Alba Serrano

Hoy Alba Serrano, vecina de Montmeló nos cuenta sus reflexiones sobre su estancia en el Campo de Refugiados de Oinofyta:

Me levanto y, como cualquier otro día, lo primero que veo es ese collage repleto de
sonrisas. Si alguien cree que en un campo de refugiados no existe la felicidad está muy
equivocado. Porque justamente fue allí -en Oinofyta- donde aprendí que los niños y
niñas te pueden robar el corazón con sólo una sonrisa.
Ya hace dos años desde que volví de Grecia, donde estuve como profesora voluntaria en
la escuela de un campo de refugiados. Miro hacia atrás y me cuesta creer que haya
pasado tanto tiempo. Para mí la vida se paró en ese instante y desde entonces no he sido
capaz de continuar. Aunque seguramente ha sido mucho más lento para los que lo han
sufrido en sus pieles.

Guerras, rutas migratorias, persecución, encarcelamiento y una larga espera en campos
de detención, que paralizan sus vidas y les dejan sin ninguna posibilidad de futuro.
Meses sin respuestas -quizás años- y más rutas ilegales, negociando con mafias y
arriesgando aún más sus vidas, sin la certeza de llegar al lugar deseado. Un negocio en
toda regla que juega con la vida de los mal llamados refugiados.

Campo de refugiados de Oinofyta. Alba Serrano Pérez

¿Por qué mal llamados? La palabra “refugiado” fue inventada por los occidentales, y
representaba a las personas ilustres que tuvieron que exiliarse o refugiarse en otros
países. Pero hoy en día, la palabra “refugiado” no tiene ningún prestigio, sino que se
identifica con aquellos que huyen de la barbarie y son señalados como indignos. Por lo
tanto, este concepto no inclusivo acaba provocando la exclusión de estas personas en la
sociedad. Es por eso que debemos reforzar el término de “persona”, sin añadir etiquetas
innecesarias, para reforzar la identidad humana y dejar atrás la identidad de refugiados
con la que no se sienten identificados.

La primera imagen que Oinofyta me regaló fue la de Ayan, un niño de dos años,
viniendo hacia a nosotras con los brazos abiertos, esperando a que alguna le cogiera en
brazos. Sin duda no pudimos tener una mejor bienvenida. Más de 300 niños y niñas de
origen afgano, paquistaní e iraní habitaban el campo de refugiados de Oinofyta, y la
mayoría de ellos habían vivido incesantes episodios de violencia en sus países de
origen. Ataques de talibanes en las escuelas, bombardeos cerca de casa, decapitaciones,
asesinatos a familiares… Traumas psicológicos que jamás olvidarán, reflejados en sus
dibujos y en sus conductas. Era necesario aprender a amar a partir de abrazos.

Dibujos de los traumas psicológicos de los niños y niñas del campo.

Las personas que huyen de su país de origen en busca de una vida, no dejan de estar en
peligro una vez llegan a Europa. En los campos, y durante las rutas migratorias, siguen
estando amenazados por los traficantes de órganos y de menores y la trata de mujeres.
Más de 10.000 menores han desaparecido una vez han llegado a Europa y una gran
parte de las mujeres han sido abusadas sexualmente en estos campos o durante el
recorrido, donde las mafias se aprovechan de ellas para forzarlas a cambio de un pasaje
a cualquier otro lugar -que en la mayoría de casos ni siquiera llega a producirse.

Vivir -o, mejor dicho, malvivir- en un campo de refugiados es supervivir diariamente.
Sin vistas a un futuro incierto y sin oportunidades presentes. Condenados al fracaso, al
olvido. Las 24 horas diarias encerrados en un espacio vallado y controlado
militarmente. Tiendas de campaña, habitaciones minúsculas para familias o hamacas a
la intemperie. Sin privacidad, inseguros y expuestos a un mundo que prefiere cerrar los
ojos ante el naufragio de la dignidad europea.

Hombres durmiendo en la intemperie en el campo de Oinofyta. Alba Serrano Pérez

Hoy más que nunca pienso en él, en mi amigo Bilal Hashimi, quien hace dos años
perdió la vida -con tan sólo 23 años- ahogándose en el mar Egeo, dos días después de
nuestra vuelta a España. Esa frase, “yo sólo quiero ser libre”, todavía retumba en mi
cabeza constantemente. Aquel a quien Europa destruyó sus sueños y coartó su libertad.
Aquel que entre tantos lugares para escoger del mundo, sólo deseaba ser libre y escapar
de aquel campo. Aquel que se fue debiéndonos un abrazo en Barcelona. Aún seguimos
esperándolo.

Hay lugares que te roban el carnet de identidad y te dejan en la desbandada de no saber
a dónde ir y menos a dónde volver. Hay sitios que pese a lo horrible que parezcan te
salvan la vida. Y eso hizo conmigo Oinofyta, me salvó. Y aquello que para tantos era
una pesadilla, para mí fue lo más parecido a un hogar.
La pesadilla fue aterrizar aquí, sobre todo sin saber lo que se me iba a venir encima. A
veces no somos conscientes de la importancia que tiene un lugar para nosotros hasta que
nos alejamos de él. Hasta que notamos que una parte de nosotros se ha quedado allí y ha
echado raíces. Oinofyta se quedó mis recuerdos, seguramente para mantenerlos a salvo,
para no olvidarlos nunca.

Hasenat, una niña afgana, abrazando a una voluntaria. Alba Serrano Pérez

Lo que más he sentido durante estos dos años ha sido impotencia y rabia. Hace dos años
no imaginaría que todavía fuese necesario escribir sobre esta temática para concienciar,
pero tristemente sigue siendo parte de nuestra realidad y poco se ha solucionado desde
entonces. Las autoridades han permitido que el mar Mediterráneo se convierta en una
fosa llena de cadáveres. Y los ciudadanos hemos permitido que miles de personas
fuesen encerradas, en contra de su voluntad, y negándoles todo tipo de libertad.
Además, la mayoría de personas que han llegado a los países deseados viven en unas
condiciones precarias, y no han obtenido el estatuto de refugiado, sino la protección
subsidiaria.
Hace unos meses un amigo de origen sirio, ahora acogido en Mataró, me relató que
estaba cansado de la sociedad, y me pareció la verdad más grande que podría decirme.
Sinceramente yo también estoy cansada. Estoy cansada de vivir cada día en un mundo
donde lo único que importa es estar a la moda o adquirir el último móvil del momento,
mientras en otros lugares del mundo se juegan la vida con sólo salir de sus casas en
busca de comida. Estoy cansada de que sólo algunos podamos ser libres, mientras otros
ni siquiera pueden decidir dónde vivir. Estoy cansada de la ignorancia y la falta de información, de los minúsculos problemas de aquí, del odio al otro, del vivir sin
importarnos qué está pasando en Palestina, en Afganistán, en Myanmar o en Yemen.
Estoy cansada de tantas excusas. Estoy cansada de tanta inacción.

Deja un comentario