, ERC y CiU obtuvieron el 4,64% de los votos y 17 diputados, en tanto que en 2019 ERC, JxCAT (antigua CiU) y Front Republicá (los votos de parte de la CUP) han pasado a 6,23% de votos y 22 diputados, en este caso un 30% más de diputados. Sin embargo, los datos de Cataluña deben ser observados con mayor detenimiento debido al conflicto independentista en fase latente en estos momentos.

Aislados los datos electorales catalanes del conjunto nacional para sacar más consecuencias, y tomando en consideración que se producen diferencias en esa comunidad entre las elecciones generales y autonómicas, se puede constatar en principio que el aumento de la participación electoral en toda España (75,75%) respecto a las elecciones de 2016 (69,84%) ha sido aún mayor en Cataluña ahora, 77,58%, respecto al 65,61% en 2016, aumento que pude deberse especialmente a un cambio de perspectiva política. En 2016, con el independentismo enfilado hacia la secesión unilateral del año siguiente, el interés en ese bloque por la participación en unas elecciones de ámbito estatal había decaído, en tanto que ahora, alejada la opción de la secesión unilateral y en pleno juicio a sus dirigentes encarcelados ha habido una mayor movilización del voto para reforzar su presencia, de hecho parte del electorado de la CUP, que rechaza participar en las elecciones estatales, esta vez sí ha participado a través de la nueva candidatura Front Republicá.

Pues bien, en las especiales condiciones de Cataluña, los partidos independentistas en conjunto han obtenido un total del 39,6% de los votos frente al 58,49% de un muy heterogéneo bloque de partidos no independentistas. Comparando estos datos tenemos que respecto a las elecciones generales de 2016 el independentismo ha crecido del 32,1% al 39,6% y, con respecto a las autonómicas de 2017, y tomando en cuenta la diferente naturaleza de las elecciones, el bloque independentista ha obtenido un 8% menos de apoyos. Evidentemente, una parte importante de ese descenso puede deberse a la abstención de la mayoría de los votantes de la CUP, pero, y esto es lo esencial, el independentismo sigue apareciendo estancado en apoyos inferiores al 50% del electorado catalán.

La segunda clave en la que analizar los resultados electorales es tomando en cuenta la disputa por la hegemonía en el seno de cada bloque. En el bloque de la izquierda esa disputa se ha resuelto claramente en favor del PSOE y en contra de Unidas Podemos (UP), su diferencia en votos ha sido exactamente del doble, 28,68% frente a 14,31%, y en escaños esa diferencia se ha agrandado desde los 123 diputados del PSOE a los 42 de UP, ganando el primero 38 diputados y perdiendo el segundo 29 diputados. Aunque dedicaremos un artículo posterior a examinar más detenidamente la situación en el seno de la izquierda, ahora podemos adelantar que UP ha aguantado mejor de lo esperado la debacle, pero sin que ello pueda ocultar justamente esa debacle, que puede profundizarse en las elecciones municipales del próximo mayo si, como parece previsible, pierde algunos de los ayuntamientos claves que ganaron hace cuatro años, especialmente los de Barcelona y Madrid, aunque este último está perdido para UP una vez consumada la escisión del sector errejonista para aliarse con la actual alcaldesa. Esta situación pone a Podemos en la difícil tesitura de tener que replantearse el liderazgo de Pablo Iglesias, su proyecto, y el papel a jugar en la política española.

En el bloque de la derecha la debacle, y de mayores proporciones que la de Podemos, la ha sufrido el PP, en tanto que son Ciudadanos y Vox quienes han avanzado posiciones aprovechando el hundimiento del hasta hace poco partido absolutamente hegemónico de la derecha en España. Si en la izquierda la disputa por la hegemonía en su seno se ha resulto claramente en favor del PSOE, en la derecha esa disputa no ha hecho más que agudizarse. Parece evidente que las elecciones han dado lugar a una bicefalia entre el PP y Ciudadanos con un tercer actor, Vox, que jugará a sus propios intereses intentando crecer utilizando sus 24 escaños en el Congreso como caja de resonancia. Unas interpretaciones señalan que la debacle del PP se deben sobre todo a su inclinación por «voxizarse» con una deriva de su líder al discurso radical, otras interpretaciones señalan que sin esa «voxización» el PP hubiera perdido aún más votos en favor de Vox, posiblemente las próximas elecciones de mayo resuelvan esta duda. De cualquier manera el liderazgo de Pablo Casado al frete del PP se ha hecho insostenible y es otro de los partidos que tendrá que refundarse para sobrevivir pero posiblemente sin capacidad ya para volver a ser hegemónico.

El caso de Vox merece una atención un poco más detenida, sus 24 diputados y 10,26% de votos es un salto importante, aunque quede lejos de algunas expectativas infladas que le daban más del doble de resultados, teniendo en cuenta que en 2016 obtuvo el 0,2% de votos. Representa una presencia importante en el Congreso y la extensión de la derecha radical populista y xenófoba a otro país más de Europa. Su victoria se hizo patente ya antes de las elecciones cuando se le aceptó como aliado en el gobierno andaluz y en la manifestación conjunta de los tres partidos de la derecha en Madrid, y cuando «voxizó» a esa derecha, especialmente al PP. La derecha española, en una actitud impresentable, oportunista y expresiva de su talante antidemocrático, rechazo desde el principio a colaborar en un cordón sanitario en torno a la extrema derecha, y la abrazó encantada como aliada para sus proyectos de gobierno. En ello no se diferencia de la parte de los liberal-conservadores europeos que han seguido la misma política y han propiciado, con ello, el crecimiento de las formaciones de la ultraderecha.

En el bloque independentista catalán también había planteado una disputa interna por saber quién ejerce la hegemonía en su seno, el enfrentamiento tenía lugar entre ERC y el mundo ex-convergente que se ha expresado en estos últimos años a través de diversas formaciones, en estas elecciones bajo el nombre de JxCAT. Dos partidos que representan dos sectores sociales diferentes en el seno del independentismo catalán, el de la pequeña burguesía y el de la gran burguesía. Los convergentes dominaron largo tiempo la política catalana, sobre todo con Pujol y, luego, con Mas. Cuando los convergentes giraron al independentismo la pugna interna en ese mundo se mantuvo por encima del objetivo común de alcanzar la independencia. En las elecciones autonómicas de diciembre de 2017 las expectativas de ERC de ser la fuerza hegemónica se frustró debido a la ventajosa posición de Puigdemont que, desde su huída de la justicia a Bélgica, explotó su posición de «presidente exiliado» frente a la menor capacidad de maniobra de su rival Junqueras desde la cárcel. Pero, finalmente, en estas elecciones ERC ha conseguido establecer su hegemonía de manera clara al doblar el número de diputados frente a JxCAT (15 frente a 7). A la manera de lo sucedido en el bloque de izquierdas con el PSOE, ERC se ha despegado claramente de su rival y ha consolidado su hegemonía.

Pero en el microcosmos catalán también se puede hablar del traslado de la lucha por la hegemonía en el seno de la izquierda entre el socio del PSOE, el PSC, y el socio de Podemos, En Común Podemos (ECP). En las elecciones de 2016 ECP fue la fuerza más votada de Cataluña con el 24,51% y 12 diputados, obteniendo el PSC el 16,2% y 7 diputados, mientras que en 2019 esos resultados se han invertido, teniendo ECP el 14,97% y 7 escaños, y el PSC el 23,34% y 12 diputados. En el conjunto de España, el PSOE ya tenía 14 diputados más que Unidas Podemos en 2016 y ahora los ha aumentado a 69, pero en Cataluña simplemente se han invertido los resultados debido posiblemente a dos factores, uno interno, el papel incoherente y contradictorio de ECP en el conflicto catalán que le ha costado varias escisiones, y otro externo, el tirón del PSOE que ha beneficiado al PSC. La crisis en ECP posiblemente se agrave con la probable perdida de la alcaldía de Barcelona en mayo.

 

 

Un posible gobierno progresista en un panorama inestable.

Los resultados electorales pueden llevar a un gobierno del PSOE apoyándose en UP y los nacionalismos moderados como el PNV y Coalición Canaria con una mayoría justa (175 diputados sobre 350) y la necesidad de negociar continuamente con sus socios, e incluso con otros. También esos resultados le dan al PSOE una mayor comodidad de gobierno para no depender, como en el período anterior, de los apoyos de los independentistas catalanes. Estos, por su parte, perdieron en su apuesta, hicieron caer al gobierno anterior de Pedro Sánchez, con sus exigencias independentistas, que dependía de sus apoyos y con los que, por tanto, podían tener cierto juego, para llegar a una situación en que sus votos ya no son imprescindibles para mantener un gobierno socialista. También el PSOE se encontrará cómodo en un Senado dónde ha obtenido la mayoría absoluta. Finalmente, el PSOE, con su victoria ha reforzado el liderazgo de Pedro Sánchez que, como suele ocurrir en estos casos, cohesiona al partido detrás del vencedor.

Muy diferente es, por el contrario, la situación de su posible socio preferido, Unidas Podemos. Su grave derrota electoral y la enorme distancia de peso en el Congreso que le separan del PSOE hace difícil que éste les admita como socios dentro del gobierno, no lo hizo en los meses anteriores cuando el apoyo de UP era más imprescindible y es más difícil que lo vaya a hacer ahora. Podemos se encuentra, debido a esta derrota, que previsiblemente se agudice en mayo, y a los problemas internos que arrastra, abocado a una crisis interna para redefinir su liderazgo, proyecto y papel político a jugar. No parece que esté en posición de ejercer mucha presión sobre el PSOE, ni a suponerle mucha competencia en el bloque de izquierdas, al menos hasta que resuelva su crisis.

Pero tampoco tiene un gobierno del PSOE mucha preocupación por la oposición que le pueda hacer la derecha, enfrentada como está por dirimir quién será el partido hegemónico en su seno y con una graves crisis de difícil solución en el PP. Vox por su parte, puede hacer mucho ruido con sus 24 diputados pero no es una cifra que pueda condicionar grandes cosas.

Desde UP se difundió una duda durante la campaña para evitar el trasvase de votos hacia el PSOE, la de que el PSOE pudiese pactar un gobierno con Ciudadanos bajo la presión de los grandes poderes económicos que desean un gobierno muy estable y dónde los de Albert Rivera moderasen a los de Pedro Sánchez. Sin descartar absolutamente esa posibilidad, que dependería especialmente de si los posibles socios de izquierda y nacionalistas pusieran condiciones muy complicadas, es difícil tomar realmente en consideración esa eventualidad.

El flanco más complicado para un gobierno del PSOE apoyado en diferentes partidos vendrá, como es habitual con un serio conflicto no resuelto, del lado del desafío independentista catalán. Pero ese desafío ha perdido capacidad desestabilizadora, primero porque los partidos independentistas ya no son necesarios para sostener un gobierno socialista, segundo, porque se ha agudizado la disputa interna en el campo independentista, tercero, porque las elecciones siguen demostrando que siguen sin alcanzar el apoyo del 50% del electorado, y cuarto, porque el cansancio del desafío está haciendo mella en energías movilizadoras que se concentraron en el otoño de 2017, como está demostrando la normalidad con la que se está celebrando el juicio de los dirigentes independentistas procesados.

Por tanto, la inestabilidad va a continuar, pero al contrario que en el período anterior, dónde un gobierno extremadamente minoritario del PSOE estuvo sometido a todo tipo de presiones, ahora esa inestabilidad se ha trasladado al interior de los otros actores políticos, el bloque de derechas, UP y los independentistas.

[1] Como por otra parte pasa igualmente en otras partes del mundo con los sistemas electorales, como ejemplo más reciente e impactante tenemos la victoria presidencial de Trump a pesar de haber obtenido en conjunto tres millones de votos menos que Hillary Clinton.