De aquellos polvos, vinieron estos lodos. Parece que durante el siglo XXI nuestra ignorancia del pasado nos hará repetir sus errores, como ha puesto de manifiesto la guerra entre Armenia y Azerbaiyán sobre el territorio limítrofe, hasta ahora de facto gestionado de forma independiente cuya población se compone en un 95% de armenios, llamado Nagorno Karabaj. Empero, cada conflicto armado tiene unos antecedentes que en este caso nos llevan al genocidio armenio de 1915; una limpieza étnica planeada, orquestada y ejecutada por el gobierno del Imperio Otomano, aprovechando el desarrollo de la I Guerra Mundial.

La victoria del silencio y la vergüenza internacional

El genocidio armenio fue el primer genocidio del siglo XX y, a diferencia del perpetuado por el III Reich, el más olvidado por la diplomacia y sus autores aun a día de hoy. Más de un millón y medio de personas perdieron la vida en menos de dos años a causa de su religión y origen racial.

La IGM fue el detonante del odio hacia una nación cuyo territorio era objeto de la codicia expansionista otomana y safávida (persa) desde siglos pretéritos, que comenzó en el s.XV durante la expansión del islam en un territorio habitado por cristianos y en menor medida judíos. Las luchas entre ambos imperios hicieron de Armenia una región libre, pero vasalla, obligada a pagar impuestos que permitieran su independencia frente a la cimitarra musulmana, aquella que redujo a ruinas numerosas ciudades armenias, enfatizadas por la diferencia religiosa que hacia de los armenios las victimas perfectas de ejecuciones, saqueos y violaciones masivas de civiles. Hasta que en 1678 los dirigentes armenios decidieron su liberación, pero incapaces de luchar contra dos poderosos imperios, buscan la ayuda extranjera, germinando en 1722 cuando el zar Pedro el Grande declara la guerra al Imperio Persa, momento en el cual armenios y georgianos (ortodoxos) serían liberados. A pesar de lo que podemos pensar a priori, Armenia era un país de influencia rusa anteriormente, tanto por sus semejanzas étnicas, lingüísticas y culturales como religiosas. Armenia sufría y sufre la suerte de ser un país “tapón” entre grandes potencias, una víctima de las intrigas geopolíticas que nunca cesan.

Tras el estallido de la IGM el Imperio Otomano se posiciona con Alemania y el Imperio Austrohúngaro, enfrentándose así a su acérrimo enemigo, el Imperio Ruso, marchando en conta de éste y fracasando estrepitosamente frente a las tropas del Zar, que entre sus filas albergaba a numerosos armenios, éste hecho unido a un profundo odio primigenio desde hacía siglos detonó en las mentes del gobierno otomano el diseño de una limpieza étnica contra los cerca de dos millones de armenios que vivían en Anatolia bajo leyes discriminatorias y el pago de altos impuestos añadidos.

El 24 de abril de 1915 se publica la ley que permitía la expulsión de los armenios del país. Primero, los jóvenes capaces de empuñar un arma y los intelectuales fueron detenidos y ejecutados. Luego mujeres, niños y ancianos fueron conducidos a 26 campos de concentración cercanos a Siria e Irak, empujados al desierto, donde eran objeto de abusos, hambruna y todo tipo de vejaciones a manos de bandas violentas, de la población local de las ciudades por las que pasaban en su éxodo y del propio ejército que los conducía, tales como quemas masivas, crucifixiones, ahogamientos, envenenamientos, etc. La peor parte de los crímenes los sufrieron las mujeres y niñas armenias, violadas y ejecutadas en los caminos milenarios de Anatolia.

Campo de concentración de Deir ez Zor.
Campo de concentración de Deir ez Zor.
Ejecuciones públicas de hombres jóvenes armenios por el ejército turco.
Ejecuciones públicas de hombres jóvenes armenios por el ejército turco.
Soldados tucos conduciendo civiles armenios a campos de concentración, abril de 1915.
Soldados tucos conduciendo civiles armenios a campos de concentración, abril de 1915.

Las crónicas de la época destacan que no había un camino en Anatolia que no estuviera repleto de cadáveres ultrajados y ejecutados. Condenados a morir de inanición y a ser objeto material de violaciones y fusilamientos como elementos del horror. El gobierno otomano había abierto la puerta a una nueva cruzada contra el infiel y permitiendo a sus autores cobrarse su odio sin miedo a la condena de sus actos.

En paralelo a la limpieza étnica, las autoridades comenzaron un plan para asentar a turcos musulmanes en los barrios y pueblos armenios, con la finalidad de borrar todo vestigio de que una vez habían existido, pues ya no tenían encaje en la nueva Turquía.

Jóvenes armenias crucificadas tras ser violadas.
Jóvenes armenias crucificadas tras ser violadas.

A pesar de que Rusia, Francia y Gran Bretaña condenaron como crímenes de lesa humanidad lo ocurrido y su inclusión en los Tratados de Sévres, Versalles y Leipzig, no se creó un tribual internacional para su enjuiciamiento, si no que en un falso juicio, Turquía “juzgó” a los principales responsables huidos a países como Alemania.

Sin una injerencia firme de la espada de la Justicia que evite la impunidad los agresores se fortalecen y regodean en su poder, generando el caldo de cultivo ideal para la eternización de los crímenes de lesa humanidad sobre un pueblo al que nadie dedica más de un minuto de su tiempo. Empero la guerra santa y económica no termina un siglo después.

Las heridas emponzoñadas en Transcaucasia

En el mes de julio vehículos del ejercito azerí se acercan a la frontera de Armenia con intenciones desconocidas. Ese mismo mes comienzan pequeñas escaramuzas azeríes, que acaban recrudeciendo el odio en el pueblo, deviniendo en el boicot económico a las mercancías armenias, principalmente frutas y hortalizas.

La guerra alcanza mayores dimensiones cuando Turquía, país que mueve los hilos de la política y gobernanza azerí con los que comparten creencias y cultura, bombardea Artsaj y envía tropas regulares y mercenarias a la zona. Las tropas mercenarias proceden de Siria y Libia, son combatientes del Daesh y Al Qaeda. Sin embargo, los medios, hasta entonces callados, rápidamente se hacen eco de la respuesta armenia, como si se pudiera frenar a organizaciones terroristas con diplomacia, palabras o flores. Obviamente les interesaba más obtener el beneplácito del socio turco que abre y cierra la puerta de los inmigrantes en su exilio a Europa que la población asolada por los bombardeos y las violaciones de derechos humanos a manos de milicias yihadistas a sueldo de Erdogan.

El ejército armenio debía defender a su población civil de unos monstruos a los que ya conocen desde hace siglos. Prueba de ello son las caravanas de vehículos civiles que huyen de las ciudades bombardeadas por Turquía y Azerbaiyán hacia Armenia o las fotografías que el ejército tuco-azerí se toma con las cabezas de los militares armenios que decapitaban, que para mayor atrocidad mandaban a los familiares del asesinado, en caso de que éste tuviera el teléfono móvil encima, recordándonos que el genocidio armenio sigue vivo en la mente de sus principales perpetradores.

¿Pacto de la vergüenza o jugada maestra de Putin?

El presidente armenio, Pashinyan, llegó al poder en 2018 durante las revueltas populistas instigadas por Soros (denominada Revolución Terciopelo), a priori para limpiar la corrupción del país, pero a la postre no sabiendo gobernar un país tan especial por su enclave geoestratégico en el Cáucaso. Producto de su cercanía a Occidente esperó una ayuda que no llegó nunca, pues obviamente mayor aliado de la UE y la OTAN es una Turquía cada día más militarizada que controla la puerta a Asía y África y es capaz de controlar a las facciones yihadistas de Oriente Medio cuando más beneficia a los intereses de los Alineados.

Por su parte Naciones Unidas tras la guerra del 92 al 94 en Karabaj entre Armenia y Azerbaiyán, ocurrida tras la caída de la URSS, decretó que Karabaj perteneciera a Azerbaiyán a pesar de la limpieza étnica que éstos -azeríes- habían venido realizando sobre la ciudadanía de Artsaj, que en su mayoría son armenios. Empero la resolución a instancia de las propias gentes afectadas no se cumplió y conformó una República independiente, de facto bajo la dirección de Armenia, conformando un marco histórico complejo en el que tiene lugar el conflicto bélico de 2020.

Por consiguiente, de haber entrado Rusia en la guerra, apoyando al pueblo armenio, que no a su presidente (abiertamente occidentalista), la escalada bélica regional hubiera alcanzado cimas internacionales y posiblemente hubiera entrado la OTAN, quemando la región hasta los cimientos como hicieron en Kosovo, de modo que se llega a la firma del fin de las hostilidades en Nagorno Karabaj. Este armisticio permite la entrada de 2000 soldados rusos, la construcción de destacamentos militares y su vigilancia durante 5 años renovables, es decir, Rusia intercede sin provocar una guerra a escala internacional y dejando hábilmente fuera a Turquía que en caso de atacar de nuevo Karabaj, podría ser respondida por un contra ataque ruso amparado en la legitima defensa. La situación nos recuerda a lo ocurrido en Osetia del Sur.

Empero, no supone una ventaja para miles de armenios que han tenido que huir ante la cesión de siete distritos adyacentes a Nagorno Karabaj y también sobre la segunda ciudad del enclave, Shushi, que se encuentra a 11 kilómetros de la capital, Stepanakert, manteniendo Armenia el control de ésta. Cuatro de los distritos habían sido ocupados por Azerbaiyán, pero los otros tres deberán ser entregados por las tropas armenias (Aghdam, Kalbajar y Lachin). Por ese motivo los habitantes de estas regiones, ante la llegada de turco-azeríes, han decidido recolectar sus frutas y hortalizas, recoger sus enseres, incluso trasladar a sus muertos, pues los turco-azeríes también profanan tumbas armenias, y exiliarse en Armenia, tras quemar sus casas y campos antes de que estos sirvan a los colonizadores como ocurrió hace un siglo.

Los habitantes de Kalbajal queman sus casas antes de exiliarse a Armenia tras la firma del acuerdo de paz según el cual la zona será ocupada por Azerbaiyán.
Los habitantes de Kalbajal queman sus casas antes de exiliarse a Armenia tras la firma del acuerdo de paz según el cual la zona será ocupada por Azerbaiyán.

El enroque deja fuera a Turquía, no es mencionada en el acuerdo, como ha especificado Putin al punto de afirmar que él mismo redactó el acuerdo, aunque ya sabemos el valor que acaban teniendo estos acuerdos internacionales, de modo que “el oso de las cavernas” tiene un plan y la rendición armenia supone un alivio de oxígeno y presiones internacionales que le benefician en gran medida a su política expansionista, pues valida el gobierno independiente de facto y todo ataque azerí o tuco será considerado un acto de guerra contra Rusia, mientras corta la unión de Azerbaiyán y Turquía a través del control de Karabaj.

Los viejos imperios ruso y turco vuelven a medirse en un tercer país que sufrirá sus ansias de grandeza ante una comunidad internacional ciega, sorda y muda, pero si algo podemos sacar en claro tras la firma del armisticio es que nada es lo que parece y que puede suponer un punto y seguido más que un punto y aparte. Nagorno Karabaj se une a Osetia del Sur y Abjasia en el club de repúblicas independientes de hecho, bajo el paraguas de protección ruso que consolidan su poder geoestratégico en el Cáucaso. Los imperios han movido ficha, quedamos a la espera de conocer cuál será la próxima torre en caer.

Cynthia Duque Ordoñez