Por Javier Cortines

Hace unos días pregunté a un prestigioso historiador español si había leído “Homenaje a Cataluña” (1938) de George Orwell y me contestó que “no”, lo que me dejó perplejo porque ese novelista inglés, cuyo verdadero nombre era Eric Blair, escribió varios libros copernicanos que retratan como nadie el lavado de cerebro de las dictaduras.

El joven Orwell llegó a Barcelona en diciembre de 1936, cuando la revolución comunista estaba en su apogeo, y tras luchar varios meses en las trincheras del frente de Aragón como brigadista del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista, anti-estalinista) recibió un disparo que le atravesó el cuello (el 20 de mayo de 1937). Tras recuperarse de la herida tuvo que huir a su país ya que la maquinaria soviética emprendió una caza siniestra contra “esa formación trotskista”.

A principios de 1937, Orwell, que tenía en aquel entonces 33 años, descubre en Barcelona una sociedad sin clases en la que hombres y mujeres se tratan de tú a tú (los comunistas prácticamente habían tomado el poder). Durante un corto periodo de tiempo desaparecen las jerarquías, las banderas rojas ondean en un montón de edificios y, como todavía el curso de la guerra es incierto, era posible soñar que la utopía (la igualdad) estaba al alcance de la mano.

George Orwell (1903-1950) queda impactado por la irreligiosidad que impera en Cataluña y escribe:

Me sorprendió que la gente de aquella parte de España careciera de sentimientos religiosos. En todo el tiempo que pasé en España (diciembre 1936-junio 1937) nunca vi a nadie santiguarse, pese a que sin revolución o con ella, un gesto así es instintivo. Es evidente que la Iglesia española volverá, pero tampoco hay duda de que al principio de la revolución se hundió y quedó hecha pedazos. Para los españoles, al menos en Cataluña y Aragón, la Iglesia es simplemente una maquinaria de robo organizada.  

El miliciano, que llegó a ser teniente del POUM, se pasó la mayor parte de su estancia en España combatiendo en las trincheras de “tierra de nadie”. Allí el rostro del fascismo, encarnado en Franco, le parece algo lejano y espantoso. No obstante, su ominosa sombra, más la de Stalin, le alcanza y se proyecta en su magistral obra “George Orwell 1984”, texto que supone un punto de inflexión en la forma de ahondar en los infiernos de las dictaduras. Sobre el sublevado escribe:

Franco no era un simple títere de Italia y Alemania, estaba vinculado a los latifundistas feudales y defendía la vetusta reacción militar y eclesiástica (…) Si lográramos expulsar a Franco y a sus mercenarios extranjeros ello serviría para mejorar inmensamente la situación mundial.

Orwell vivió en Barcelona las Jornadas de Mayo de 1937 (graves enfrentamientos que reflejaron la desunión de las fuerzas de la República y que acabaron con la liquidación del POUM), lo que le obligó a ocultarse para no acabar -dice- en las “mazmorras”. Sin menoscabo de su retrato de esos sucesos, las mejores páginas de su “Homenaje a Cataluña” (obra en la que se basó la película Tierra y Libertad de Ken Loach) son, a mi juicio, su lucha en las trincheras, plagadas de piojos, de Aragón y Huesca.

Allí soldados harapientos, hambrientos, helados de frío, cargan, sin apenas entrenamiento alguno, armas defectuosas, viejas o inservibles; combaten a ciegas contra el enemigo, que muchas veces se encuentra en cerros envueltos por la niebla. En esas condiciones inhumanas las ideologías tiemblan (los héroes sobresalen en las grandes batallas) y a veces se desea la muerte para salir de aquel calvario donde el fascismo toma carácter shakesperiano, fantasmagórico.

El miliciano del POUM nos cuenta que el primer herido que vio en la guerra fue un camarada al que le salió “por la culata” la bala que disparó “al enemigo” y le voló parte del cuero cabelludo dejándole la testa ensangrentada. Tanto él como sus compañeros, algunos de apenas quince años, se alegran como niños cuando un oficial les dice, aunque esté mintiendo, que “mañana por la mañana habrá café caliente y cigarrillos”.

Homenaje a Cataluña también tiene pasajes bellos, poéticos, románticos. Cuando a Orwell le perfora el cuello la bala (pasando a un milímetro de la arteria, dicen los médicos) y es llevado en camilla por sus camaradas, nota, sin saber si va a morir o no, como el ramaje de los árboles le roza la piel. Así lo describe:

Las hojas de los álamos plateados que había en algunos sitios al borde de las trincheras me daban en la cara, pensé que era bueno estar vivo en un mundo donde crecen los álamos.

En las últimas páginas del libro escribe, después de cruzar la frontera y encontrarse en Francia:

He narrado algunos sucesos pero no puedo explicar la huella que dejaron en mi. Está mezclada de imágenes, olores y sonidos que no pueden reproducirse por escrito: las banderas negras y rojas; las caras de los milicianos españoles, sobre todo sus caras, hombres a quienes conocí en el frente y que ahora estarán Dios sabe dónde, unos muertos en combate, otros mutilados, otros en la cárcel. Les deseo buena suerte a todos, espero que ganen la guerra y echen a los extranjeros, alemanes, rusos e italianos, de España. 

Años más tarde, Eric Blair escribe (y publica en 1948) su monumental obra “George Orwell 1984”. Su editor Frederick Warburg dijo tras leer el manuscrito: “Es un gran libro, pero rezo para que no tenga que leer algo parecido en muchos años”.  En esas páginas el ex miliciano que combatió contra Franco subraya: “Las ratas tienen una sorprendente inteligencia para percibir cuando alguien está indefenso”.

 

 

 

 

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Retrato de Javier Cortines realizado por el pintor Eduardo Anievas. Este escriba es el autor de la trilogía "El Robot que amaba a Platón", obra que no gusta nada a las editoriales consagradas al dios tragaperras por su espíritu transgresor y que se puede leer gratis en su blog: Nilo Homérico, en cuya portada se puede escuchar, además, la canción de Luis Eduardo Aute "Hafa Café".

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