Anibal Garzón
Sociólogo y periodista


Podemos escribir en un buscador de Internet las palabras claves “Yemen”, “Guerra”, y nos saldrán decenas de entradas con el título de “guerra olvidada”. Pero, ¿para quién es Yemen una guerra olvidada? En la sociedad de la información y la comunicación si no apareces en los grandes medios, con sus intereses políticos detrás, y consecuentemente en las redes, no existes para la opinión pública, pero no por no estar presente en la opinión pública la guerra es olvidada por los poderes fácticos internacionales. Y Yemen está más presente que nunca en la Agenda de Oriente Medio, Europa y los despachos de Donald Trump, aunque poco se hable de ella.

Yemen no quedó exento de la llamada Primavera Árabe de 2011, y un levantamiento popular forzó la salida del presidente autoritario sunita Ali Abdullah Saleh, dejando el poder al vicepresidente Abdrabbuh Mansour Hadi. Un cambio de nombres pero finalmente no de régimen,  con altos índices de corrupción, represión, inseguridad, y pobreza extrema, provocó el aceleramiento de un conflicto regional interno histórico. El movimiento hutí, mayoritariamente de origen chiita y ubicado en la zona nordeste del país, inició bajo el grupo insurgente Ansarolá un levantamiento militar para tomar el control de Sada y zonas cercanas.  Dado el gran descontento popular nacional con Hadi incluso sunitas apoyaron la rebelión de los huties en 2015 y tomaron la capital Saná  provocando el exilio de Hadi. Parecían superadas las brechas históricas dentro de Yemen entre sunitas y chiitas, pero como suele pasar, y Oriente Medio y África son expertos en padecer esta peste neocolonial, fuerzas externas iniciarían su injerencia para romper con esa unidad entre comunidades históricas.

El 25 de marzo de 2015 Arabia Saudí, tras la reciente subida al trono del monarca Salmán Bid Abdulaziz, conformó una coalición regional de países, mayormente sunitas, compuesta por Marruecos, Jordania, Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes, Bahréin, Egipto, Sudán y Senegal, con, añadiendo, apoyo de las potencias occidentales, Estados Unidos, Francia, e Inglaterra, para restaurar el gobierno de Hadi exiliado justamente en Arabia Saudí. La invasión bélica de la monarquía absolutista saudita convertiría a Yemen en la mayor catástrofe humanitaria de la actualidad. Según un informe de la ONU del pasado mes de mayo, encargado al catedrático de la Universidad de Denver, Josef Korbel, Yemen, un país con más de 27 millones de personas, ha perdido 233.000 ciudadanos por el conflicto, de ellos 140.000 son niños menores de 5 años[1]. Además, 394.000 niños sufren malnutrición, más de 2 millones de personas han huido de sus hogares por la guerra, y 22 millones de personas, o sea más del 80% del total, necesitan ayuda humanitaria, según Amnistía Internacional[2].  4 años de guerra que no solo no han debilitado a los huties sino que han provocado un nuevo Vietnam en Oriente Medio.

La decisión militar de Arabia Saudí de intentar invadir Yemen se debe a un interés más geoestratégico y comercial que económico. Yemen está situado en el estrecho de Bab el-Mandeb, una de las principales rutas de petróleo que conecta Asia con Europa, pasando por Oriente Medio, mediante el Canal de Suez. Y la pérdida de esta conexión por parte del control saudí, que exporta mucho petróleo por esta vía a Europa, podría perjudicar sus vínculos comerciales. Además, y aquí entra otro conflicto político, la rivalidad regional entre Arabia Saudí con Irán. Yemen, con el levantamiento de los huties de mayoría chiita, puede ser ahora un país aliado de Irán, abriendo un nuevo campo de oxígeno a Irán, país bloqueado por Israel y Estados Unidos.

La estrategia bélica, parece ser, no le ha salido tan productiva a Arabia Saudí. Pese al silencio del conflicto por parte de los medios occidentales, dada la implicación de los gobiernos europeos y estadounidense, es evidente que este conflicto de larga duración, con 4 años ya, refleja la pérdida de prestigio de una potencia regional como Arabia Saudí al no poder derrotar a Yemen, el país más pobre de Oriente Medio. Un último acontecimiento, que no pudo ser silenciado por los medios por su impacto en la economía internacional, dejó en evidencia el poder militar del tercer país del mundo que más gasta en defensa, el 10% del total del PIB, es decir, 60.252 millones de euros, solamente superado por Estados Unidos y China según datos del Instituto Internacional para la Paz de Estocolmo (SIPRI). El pasado 14 de septiembre drones dirigidos por los rebeldes huties de Yemen atacaron dos de las mayores refinerías de Aramco de Arabia Saudí. Un ataque que hizo reducir a la mitad la producción de petróleo del país y tener impacto en la economía internacional. Rápidamente el gobierno de Donald Trump autorizó liberalizar las reservas de petróleo de Estados Unidos, 630 millones de barriles de petróleo para casos de emergencia, para evitar un impacto mundial en los precios del oro negro y consecuentemente en la inflación mundial.

El ataque del país más empobrecido de la zona en el suelo y pulmón económico del país más rico de Oriente Medio no solamente ridiculizó a la monarquía saudí y sus aliados, sino la estabilidad del frágil monstruo del capitalismo internacional. Rápidamente, para desviar esta atención en la opinión pública, el secretario de Estado de Estados Unidos, Mikel Pompeo, culpabilizó de dicho ataque a la República Islámica de Irán, supuesto socio militar de los huties de Yemen, aunque Irán lo negó en todo momento. Una estrategia oportunista para seguir construyendo su política unilateral de bloquear a Irán, tras retirarse del pacto G5+1 en mayo de 2018, y evitar que el país persa pueda generar cooperación con la Unión Europea, China o Rusia. Una cooperación que perjudica la hegemonía norteamericana, y la Casa Blanca dominada por el Partido Republicano no está dispuesta a ceder.

Hacía dónde puede llegar el conflicto militar de Yemen y su desastre humanitario; la tensión militar regional entre las dos potencias Arabia Saudí e Irán, el papel que pueden jugar los países vecinos de Oriente Medio a quienes intentará convencer Arabia Saudí en la Asamblea General de la ONU para golpear a Irán, el impacto del bloqueo económico de Estados Unidos hacia Irán con la complicidad de su socio Israel y también cada vez más del Reino Unido en plena salida del Brexit alejándose de las directrices e intereses de la Unión Europea sobre el comercio con Irán; o la alianza de Irán con otras potencias mundiales rivales de Estados Unidos como Rusia y China y que apuestan por un mundo multipolar… Todo es incertidumbre, inseguridad, e inestabilidad en un mundo que va demasiado rápido y muchas veces los intereses mediáticos ocultan o tergiversan, como la guerra de Yemen, para la opinión pública pero no para las agendas políticas. Donald Trump posiblemente se juegue su reelección en noviembre de 2020, y dado que se pronostica una crisis económica internacional dada las recesiones los dos últimos trimestres de las economías occidentales, su discurso de “American First” vuelva a ser utilizado como receta médica chovinista no solamente contra inmigrantes, o por sus 4 años de guerra comercial con China, o su rivalidad geopolítica con Rusia, sino también por su campaña contra la República Islámica de Irán y sus socios, el pueblo yemení.

[1] http://www.arabstates.undp.org/content/rbas/en/home/library/crisis-response0/assessing-the-impact-of-war-on-development-in-yemen-.html

[2] https://www.amnesty.org/es/latest/news/2015/09/yemen-the-forgotten-war/

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