Las fachadas destruidas se aferran a los cimientos heridos de los hogares de Al Raqa, ciudad que fue la capital de facto de los yihadistas del grupo Estado Islámico (EI) en Siria y donde, según sus habitantes, la vida se ha quedado paralizada un año y medio después de la expulsión de los extremistas.

Las calles se embarran con una lluvia primaveral poco usual y que anega los bulevares. Los niños juegan entre los escombros de los edificios que todavía evocan lo que la urbe sufrió durante los tres años de ocupación de los radicales, que llegó a su fin en octubre de 2017.

Desde entonces, la reconstrucción y la limpieza de las minas ha sido la tarea principal del Consejo Civil de Al Raqa, la autoridad que fue creada por las Fuerzas de Siria Democrática (FSD), una alianza integrada sobre todo por milicias kurdas que lideró la batalla contra los yihadistas.

Sin embargo, sus habitantes y trabajadores no están contentos y viven contando las horas, que en ocasiones parecen eternas, para regresar a la vida que antes tenían.

CÓLERA ENTRE LOS HABITANTES

Con el bastón en la mano, Mohamed al Husein, de 74 años, hace aspavientos enfadado desde un ventanal y asegura que se han quejado de la falta de servicios en todo este tiempo y «nada ha pasado».

«Estas quejas son inútiles, las cosas no van a cambiar. Esas quejas son solo palabras vacías para ellos. Hay gente que come y otros que no, ¿Eso tiene lógica?», dice a Efe.

Indica que ha acudido en numerosas ocasiones a las autoridades locales para demandar los servicios básicos en su barrio de Al Raqa, pero «no hay ningún apoyo aquí».

En una pequeña vivienda de una planta en una estrecha calle del centro de la urbe se encuentra postrada en la cama Altarka, nacida en 1912, según el documento de identidad que su nieto mostró a Efe.

Vive paralizada en el suelo mientras su nieto, que no quiso ser identificado, explica a Efe su malestar porque no recibe ningún tipo de ayuda por parte de la Administración de Al Raqa.

«Mira cómo son los servicios en la temporada de lluvia. La calle flota», dice y señala las callejuelas encharcadas que rodean el edificio donde habita la familia.

«Y en cuanto al empleo, no tenemos ninguna oportunidad de trabajo, nosotros necesitamos oportunidades o proyectos, pero aquí no tenemos nada. Me fui al Consejo Civil de Al Raqa y a una ONG pero nada, no hay trabajo», se queja el joven vestido con una chilaba tradicional marrón, cuyos bajos se mojan en el barro.

A la pregunta de cómo se vivía en la ciudad bajo el yugo del Estado Islámico y después, responde: «Es lo mismo. No hay diferencia».

LA RECONSTRUCCIÓN SOBRE LAS MINAS

Abdelrahman Mohamed al Hasan, vicedirector del proyecto para reconstruir el puente antiguo de Al Raqa, asegura a Efe que el 16 de junio de 2018 comenzaron la retirada de escombros de un lugar que quedó totalmente destrozado en la batalla final para acabar con el dominio del EI en su principal centro de operaciones en Siria.

Ese puente unía las dos orillas de Al Raqa, bañada por el imponente río Éufrates, que ahora se atraviesa caminando entre los escombros o en pequeños barcos, que también llevan vehículos.

«Estamos trabajando con materiales primitivos, no teníamos grúas ni preparación, ni la seguridad necesaria para el proyecto. Hemos hecho un trabajo heroico y logrado terminar el proyecto», arguye el encargado, que espera haber concluido su misión el 15 de abril, aunque la apariencia actual dista de que se cumpla esa afirmación.

«Mucha gente dice que hemos tardado mucho, pero no lo hemos hecho. Es que no teníamos metales», apunta, al explicar que han tenido que buscar «alternativas» a los materiales que se usaban anteriormente para la construcción porque ya no están disponibles.

Cerca del estadio de Al Raqa, donde se atrincheraron los yihadistas en los últimos momentos de la batalla y en cuyos alrededores todavía cuelgan cascotes de las fachadas, Malek Darwish, de 29 años, dice a Efe que «hay futuro para la reconstrucción de la ciudad y las ONG son las que se encargan de esta misión».

Asevera que hay un cambio en la urbe, pero este es «lento por la falta de apoyo a las ONG que trabajan» para rehabilitar la urbe, en la que -afirma- todavía hay minas colocadas por los extremistas.

«La ciudad está muerta económicamente», zanja.

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