Elena Solis
Miembro de Ecologistas en Acción. Licenciada en derecho y Máster en Ecología Forense



En una imagen del globo terráqueo tomada desde el espacio, lo primero que llama la atención es la preponderancia del océano. Más aun, desde la tridimensionalidad, el dominio de la masa liquida voluminosa que envuelve los cinco continentes y el espacio sólido que yace debajo en la profundidad es apabullante.

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Y a pesar de la superioridad física incuestionable del océano sobre las pequeñas masas continentales que emergen por encima, los seres humanos, que vivimos en su gran mayoría en tierra, nos olvidamos de este hecho. Curiosamente, es precisamente la inmensidad del océano lo que hace que lo concibamos como un espacio inmune al daño humano, sin pensar en la posibilidad de un efecto inverso.

La vieja división euclídea del mar y tierra promueve la idea de separación entre nosotros y el mar, pero también entre los espacios marítimos con los que nos relacionamos, es decir, la superficie donde navegamos y la columna de agua donde pescamos, por un lado, y las profundidades marinas, por el otro. Este ultimo espacio es tan vasto e inaccesible que a menudo se percibe como un mundo «extraterrestre” carente de vida.

El problema es que este imaginario del océano como un espacio plano, estratificado y con un fondo inalcanzable e inerte, está siendo explotado como justificación para los que intentan comercializar los recursos geológicos que se encuentran ahí debajo. Tomemos, por ejemplo, los estudios europeos de gestión del impacto de la ya inminente extracción de materiales “estratégicos” en las profundidades marinas europeas[1]. Estos proyectos están financiados con 45 millones de euros de fondos públicos y están liderados por consorcios formados por la industria “tecnológica” minera, científicos de universidades punteras y ONGs.

La idea subyacente detrás de estas “campañas oceánicas es una visión neocolonial y antropocéntrica de conquista de una nueva frontera profunda submarina, la cual alberga los materiales “necesarios para la revolución tecnológica y la revolución verde en concentraciones que superan con creces las de las actuales empresas mineras terrestres”.[2]

Es del todo grotesco que la minería seudo-científica submarina  hable de “recolectar” los nódulos de  manganeso que cubren el lecho marino[3], como si fueran patatas nuevas; o  de “recoger con aparatos de ultima tecnología” las partículas de minerales de sulfuro metálico ricas en cobre, plomo y cobre, que caen del  fluido que emana de los respiraderos hidrotérmicos;  o de “rascar” la costra de las montañas submarinas ricas en cobalto como si fuera el corcho de un alcornoque.

Pero la realidad es muy diferente: la Comisión Europea ya ha decidido, ignorando al Parlamento europeo[4] , que el lecho marino se va a industrializar a base de transferir a la emergente industria minera submarina fondos públicos para que ”gestione el impacto de la explotación de los recursos submarinos”[5]. ¿No seria mas lógico parar toda actividad de exploración minera hasta obtener un mayor conocimiento de la variedad y características de los diferentes ecosistemas que habitan los fondos marinos? Ese es el principal argumento de las ONGs de protección del medio marino como Seas-at-Risk[6].

Lo que esta en riesgo, nos dicen estas ONGs, es la posibilidad de fallas catastróficas en los taludes debido a la explotación de hidratos de metano, como también la destrucción de los ecosistemas de aguas profundas y la pesca en la columna de agua por los lodos y productos químicos tóxicos liberados de la minería submarina, no solo en las zonas explotadas,  sino en cientos de kilómetros alrededor, debido al desplazamiento de grandes distancias de las plumas cargadas de partículas toxicas

Se suma a todo lo anterior la concepción equivocada de que las actividades extractivas se van a desarrollar en aguas internacionales muy alejadas de cualquiera de las plataformas continentales. Sin menospreciar esta grave realidad, no hay que olvidar que ha habido exploraciones extractivas en las Zonas Económicas Exclusivas (ZEE) muy cercanas a las costas nacionales.

España, de hecho, ha solicitado formalmente la extensión de su plataforma continental al suroeste de las Islas Canarias, donde se ha explorado una montana submarina rica en cobalto. Además, una variedad de organizaciones científicas y universidades españolas son parte de los proyectos europeos, como el denominado Nódulos Azules[7].  Una de las ultimas campañas planeadas bajo este proyecto es  la de explorar la plataforma continental en la costa de Málaga.

Hasta ahora, las actividades pre-extractivas llevadas a cabo cerca de las costas españolas no han contado con ningún control administrativo o ambiental sobre el posible impacto de las mismas en los habitantes de las costas cercanas o sobre los sectores económicos que viven del mar como son la pesca o el turismo.

Tenemos por lo tanto que desestabilizar la idea de que la búsqueda de metales y minerales en los fondos marinos que se está llevando a cabo cerca de nuestras costas son actividades “experimentales y científicas”, como las define la “Economía Azul” de la UE; habría que verlas, más bien, como una redefinición de la economía extractiva del siglo 21.

[1] https://ec.europa.eu/maritimeaffairs/policy/seabed_mining_es
[2] http://www.eu-midas.net/
[3] https://www.nioz.nl/en/research/projects/4241-1
[4] Resolución del Parlamento de enero 2019 de moratoria de actividades mineras offshore hasta conocer el impacto de las mismas.
[5] http://www.eu-midas.net/
[6] https://seas-at-risk.org/
[7] https://blue-nodules.eu/