Adrián Suay Muedra. Enfermero y activista en la Red Equo Joven 
Esperamos con impaciencia que el Gobierno comunique el fin del estado de alarma y comience la “desescalada” vuelta a la vida cotidiana, a las rutinas, a poseer la libertad de salir cuándo queramos y así poder reencontrarnos con nuestros seres queridos. Pensamos qué deseamos hacer, a quiénes queremos visitar, los abrazos que daremos, los viajes pendientes de realizar, pero ¿qué nos espera después del confinamiento? 

El coronavirus ha generado una crisis sanitaria, principalmente, que ha conllevado una fuerte subida del gasto en esta materia tanto en personal como en material e infraestructuras. Además, ha generado una crisis laboral, económica y social. Podemos hacer cálculos sobre los datos que conocemos acerca de la situación laboral presente y oímos las cifras estimadas de pérdidas monetarias en sectores como el turismo o la restauración, pero ¿quién cuantifica la calidad de vida que tendremos o la cantidad de empleos que el escenario real postcrisis necesitará? 

La clase trabajadora espera que los ERTEs se reviertan, y los privilegiados que los motores de la economía se pongan en funcionamiento para que se reactive la circulación de capital y se genere riqueza y prosperidad de nuevo. Sin embargo, sin fecha prevista de cuándo nos enfrentaremos a esa nueva realidad, todo indica que tardaremos meses en volver al estado anterior a la crisis del coronavirus y que, sinceramente, no deberíamos volver. 

Y es que nuestro futuro viene condicionado por lo que hicimos o, mejor dicho, decidieron por la mayoría en el pasado. Por ello es fundamental no olvidar y aprovechar esta oportunidad que se nos ofrece para crear una reflexión personal y cambiar los patrones adquiridos e impuestos por el capitalismo en las últimas décadas. Los recortes en sanidad, en derechos laborales y en protección social, acompañados por una falta de inversión en sectores productivos sostenibles y estratégicos tales como el empleo verde, industria, ciencia e I+D+i han desembocado en un Estado supeditado al sector terciario, el cual se ha visto obligado a bajar la persiana en esta pandemia y ha trasladado cifras de parados que recuerdan a la postguerra. 

La receta para enmendar los errores del pasado parece clara: ¡mayor apuesta por los pilares del Estado del Bienestar! Es decir, mayor énfasis y desarrollo de los servicios sociales: dependencia, autonomía personal, atención a mayores en sus propios domicilios, salud mental, sectores vulnerables, así como en dotación de mayor presupuesto a la sanidad pública y en el sistema de residencias. Todo ello, relacionado a una nueva fiscalidad y a un incremento de la cotización a la Seguridad Social gracias a una mejora de las condiciones laborales y una apuesta por empleos de calidad que generen beneficios de una manera más equilibrada y respetuosa con el planeta. 

En conclusión, se espera de la población una transformación progresiva hacia un nuevo horizonte que permita vivir respetando los recursos y un compromiso social que asegure la calidad de vida de todas las personas, pero sobre todo aquellas que tras años trabajando merecen una atención y un cuidado especial, debido a su fragilidad, en momentos de crisis sanitaria.