A Hermann Schreiber un octogenario alemán al que, junto a su esposa gallega, el alzhéimer confinó, como estamos ahora todos.

Ninguno de los dos recuerdan apenas su segundo idioma, pero Hermann no se ha olvidado cómo se toca su inseparable armónica, técnica que aprendió a los cinco años mientras se entretenía cuando su madre preparaba mantequilla.

Ahora, en su domicilio vigués, su cuidadora Tamara Sayar le ha hecho creer que la gente que aplaude a los sanitarios desde sus balcones es su público, por lo que él acude a su ventana a ofrecerles un recital con su armónica.

«Pedazo concierto, eh, Hermann», «¿Ves? Te has puesto nervioso. Mucho público. Yo entiendo», le dice Tamara en los vídeos que graba de sus conciertos. Él sonríe, sigue soplando y al final aplaude sumándose a la ovación.

Después del concierto ha de lavarse las manos y para que no se le olvide Tamara ha diseñado un cartel con esa recomendación escrita en alemán y el dibujo de un varón que se asemeja a Hermann.

Hace más de un lustro los hijos de Teresa empezaron a notar que se desorientaba y estaba perdiendo su segundo idioma y decidieron que lo mejor era que estuviese en Galicia. Hermann se quedó en Alemania, donde vivían desde que se casaron, e iba y venía.

Un año después, él corría la misma suerte y su memoria empezó a resquebrajarse. Ahora vive en Vigo y es asistido por Tamara que dedica la cuarentena a los «cuidados de su segundo de a bordo», como ella lo llama.

Debido al estado de alarma y la restricción de movimientos que conlleva, Hermann y un hijo de Teresa no pudieron viajar a Alemania, por ser persona de alto riesgo, para realizar un seguimiento de su enfermedad, ya que sigue conservando sus médicos allí, y hacerse con las medicinas que le han recetado. Tras un latoso proceso burocrático, consiguió los fármacos.

Tamara para poder cuidar a Hermann ha tenido que dejar a su hija, al cuidado de su abuelo, bombero jubilado. Ahora las separan 59 kilómetros y para verse lo hacen mediante llamadas o videollamadas y les dice a todos esos padres a los que se les está cayendo la casa encima, » ¡qué envidia me dan!, no están alejados».

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Fuentes: 20Minutos, EFE.